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¿Adiós a la tolerancia?

Solo sobre la base del respeto al otro y a su opinión divergente, del respeto a la ley, se puede construir una civilización digna

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05 de noviembre de 2017 a las 05:00

El destacado escritor español Javier Marías publicó el pasado domingo 29 una columna en El País de Madrid en la que cita unas encuestas de opinión pública de Estados Unidos que le "enfrían sobremanera la sangre".

Dice Marías en su artículo: "El 36% de los republicanos cree que la libertad de prensa causa más daño que beneficio, y sólo el 61% de ellos la juzga necesaria. Entre los llamados millennials, sólo el 30% la considera 'esencial' para vivir en una democracia (el 70% la ve prescindible).

Hace diez o quince años, sólo el 6% de los ciudadanos opinaba que un gobierno militar era una buena forma de regir la nación, mientras que ahora lo aprueba el 16%, porcentaje que, entre los jóvenes y ricos, aumenta hasta el 35%. Un 62% de estudiantes demócratas –sí, he dicho demócratas– cree lícito silenciar a gritos un discurso que desagrade a quien lo escucha. Y a un 20% de los estudiantes en general le parece aceptable usar la fuerza física para hacer callar a un orador, si sus declaraciones o afirmaciones son 'ofensivas o hirientes'. Por último, el 52% de los republicanos apoyaría aplazar –es decir, cancelar– las próximas elecciones de 2020 si Trump así lo propusiera".

Todas estas opiniones negativas sobre la libertad de prensa, y positivas sobre los gobiernos militares, sobre la licitud de "hacer callar a gritos un discurso que desagrade a quien lo escucha", el uso de la "fuerza física" para hacer callar a un orador si sus afirmaciones son ofensivas o hirientes (algo tremendamente subjetivo) y hasta justificar el aplazamiento de las elecciones de 2020, llaman la atención porque no provienen de Cuba, ni de Venezuela, ni de Corea de Norte, sino de Estados Unidos, el paradigma de la libertad, fundada sobre el disenso y la discrepancia y la tolerancia, dentro de los principios de una notable Constitución, que ha sobrevivido hasta nuestros días superando una dura contienda civil y la lucha por la igualdad en el ejercicio de los derechos civiles.

Mirando a esas cifras uno se explica el auge de los nacionalismos, del aislacionismo, de la xenofobia. Uno se explica también el auge de Donald Trump. Trump desconfía y critica permanentemente a la prensa, pretende retirar a Estados Unidos de la escena mundial, proclama la doctrina America First y los demás que se arreglen como puedan, está dispuesto a llevar adelante una política proteccionista en lo económico y antimigratoria. Y en cuanto a hacer callar a oradores que dicen cosas que no le gustan, no sabemos su opinión, pero sí sabemos cómo ha atacado a sus rivales políticos más con argumentos ad hominem que con argumentos de razón. Y cómo frecuentemente ha cometido errores al tratar con extranjeros, ya sea en suelo americano o en el exterior. O con los propios héroes estadounidenses fallecidos en combate.

Lo que reflejan las encuestas que cita Marías, empero, es algo más que "política Trumpeana". Es un creciente caldo de cultivo de intolerancia y falta de respeto hacia el otro y hacia su opinión divergente. Es una creciente pérdida de confianza en las instituciones republicanas. Es un creciente apoyo a la toma de medidas por "vía de acción directa". Es un decir, si no me gusta lo que tú decís o pensás, te voy a hacer callar por la fuerza de los hechos. O, lo que es lo mismo, aplicar la ley de la selva o la ley del más fuerte. Y frente a ello, uno siente la misma impotencia que frente al fanático yihadista que con una camioneta se lanza por una senda de bicicletas y mata a ocho personas que no conoce, que no le han hecho nada, y declara a la policía que "está satisfecho con lo que hizo" y pide que en su habitación del hospital pongan una bandera del ISIS.

¿Qué es lo que está ocurriendo? Ocurre que se torna imposible razonar. Se pierde la capacidad de argumentar porque ya no existe ese terreno común donde es preciso aplicar los principios elementales de la lógica para controvertir los argumentos del otro y hacerlo en un marco de tolerancia y respeto propios de quienes valoran la persona humana.

Pero no pensemos que estas actitudes intolerantes florecen solo en Estados Unidos. Javier Marías está convencido de que resultados similares se obtendrían si se hicieran en Europa. Y en América Latina tenemos el Latinbarómetro que nos muestra, con diversos grados en nuestros países, cómo baja por quinto año consecutivo el apoyo a la democracia y cómo crece la indiferencia frente a ella.

Y la intolerancia no solo se combate con tolerancia. Tolerar al otro, tolerar la opinión ajena diversa, aunque es algo, es muy poco. Es preciso respetarla, lo que implica dar un paso más allá. No solo te tolero, sino que también y sobre todo te respeto. Solo sobre la base del respeto al otro y a su opinión divergente, del respeto a la ley, de enterrar la justicia por mano propia, se puede construir una civilización digna de dicho nombre. Algo estamos haciendo mal en Occidente si las encuestas muestran una creciente intolerancia. Busquemos la respuesta dentro de nosotros mismos.
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