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Opinión > El hecho de la semana / M. Arregui

Ajustando cuentas con la Navidad

Una vieja música en una esquina retrotrae a la infancia y aviva el sentido de pertenencia

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23 de diciembre de 2017 a las 05:00

Una noche de 1963 el pianista y compositor argentino Ariel Ramírez llamó por teléfono al periodista Félix Luna, quien estaba de guardia en la redacción del diario Clarín de Buenos Aires. Le contó que creaba una misa cantada, y le pidió ayuda para completar la obra con una serie de villancicos navideños.

Después de terminar su trabajo, ya muy tarde, Félix Luna –que acumulaba talentos cual genio renacentista: historiador, novelista, músico, poeta, abogado– se encontró con Ramírez. Esa madrugada, de un tirón, ambos compusieron la maravillosa Navidad nuestra, que completa la Misa criolla, dos caras de una misa cantada con formas musicales propias del vasto folklore argentino: chamamé, vidala, baguala, carnavalito, chacarera, estilo pampeano, taquirari. No incluyeron a la milonga, porque es muy oriental –aunque Jorge Drexler explique tan bien que la milonga, en realidad, es de muchos lugares.

La Misa criolla, que sigue la liturgia católica con vocabulario autóctono, versos sencillos e incluso expresiones en guaraní, fue grabada en 1964 y tomó un vuelo enorme a partir de entonces. Es música ritual, pero vale por sí misma, con independencia del dogma, para aquellos que no son creyentes. Es folklore como un cóndor en la luz, según lo definió alguien. Buena parte de la mejor música de la historia tiene raíz religiosa, desde los magníficat al góspel.

Hay muchas versiones posteriores de la Misa criolla, como las que grabaron el tenor español José Carreras o la tucumana Mercedes Sosa. Son obras casi perfectas, pero –para quien esto escribe– ninguna tiene la densidad emocional, la sencilla "garra" de la versión original, con las voces de Los Fronterizos, acompañados por un coro angélico, el clave de Ariel Ramírez y el charango de Jaime Torres.

Los Fronterizos, que se formaron en la década de 1950 en la ciudad de Salta, en el norte argentino, fueron todo un asunto. Ellos pulieron sus coros hasta el virtuosismo. Atahualpa Yupanqui, que podía ser muy maldito, le llamaba "el perdido" a uno de ellos, el guitarrista Juan Carlos Moreno, porque nunca podía encontrar el tono correcto. Pero lo cierto es que la voz increíblemente grave de Moreno le dio gran personalidad al conjunto, como la bella voz saliente de Gerardo López, o la distinción de César Isella, quien luego haría carrera como solista dentro de la estética del "nuevo cancionero" y la protesta, muy al uso de hace medio siglo. Canción con todos, que Isella compuso con Armando Tejada Gómez, se convirtió en un himno latinoamericano, por mérito propio y por la gracia de Mercedes Sosa.

Mi niñez en los solitarios campos de Río Negro, donde se escuchaban radios argentinas, fue acompañada por Los Chalchaleros, Atahualpa Yupanqui, Jaime Dávalos o Eduardo Falú. En aquel mundo riguroso solo unos pocos poetas y músicos orientales podían entreverarse sin pasar vergüenza, encabezados por Osiris Rodríguez Castillo y Alfredo Zitarrosa. Y sobre fines de cada año, la Misa criolla sonaba cual letanía.

En estos animados días de fin de año, cuando las canciones y los abrazos se abren paso a duras penas entre las borracheras y los petardos, un coro canta por las iglesias de Montevideo una digna versión de la Misa criolla. Lo escuché una de estas noches, de casualidad, frente a una iglesia de Pocitos.

El tiempo disminuye la conciencia del privilegio de vivir. La costumbre debilita la percepción, tanto como para que lo bello se vuelva vulgar y el amor una rutina. Pero entonces unos villancicos avivan los sentidos, como quien vuelve a casa después de una larga ausencia.

Era fácil de percibir el estremecimiento de las personas reunidas en la esquina de Ellauri y Massini: matrimonios de media edad, señoras antiquísimas, jóvenes chetas. Dominada por la emoción de pertenecer en grupo a algo, aquella multitud parecía haber hallado un mundo más completo y mejor gracias a la música sacra.

El novelista Arthur Koestler, siempre obsesionado en la búsqueda de lo trascendente y absoluto, escribió en sus memorias que, al fin, las experiencias emotivas más profundas son siempre aquellas en que uno comprende de pronto todo el significado de un simple lugar común.

Las músicas de Navidad importan, como importan los símbolos y los viejos ritos: una familia reunida en torno a una mesa, la percepción de lo que se es y el recuerdo de lo que se perdió, la nostalgia por una hija que está lejos, la memoria de nuestros familiares y amigos muertos.

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