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Carne bovina uruguaya y sus emisiones de gases de efecto invernadero

Existe un factor de diferenciación en la huella de carbono de la carne bovina uruguaya respecto a la del “promedio” de Latino América.

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05 de noviembre de 2019 a las 05:01

Por Francisco Rosas*

Blog Suma**

La producción de carne a nivel global, especialmente bovina, ha estado recibiendo recientemente una serie de embates que apuntan a resaltar su impacto en diferentes dimensiones del ambiente, principalmente en el aire (emisión de gases de efecto invernadero - GEI, medida por la huella de carbono) y en el agua (consumo de agua, medida por la huella hídrica).

En esta entrada ponemos foco en las emisiones de GEI de la ganadería de carne bovina, y cómo la forma en que se produce el ganado determina huellas tan diferentes. Como dice el dicho, el diablo está en los detalles, y en este caso, está a favor de la ganadería uruguaya relativo a la de otros países.

La huella de carbono de la ganadería se mide contemplando las diferentes categorías de emisiones. Por un lado, la fermentación entérica (generada durante la digestión de los rumiantes) y el manejo y depósito de estiércol son las principales fuentes, y a grandes rasgos, estarán presentes independientemente del sistema productivo empleado. En segundo lugar, se encuentra el denominado cambio en el uso de la tierra, que típicamente implica la sustitución de bosques para implantar praderas para el pastoreo de ganado. En tercer lugar están las emisiones provenientes de la producción de forraje y alimento para el ganado, generado por el uso de fertilizantes químicos y orgánicos para cultivos utilizados como forraje y su procesamiento y transporte. En cuarto lugar, se encuentran las emisiones provenientes de la energía utilizada en las etapas primaria y de industrialización de la carne.

En el caso de América Latina, y tomando como ejemplo una fuente ampliamente citada en la literatura especializada (Gerber et al. 2013) [1], la fermentación entérica y el manejo de estiércol implican el 55% de las emisiones. El cambio en el uso del suelo representa el 33% de las emisiones. La generación de forraje y alimento para el ganado el 11%, y la energía directa o indirectamente utilizada, implica el 1%. Según este reporte, las emisiones por unidad de producto de América Latina son significativamente más altas que otros países o regiones productores de carne, como Estados Unidos, Europa Occidental, u Oceanía, y entre otras cosas, esto es lo que ha llevado a poner la ganadería de América Latina en el centro de la atención.

Sin embargo, no es posible ignorar que hay una demanda mundial de carne que debe ser abastecida, de la que América Latina es el principal proveedor (33% aproximadamente) y de la que ninguno de los países o regiones con bajas emisiones por unidad de producto (salvo Estados Unidos, 24%) es un actor significativo. Volveremos sobre este punto más adelante.

Por su parte, existe un significativo crecimiento de un segmento de la población mundial que demanda más información de los alimentos que consume, y particularmente para la carne bovina, tienen una creciente preocupación por sus huellas ambientales (carbono, agua, ecológica), por el bienestar animal, y por el uso de hormonas y antibióticos. A los consumidores veganos y vegetarianos que son más conocidos, se les suman los “flexitarians” o semi-vegetarianos que constituyen los consumidores que limitan voluntariamente su consumo, pero no lo eliminan completamente. Entre las principales razones se encuentran los precios, aspectos nutricionales como su propia salud y control de su peso, conciencia de los animales y de su bienestar, impactos ambientales, entre otros. Estos grupos en general se ubican en países de renta alta, o por lo menos, en segmentos de altos ingresos de países en desarrollo.

Pero en la demanda global de carnes, se presenta otra fuerza que va en sentido opuesto, que es el aumento sostenido de las clases medias a nivel mundial y las perspectivas de crecimiento de la población fundamentalmente en los países en desarrollo, que al elevar sus estándares de vida, pasan a consumir mayor cantidad de proteínas, entre ellas proteínas provenientes de carnes. Entonces, es esperable que la demanda de carne bovina se mantenga firme en el mediano y largo plazo.

Uruguay no debería tener mayores problemas en la colocación de su carne bovina en el mercado internacional, dado el volumen de nuestra oferta y el nivel actual de apertura de mercados. La pregunta que nos debemos hacer, es a qué demanda queremos apuntar.

Hoy Uruguay satisface a ambos tipos de consumidores. El 45% de la carne bovina se exporta a China (datos de 2018), o sea a una demanda creciente y sostenida. Pero más del 40% de la carne se vende a consumidores de la Unión Europea, NAFTA, Israel, etc., o sea consumidores con una tendencia a disminuir su consumo de carne y con creciente demanda de información sobre la forma de producción de los alimentos. Desde el punto de vista de Uruguay, hay por lo menos dos puntos positivos en satisfacer a estos últimos consumidores. Uno es que existe una mayor disposición a pagar por los atributos de los alimentos. Otro, es que la carne de Uruguay posee esos atributos que dichos consumidores buscan. La clave está en identificarlos, documentarlos, reportarlos, y promocionarlos.

Volviendo al punto principal de esta entrada, que son las emisiones de GEI de la ganadería, existe un factor de diferenciación en la huella de carbono de la carne bovina uruguaya respecto a la del “promedio” de Latino América.

En la contabilidad de las emisiones de nuestra ganadería de carne, no se computan aquellas provenientes del cambio en el uso del suelo, ya que se produce sobre praderas naturales nativas o autóctonas (al igual que las de la región pampeana de Argentina o del sur de Río Grande do Sul en Brasil), y no surgen de ningún tipo de deforestación. Asimismo, una porción importante tampoco requiere la producción de forraje y alimento ya que éste proviene de la propia pastura nativa. Eso implica que cerca de un 44% de las emisiones que se cuentan para la ganadería de América Latina, no deben computarse para Uruguay. A esto se le pueden sumar otros atributos relacionados, como el posible secuestro de carbono por las pasturas naturales en algunos sistemas productivos que aún requiere ser mejor medido y documentado, y que hace reducir las emisiones netas de la ganadería.

Uruguay establece con exactitud sus emisiones en ámbitos como, por ejemplo, la Convención de Cambio Climático de las Naciones Unidas reportando el inventario de emisiones y en cumplimiento de los compromisos del Acuerdo de París, pero es necesario dar un paso adicional y que esta información llegue al consumidor final más exigente en nuestros mercados de exportación, y que efectivamente opere como un factor de diferenciación. Por tanto, la cuantificación de la huella de carbono (así como otras huellas) deben ser sistemáticamente estimadas con las particularidades de los distintos sistemas productivos de carne bovina existentes en el país. Esto es, no solo se debe impulsar y apoyar las iniciativas de investigación que actualmente existen con este objetivo, sino que debe trascender y permear en la etapa de comercialización, pasando por las etapas de certificación que sean requeridas. En definitiva, el desafío consiste en la incorporación de tecnología que está a disposición en el proceso productivo. El sistema de trazabilidad individual bovina (que otorga seguridad en la etapa primaria) junto con el sistema de “cajas negras” instalado en cada frigorífico del país habilitado para la exportación (que otorga seguridad en el proceso industrial), son una herramienta ideal para lograr este objetivo pero que actualmente las estamos subutilizando.

Al igual que la adaptación a la variabilidad climática actual (que hay que hacerla independientemente de si uno cree o no que es una consecuencia del cambio climático), en este caso ocurre lo mismo, Uruguay debe adaptarse a las demandas de estos consumidores más exigentes de atributos de los productos cárnicos si queremos apuntar a los mercados de mayor valor. Este cambio ha llegado para quedarse.

*Francisco Rosas es investigador del Centro de Investigaciones Económicas (cinve) y profesor investigador de economía de la Universidad ORT Uruguay. Es Doctor en Economía por Iowa State University y Licenciado en Economía de la Universidad de la República de Uruguay

Twitter: @jfranciscorosas  Email: frosas@cinve.org.uy

** Entrada escrita para el Blog SUMA de CINVE www.suma.org.uy 

[1] Gerber, P.J., Steinfeld, H., Henderson, B., Mottet, A., Opio, C., Dijkman, J., Falcucci, A. and Tempio, G., 2013. Tackling climate change through livestock: a global assessment of emissions and mitigation opportunities. Food and Agriculture Organization of the United Nations (FAO).

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