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Andrade y Cosse

La candidatura de Frente Amplio está ligada a la coordinación de dirigentes o votantes 

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22 de mayo de 2019 a las 05:01

El favoritismo de Daniel Martínez en la competencia por la candidatura presidencial en el Frente Amplio, a esta altura, es muy obvio. No hay una sola encuesta que ponga en duda que, a menos de mes y medio de la elección primaria, conserva una ventaja importante sobre Carolina Cosse. Martínez tiene una espalda política ancha. Cuenta con el apoyo de una amplia y variopinta coalición de grupos frenteamplistas, desde Asamblea Uruguay a Casa Grande, pasando por las (tan) distintas corrientes internas del viejo y eternamente conflictuado Partido Socialista. Lo respaldan más de cuatro décadas de compromiso con la militancia política y con las causas más caras para la sensibilidad de izquierda, desde la lucha clandestina contra la dictadura desde el movimiento estudiantil o sindical a la política de promoción industrial durante su actuación como ministro en el primer mandato de Tabaré Vázquez. 

Cosse, mientras tanto, ha tenido un desempeño más que razonable tratándose de alguien que, hasta la fecha, no había tenido que salir a la calle a conquistar votos por sí misma. A pesar de su inexperiencia consiguió consolidarse como candidata en poco tiempo. Sin embargo, siempre según las encuestas, todavía está lejos de poder alcanzar a Martínez. Esto no parece pesarle. Se muestra confiada. Sin ir más lejos, hace un par de semanas en declaraciones a Búsqueda, dijo que su campaña tiene “una eficacia enorme”, que “no para de crecer”, a pesar de no haber utilizado “ni el 80% de los recursos disponibles de comunicación”. Parece anunciar una gran ofensiva que sería decisiva. 

Su candidatura tiene algunas fortalezas nada menores. Para empezar, y esto está lejos de ser poco relevante en los tiempos que corren, es la única candidata mujer. Ella, además, trata de explotar este dato al máximo, teniendo en cuenta la centralidad asignada a la igualdad de género en la cultura frenteamplista. En segundo término, se muestra aplomada y segura de sí misma. Trasmite autoridad, un rasgo que los electores suelen demandar en los candidatos a la presidencia. En tercer lugar, se esfuerza en destacar su confianza en el papel del Estado como promotor del desarrollo. Desde este punto de vista, su discurso se ajusta muy bien a la tradición frenteamplista que lleva el Estado en el corazón. Por último, y no por esto menos importante, al menos en teoría, cuenta con el apoyo de José Mujica y el Movimiento de Participación Popular (MPP). 

De todos modos, también son notorias algunas debilidades. Para empezar, su liderazgo no parece sintonizar muy bien con el que hasta ahora ha preferido el electorado del MPP. Dicho de más crudamente, es difícil imaginar un perfil político y personal más diferente al que ha hecho tan popular a José Mujica: énfasis en la gestión versus énfasis en la representación; perfil “doctoral” versus perfil “caudillesco”; razones versus emociones; distancia versus empatía. Además, su decisión de armar una lista propia entre objetivamente en colisión con los intereses electorales de los cuadros emepepistas que quieren ser reelectos (es inevitable que consideren que una lista encabezada por Cosse puede ser una amenaza hacia octubre). 

La teoría sugiere que, para maximizar su desempeño en la elección primaria, debería coordinar con Óscar Andrade. Carismático, informado y trabajador, Andrade es un producto típico de la tradición comunista. Tiene algunas buenas razones para pensar que puede tener una votación razonable cuando llegue el momento. Sus discursos suelen ser los que despiertan más entusiasmo en los actos del Frente Amplio. A su manera, como Edgardo Novick que despertó interés con el relato del feriante esforzado que se abrió camino hasta llegar a ser un gran empresario, o como Juan Sartori que llamó la atención del público narrando cómo logró convertirse en millonario siendo tan joven, Andrade tiene una historia para contar. Es una historia de superación personal y de compromiso con los trabajadores. 

Las encuestas lo muestran tercero, pero no tan lejos de Cosse. Él argumenta con obstinación que todavía hay tiempo, y que todo puede cambiar. A nadie puede llamarle demasiado la atención: así de voluntariosa y de voluntarista es la cosmovisión comunista. Seguramente confía en su arrolladora capacidad discursiva. Es posible, además, que esté depositando mucha confianza en la capacidad de movilización del aparato de militancia del Partido Comunista durante el día de la elección. En la elección primaria de 2014 encuestadores y analistas aprendimos que, efectivamente, no hay que pedirle a las encuestas más de lo que pueden dar y que es posible que una parte decisiva del electorado se mueva a último momento. De todos modos, me inclino a pensar que si Andrade realmente confía en poder dar batalla a Daniel Martínez y Carolina Cosse está cayendo en un error frecuente: tomar deseos por realidades, confundir el microclima del entorno con las perspectivas reales.

Cuando los dirigentes no pactan entre sí, siempre según el manual, los que terminan coordinando son los propios votantes. Por eso suele decirse que, en una elección como la primaria en la que hay un solo cargo en disputa (la candidatura a la presidencia por cada partido), el electorado tiende a “polarizarse”, es decir a concentrarse detrás de los dos candidatos a los que asignan la mayor probabilidad de ser electos. 

Si el razonamiento anterior es correcto cabe la pregunta: ¿qué harán los potenciales votantes de Andrade cuando concluyan, con información en la mano, que su precandidato preferido no tiene chances reales? ¿Seguirán optando por Andrade o decidirán apoyar a Cosse, su segunda preferencia? En este plano, es decir, en el de la eventual coordinación de dirigentes o de votantes se juega la candidatura presidencial frenteamplista. 

 

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