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¡Increíble! Vuelven sus majestades

Más eternos que nunca, los Rolling Stones regresan el mes que viene a los escenarios

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14 de marzo de 2019 a las 05:00

Recibo un correo informándome que quedan pocos boletos para ver a los Rolling Stones en el estadio NRG de Houston (el mismo donde Uruguay le ganó a México 3-1 en septiembre pasado). El precio de las entradas oscila entre los US$ 122 y los US$ 2.174. Los boletos para las secciones reservadas cuyo costo es de US$ 1.148, US$ 1.661 y US$ 2.174, están agotados. La situación me salva de endeudarme. La gira por América del Norte comienza el 20 de abril en el Hard Rock Stadium de Miami, y concluye el 29 de junio en Oro-Medonte, Canadá. En total, en un periodo de tres meses, serán 18 conciertos, nada mal para señores camino a ser pronto octogenarios.

Sin darme tiempo de pensar demasiado, la noticia me transporta a mi infancia, cuando una tarde de 1967 oí por completo en casa de un amigo el disco Flowers. Una eternidad entre la prehistoria y la actualidad. Y ellos siguen, no solo vivos, sino emprendiendo otra cansadora gira mundial. Con ellos y con los Beatles –los demás quedaron muy atrás- comenzó la última etapa de la época moderna, en la cual aún estamos, sobreviviendo, mejor dicho. Los Rolling Stones llevan más de medio siglo tocando juntos, desafiando a la lógica del cuerpo y al record olímpico impuesto por Matusalén. O son un experimento perfecto de la criogenia, o bien nacieron con la sangre de Dorian Gray. Hagan la cuenta (la edad no dice todo sobre una persona, pero es un indicio creíble): Mick Jagger (1943), Keith Richards (1943), Charlie Watts (1941), y Ron Wood (1947).

La historia del rock and roll nació para informar que a partir de entonces ya no habría historia, que todo había comenzado de nuevo, a partir de una juventud original que se mantendría mientras existiera esa pócima para el alma y los oídos llamada rock and roll. Nadie en esos comienzos prestó atención a un pequeño gran detalle que influiría en las conductas de todos los invitados a la fiesta, tanto músicos como oyentes: que el tiempo pasa y que el hombre, sin importar la música que pudiera gustarle, envejece. Nada ni nadie permanece para siempre sin cambiar, ni siquiera los millones de personas que crecieron haciendo y escuchando rock and roll.

Esa lección de vida dada por el paso del tiempo queda en absoluta relevancia en la actualidad, cuando por el camino, debido a muerte por excesos pero también por causas naturales, han quedado muchos de los protagonistas. Se ha muerto una cantidad. Prefiero no pensar en eso. Y los supervivientes envejecieron, esto es, han cumplido años en exceso. Haciendo lo imposible por mantener la juventud actualizada, algunos persisten sobre el escenario y en los estudios de grabación (Paul McCartney, sobre el cual escribí en esta misma página días atrás, es el ejemplo ilustre), otros siguen ejerciendo la insatisfacción, más no sea para seguir ganando dinero o para olvidarse que también para ellos el tiempo ha pasado.

Los Rolling Stones, referencia esencial para intentar descifrar la verdadera edad del rock, son un dato cuantificable que demuestra que la eternidad, con todos sus días infinitos, existe. Uno, que creció escuchándolos y gastó una cantidad no tan menor de dinero en todos los discos que grabaron, se siente incómodo, pues el tiempo ha carecido de piedad. Mick Jagger tiene la edad de un jubilado (en julio próximo cumplirá 76) y lo mismo los demás, hasta Keith Richards (cumplirá los 76 en diciembre), que parecía, solo parecía, eterno.

Claro está, por ahora no hay planes para hacer dentro de cuatro anos una gira en celebración de los 80 años de edad, tal vez porque nada hay para celebrar cuando se llega a esa edad donde la vida que queda por delante es cada vez menos, como si con la historia del rock and roll hubiera comenzado una cuenta regresiva que se aproxima cada vez más a la cifra cero. Sin necesidad de rebobinar demasiado, la memoria lo confirma. Pasó ya una cantidad de años desde la primera vez que fuimos jóvenes, y esta nueva gira de los Stones viene a recordarlo, con la compasión inaudita de esas cosas que, de tan insólitas, requieren una vida completa, con todos sus días juntos y por separado, para ser entendidas.

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