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Andrés Manuel López Obrador: un presidente polémico

“La cuarta transformación de México” que el mandatario López Obrador anunció en la campaña electoral parece que va en serio

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26 de enero de 2019 a las 05:01

En el tiempo que lleva como presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO) se bajó el sueldo en 60% (ahora el primer mandatario mexicano cobra poco más de US$ 5.000 mensuales), les retiró las pensiones vitalicias a los expresidentes, que ascendían a US$ 10 mil por mes para cada uno. Además, ningún funcionario del gobierno podrá ahora cobrar más que el presidente, con lo cual cortó de tajo una enorme cantidad de salarios obscenos en la administración pública mexicana, como los de los ministros de la Suprema Corte, los jueces del Tribunal Electoral y otros altos magistrados que percibían la friolera de US$ 30 mil por mes, en un país donde el salario promedio es de US$ 550 mensuales.

En el mismo tiempo, López Obrador puso en venta el avión presidencial —vuela por aerolínea comercial—, convirtió la residencia presidencial de Los Pinos en museo y vive en su casa; eliminó la guardia personal del presidente, retiró el patrocinio millonario del gobierno a la selección mexicana de fútbol, despidió a los funcionarios de confianza del Servicio de Administración Tributaria, los famosos “aviadores del SAT” (ñoquis, en el habla coloquial rioplatense), que sin ir a trabajar cobraban hasta tres veces más que el presidente; aumentó las pensiones a los adultos mayores, inició la construcción del megaproyecto del Tren Maya y canceló la del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, eliminó la reforma educativa de su antecesor Enrique Peña Nieto, creó la Fiscalía General de la República, ha dado más 30 conferencias de prensa y ha emprendido una lucha frontal contra la corrupción, que en México atraviesa a buena parte de la economía. Y suma y sigue.

¿Cuánto tiempo es ese tiempo? Es decir, ¿cuánto hace que López Obrador asumió la presidencia de México? Por las iniciativas enumeradas, uno pensaría que ya andaría por el fin de su mandato. Pero no, lleva poco más de 50 días; tomó posesión el 1º de diciembre. Tal parece que lo de “la cuarta transformación de México” que tanto anunció en su campaña va en serio. El estilo personalista del presidente (sus críticos dicen que “megalómano”) llevó a que muchos en aquel momento se burlaran de su propuesta “cuarta transformación”, e hicieran abundante escarnio en las redes sociales de sus delirios de grandeza. Las tres “transformaciones” de México en la visión historicista de López Obrador son la Independencia (1810-1821), la guerra de Reforma (1858-1861), que llevó a Benito Juárez a la Presidencia, y la Revolución mexicana (1910). Por lo que proponer una cuarta parecía, en efecto, un tanto grandilocuente.

Sin embargo, a juzgar por la determinación con la que ha emprendido el combate a la corrupción, de tener éxito, eso en México ya implicaría, no sé si la cuarta, la quinta o cuál sería el número, pero sin duda, algún tipo de transformación. Sin embargo, es una tarea titánica, como quedó demostrado en la segunda gran batalla que López Obrador ha decidido librar contra el flagelo: la erradicación del robo de combustibles, un negocio billonario en México, con un extenso y complejo entramado de complicidades en el sector público y privado, crecido al amparo de gobiernos anteriores y conocido popularmente como el “huachicoleo”.

Si las primeras medidas de austeridad y la eliminación de canonjías, prebendas y algunos proyectos le acarrearon al presidente la enemistad de empresarios, jueces, gobernadores, funcionarios públicos y numerosas críticas, la ofensiva contra el huachicoleo fue mucho peor. Tan naturalizado y ampliamente comercializado estaba el robo de combustible que la medida provocó un feroz desabasto en los primeros días enero, con ciudades que quedaron hasta una semana sin nafta ni gasoil. 

Y más triste aun fue la tragedia ocurrida hace unos días en Tlahuelilpan, estado de Hidalgo, donde casi un centenar de personas murieron calcinadas al explotar una toma clandestina de combustible que había sido dejada abierta tras la iniciativa del gobierno. Las personas eran gente humilde de la localidad, que simplemente vieron la oportunidad y fueron hasta allí con bidones a llevarse lo que pudieran. Pero las imágenes de la gente chapoteando en gasolina y luego estallando en llamas causó gran consternación en los mexicanos. Y otra vez llovieron las críticas al gobierno de López Obrador cuando se supo que en el lugar había efectivos militares que no acordonaron la zona ni impidieron que los lugareños se acercaran.
López Obrador, que a lo largo de toda su carrera política ha tenido un fuerte discurso antirrepresión, dijo que los soldados habían actuado bien “en no reprimir” a los ciudadanos. Con lo cual ha abierto una gran polémica sobre “el rol del Estado en combatir a la delincuencia”; y numerosos detractores lo increpan ahora por sus dichos de “el pueblo bueno” o “roban porque son pobres”.

Sin duda hay un populismo y un cierto maniqueísmo en AMLO que molesta, y siempre ha molestado, a mucha gente. Pero sus números se mantienen altísimos; su gestión goza hoy de 83% de aprobación y parece haber establecido una conexión mística con las masas, muy propia del estilo de los caudillos. Salvando las enormes distancias, el parecido con el Hugo Chávez de los primeros años resulta insoslayable. Pero parecería muy poco probable que fuera a tomar el camino que el venezolano siguió después del golpe fallido de 2002.

El aspecto hasta ahora peor gestionado de su gobierno parece ser la política exterior. Esta semana, mientras casi todos los países del continente reconocían a Juan Guaidó como presidente interino de Venezuela y el mundo volvía a condenar a la dictadura de Nicolás Maduro, México siguió reconociéndolo como el presidente legítimo. Y se limitó a emitir un comunicado conjunto con el gobierno uruguayo en el que exhortaban a la sociedad venezolana a “encontrar una solución pacífica” a sus diferencias.

El gobierno de López Obrador se justificó con la excusa de su apego a la Doctrina Estrada, un eje conceptual de la política exterior mexicana basada en el principio de no intervención. Pero no convenció a nadie con ello, en una coyuntura donde la enorme mayoría de los países considera inadmisible no condenar la existencia de una dictadura en el continente.

De ese modo, López Obrador parece optar por aislarse de la política que se perfila hoy en la región. Tal vez su época para el contexto regional fue otra. Tal vez hubiera calzado mejor en el subcontinente de haber ganado su primera elección en 2006, cuando gobernaban Lula en Brasil, Kirchner en Argentina y el propio Chávez en Venezuela. 

Pero al mismo tiempo, da la impresión de ser muy diferente a todos estos líderes. Y su combate frontal y a todas luces genuino contra la corrupción lo ubica en un sitial muy aparte de todos ellos. Tal vez este sí sea el tiempo de López Obrador. No lo sabemos. Sin duda, tiene un espinoso camino por delante; pero tal vez su ansiada transformación de México no sea una idea tan irrisoria como pensaban sus detractores. El tiempo dirá. 

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