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Bolsonaro, ¿el nuevo dueño del Mercosur?

Las implicancias no deseadas de las elecciones brasileñas sobre la suerte de todos los socios de la unión aduanera

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16 de octubre de 2018 a las 05:03

Por varios años se ha escuchado el lamento oriental por el cepo que aplicaba la alianza aduanera regional a la búsqueda de nuevos mercados, al trabar la posibilidad de que cualquiera de sus miembros negociase unilateralmente acuerdos comerciales con terceros países. La queja es improcedente: además de lo que taxativamente diga el articulado específico, por definición la lógica de este tipo de acuerdos excluye la posibilidad de la negociación unilateral, que implicaría imponer a los aliados decisiones de uno solo de los socios. Además de improcedente, es bizantina, como se sabe.

El verdadero cepo al que está sometido Uruguay es el veto del Pit-Cnt a cualquier apertura comercial, posición en la que no está solo, porque toda apertura implicaría la pérdida de muchas canonjías empresarias que necesitan para eternizarse la cerrazón comercial. Salvo Paraguay, que funciona con una mecánica esotérica y diferente, los otros tres miembros fundadores comparten esas características, con formatos propios y acordes a sus particularidades, pero a la larga con iguales consecuencias y limitaciones. Por eso desde el origen este acuerdo subregional es una unión aduanera, un esquema proteccionista en su esencia.
Ese ghetto tuvo dos ganadores que lo coparon (sic): Brasil y las automotrices internacionales.

El Mercosur funciona hoy de acuerdo a la voluntad de esos dos factores, que se unifican y confunden a veces, y que rigen celosamente su cerrazón para evitar cualquier competencia. El resto son mendrugos que se conceden a los demás socios, atemorizados -con algunas razones valederas- ante la posibilidad de perder el paraguas subregional y sin coraje técnico y político para intentar individualidades.  

Como era previsible que ocurriera tarde o temprano, Brasil se tuvo que enfrentar a su endeudamiento, su gasto, su déficit y su rigidez laboral (complementos y consecuencias del proteccionismo) y por supuesto a su corrupción (complemento y consecuencia del estatismo). Entonces, debió comenzar una serie de cambios de fondo en su manejo presupuestario enloquecido y en sus leyes laborales anticapitalistas y antiempleo. 

También Argentina sabe que debe seguir por ese camino, aunque Macri no haya tenido la valentía ni el conocimiento o el soporte político para hacerlo, todavía. Y esa demora le está costando muy cara, en el orden electoral, en el económico y en el social. Lo mismo le ocurre a Uruguay, aunque a otra velocidad, con lo cual le resulta más fácil creer que es inmune a ciertas realidades porque es distinto. 
La irrupción de Jair Bolsonaro mete miedo en los tres países, no ya por sus opiniones, que hacen empalidecer el prestigio de Trump como desaforado, sino por la firme posibilidad de que profundice la línea de reformas del estado, de libertad de contratación, de flexibilización laboral y de apertura comercial. 

Y esa posibilidad, unida al neoproteccionismo americano y a la guerra comercial y de otro tipo que amaría escalar el populista presidente estadounidense y su partido, plantean el verdadero problema y la verdadera oportunidad. ¿Qué harán los tres socios proteccionistas con el Mercosur, y con su comercio internacional, en definitiva? 
Hasta ahora, además de ser el  coto de caza de algunas industrias semiradicadas en Brasil, mayoritariamente, ha sido un reducto monopólico, de ineficiencias y cerrazón, un policía que impide toda apertura, pero que además sirve de coartada para culparlo por esa misma falta de apertura, en vez de que cada país asuma su vocación de aldea. 

Y esa posibilidad, unida al neoproteccionismo americano y a la guerra comercial y de otro tipo que amaría escalar el populista presidente estadounidense y su partido, plantean el verdadero problema y la verdadera oportunidad.

Del mismo modo, el proteccionismo de Trump es la excusa perfecta para imitarlo. Lo que sería no sólo contraindicado, sino la perpetuación de un error económico de fondo, en el que Estados Unidos puede darse el lujo de incurrir por un tiempo, pero que los países pequeños no se pueden permitir. En vez de implorar la limosna americana y rogarle a su presidente, como hace Macri, habrá que pensar en estrategias más profundas, donde se resuelva qué mercados se privilegian y con quién se negocia y, sobre todo, qué se negocia. 
La pretensión aparentemente lógica de que Uruguay se una a Argentina y fuerce a Brasil a una actitud aperturista luce también ilusoria. El gobierno uruguayo no tiene libertad política interna para negociar nada con nadie. Se ha ocupado, además, de distanciarse de Argentina y Chile con su tolerancia cuasicómplice a la dictadura venezolana y en ofender al casi futuro presidente brasileño. Argentina, por su parte, está al garete. Nada aportará. No tomará un camino aperturista porque no ha sido capaz de elegir un rumbo en ningún aspecto en estos últimos tres años. Y la amenaza del fantasma peronista en el corto plazo hace que reine el cortoplacismo, enemigo de toda estrategia. Todo ello enmarcado en algún tipo de default interno que parece inevitable. 

En esas condiciones, Brasil además de su peso natural y por su circunstancia política y la fuerza de los votos, se encamina a tener más poder que nunca en el Mercosur y a ser quién pese decisivamente en su estrategia futura. Y esa decisión arrastrará a Uruguay y Argentina, que se verán en disyuntivas complicadas ante sus propios frentes, según cual fuere el camino que Brasil decidiese. 
Imposible no rememorar la anécdota periodística sobre la fuga de Napoleón de su prisión en la isla de Elba: “El monstruo Bonaparte huyó de la prisión”, decían los diarios el primer día. Al poco tiempo los titulares cambiaron: “Napoleón reagrupa sus tropas y avanza” y finalmente culminaron: “Su Majestad imperial entra mañana en París” 
Su excelencia, Jair Bolsonaro, a un paso de reinar sobre el Mercosur. 

 

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