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En Uruguay la educación secundaria nació como un “patio trasero” de la Universidad de la República. Una imagen lo pinta a la perfección y sigue pesando más de un siglo después.

En el Centro de Montevideo, en uno de los puntos con mayor movimiento diario de la ciudad, está el edificio central de la Universidad de la República, con su entrada por la avenida 18 de Julio. Cruzando la calle trasera, al fondo, está el liceo IAVA donde funcionó el primer local de Secundaria cuando se independizó en lo edilicio de la Universidad aunque seguía todavía dependiendo de ella.

Para no hacer larga la historia, hubo un momento (durante la dictadura de Gabriel Terra en la década del 30 del siglo pasado) en que Secundaria se separó e inició su camino a ente autónomo. Pero el avance de una consultoría que encomendó la Dirección de Políticas Educativas de ANEP, y cuyos resultados finales estarán antes de que acabe abril, muestra que, en comparación a la mayoría de países, en Uruguay la educación media superior (el bachillerato) sigue arrastrando un rol “propedéutico y humanista” como si continuara siendo el “patio trasero” de la Universidad.

Antonio Romano, el director de Políticas Educativas, lo había dicho en una entrevista con El Observador: “Solo cuatro de cada diez acaban en tiempo y forma aquello que prevé la ley: la obligatoriedad de la enseñanza hasta el término del bachillerato. Ese dato nos está diciendo que algo está mal. Todos o casi todos los estudiantes de 17 años deberían estar cursando el último año del bachillerato”.

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Y en eso hay una coincidencia con el gobierno anterior: los bachilleratos deben apuntar a qué se considera necesario que un estudiante tenga en su formación obligatoria y no estar pensando en las exigencias de la universidad. Mucho menos cuando a casi siete de cada diez carreras se puede ingresar desde cualquier bachillerato diversificado y cuando la Udelar acepta que un estudiante que cursa cualquier carrera pueda cambiarse al año a cualquier otra.

La consultoría encomendada a la experta Felicitas Acosta ya dio en febrero algunos indicios de que Uruguay tiene una paradoja: por un lado cada vez intenta incorporar alumnos y expandir más la enseñanza obligatoria (dejando aquello de que era solo para una elite), pero a la vez es muy selectiva y eso va dejando estudiantes por el camino (léase sin el derecho a la educación obligatoria).

El presidente del Codicen, Pablo Caggiani, no quiere adelantar cuál será su postura, pero coincide con el diagnóstico y considera que “todo está dado para que no sea necesaria una gran reforma, sino acomodar lo que ya existe para no penalizar a los estudiantes (modelo comprensivo le llama la literatura científica)”. Como ejemplo cuenta que “no tiene sentido” que un estudiante que se equivocó de orientación (bachillerato diversificado) se estanque cuando cerca del 65% de las materias ya son un tronco común en el tramo final de los liceos.

¿Por dónde piensan el cambio las autoridades?

Lo primero que quieren establecer es qué es lo “común”, eso que es básico que un estudiante tenga en su formación obligatoria. Eso no solo afecta Secundaria, sino también UTU donde existen 37 bachilleratos distintos muy atados a los oficios. Si la ley de Educación establece la obligatoriedad hasta el término del bachillerato, “el título tiene que acreditar que terminó el bachillerato y no importa en qué”, insiste Romano.

En los liceos, a su vez, el llamado bachillerato general es una opción más, como si fuera un diversificado concreto y no la norma. Tanto es así que en muchas instituciones no existe la oferta y en otras tampoco la demanda porque no saben bien para qué es.

Caggiani aclara que con este escenario es posible trazar cambios que no son grandes reformas. Puede haber un tronco común y que los estudiantes elijan qué materias optativas tomar (como si fueran créditos en facultades). Eso puede ser una ventaja para el estudiante (ya se aplica en buena parte de los países, sobre todo en Australia, Canadá, Nueva Zelanda o Finlandia), pero tiene un costo logístico y de gestión. Puede suceder que haya optativas que no las quiera nadie y otras hiper-demandadas.

La otra opción es que estando fortalecido el tronco común, el estudiante pueda cambiarse de orientación sin que eso les signifique un costo. Sino que pueda avanzar haciendo su trayectoria. “Y así se pueden seguir pensando opciones que van a lo mismo: que los alumnos culminen la enseñanza obligatoria y que esa formación tenga valor por sí misma y no sea una dependencia de la Universidad”.

La batalla que perdió el gobierno anterior

Era agosto de 2023. El presidente del Codicen del momento, el colorado Robert Silva, estaba anunciando la reforma de los bachilleratos y mirando a las cámaras de televisión, en pleno horario central de los informativos, dijo: “La hora de cambiar la educación se está concretando”.

A pocos metros de él estaba Adriana Aristimuño, conocida como quien lideró la transformación curricular. Su cara reflejaba todo lo contrario a lo que Silva mencionaba a la televisión. Algo extraño estaba pasando.

Años antes, la misma Aristimuño, defendió a capa y espada que Uruguay tenía que ir hacia un bachillerato general. Pero en la práctica su idea quedó trunca. Hubo un avance pero no como ella lo imaginaba.

Resulta que el entonces director de UTU, Juan Pereyra, se había opuesto a que se extingan las orientaciones en bachillerato porque entendía que era el final de quienes eligen una carrera técnica, un oficio. Y le mencionó al entonces presidente del Codicen, a Silva, que si se avanzaba en la línea de Aristimuño presentaba la renuncia.

Hubo un cónclave en un hotel de la rambla de Montevideo frente al cartel con el nombre de la capital. Jenifer Cherro, entonces directora general de Secundaria, se subió a la línea de Pereyra y justificó que los liceos no iban a poner fin a la diversificación, sobre todo si UTU no lo hacía.

El actual gobierno, aclara Romano, no quiere romper con lo hecho por el anterior, sino aprovechar lo (poco) que se avanzó hacia una mayor navegabilidad y tendencia a lo general de manera tal que el bachillerato general sea la norma y luego los estudiantes elijan en parte su aventura en materias optativas.

—En carreras tradicionales, como Medicina, Ingeniería o Química, la universidad sigue exigiendo determinada orientación. ¿No le corresponde a la Udelar hacerse cargo en lugar de exigirle al estudiante un filtro en la enseñanza obligatoria?

—Ya hace más de diez años que la universidad estableció mecanismos para que los créditos que se obtienen en una carrera de grado puedan revalidarse en otra. Entonces es contradictorio que haya servicios que pidan determinada orientación, cuando puede ingresarse a la carrera luego de haber cursado cualquier otra cosa en la propia Udelar. La obligatoriedad hasta el bachillerato es desde la ley de 2008. La cultura universitaria de Secundaria es muy anterior. Todavía no se cambió el paradigma. La universidad, y lo digo como profesor agregado, debería hacerse cargo de los estudiantes como vienen.

Para Caggiani es claro: “Uruguay no debería seguir discutiendo a esta altura y con toda la evidencia sobre la mesa sobre cómo tienen que ser los bachilleratos. El marco ya está y lo que falta es ver qué herramienta se adapta mejor para hacer los ajustes necesarios”.

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