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Un mate, galletitas y un subfusil en la cotidianidad de una mesa familiar.

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Dedos amputados y lesiones: los mensajes de la violencia narco que se ven en las emergencias de Montevideo

Cortes de falanges de los dedos o aumentos de disparos a brazos y piernas son síntomas que a los médicos en las puertas de emergencias de centros de salud les hace olfatear que algo está cambiando; la policía constató un aumento en las lesiones con fines intimidatorios

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18 de junio de 2022 a las 05:00

—¿En el pie o en la mano? ¡Dale, elegí!

El niño aprieta todos los músculos de la cara para contener el llanto. Pero sabe que está acorralado contra una pared y enfrentado a un líder narcotraficante que le va a hacer pagar por el resto. No puede escapar. 

—En la mano…
—Ah, la manito.

Los dos disparos, las carcajadas de Zé Pequeno y los gritos del niño –más de angustia que de dolor– ponen fin a una de las escenas que marcó al cine latinoamericano en las últimas dos décadas. Ciudad de Dios mostró una crudeza que, hasta hace poco, a los uruguayos les parecía que era tan lejana como solo podía encuadrarse en una favela de Brasil. 

Veinte años después, Montevideo también tiene algo de eso para contar.  

Todavía era de día cuando la mujer, de entre 20 y 30 años, llegó a la puerta de emergencia del Centro de Salud del Cerro. Solo quería que la curaran. Le faltaban dos dedos de una mano. 

Hasta ahí podría haber sido un caso más de los accidentes domésticos que se ven cada tanto en una emergencia. Pero la señal de alerta se prendió enseguida que los médicos le preguntaron: ¿qué te pasó?

Nada. La mujer no quiso explicar y, menos, hacer alguna denuncia ante el policía que estaba en la puerta. Se limitó a pedir: cúrenme.
Este fue el primer síntoma que hizo pensar a los médicos que trabajan en el oeste de Montevideo que la violencia estaba subiendo un escalón. Reciben baleados o heridos con arma blanca todos los días –ahí, en la policlínica de la calle Capitán Tula de Piedras Blancas, en el Hospital Maciel, de la Ciudad Vieja– pero amputaciones en los dedos estaba siendo, para ellos, algo nuevo.  

Al primer caso, que pasó en el último trimestre de 2021, le siguieron algunos más. Los profesionales de la salud lo tomaron como una percepción, que no podrían explicar con datos. Porque amputaciones, por trabajo informal o por accidentes, hubo toda la vida. Algunas señales, sin embargo, les hicieron interpretar que no eran de las de siempre. 

—En algún caso fue en aumento: primero vino porque le faltaba el meñique, después volvió y le faltaba el anular… —describe un médico del Cerro, que habla a cuentagotas, como con la duda de si debería estar diciendo lo que dice.

—Te das cuenta de si fue una sierra eléctrica o una amoladora porque le engancha, le tira, y le rebana el dedo. O le preguntamos si es zurdo o diestro... Y el forense lo sabe mejor que nosotros: si fue accidental o si se lo hizo alguien más —responde la jefa de Emergencia del Hospital Maciel, Andrea Vaucher, quien además trabajó durante años en el Banco de Seguros del Estado y sabe distinguir a un paciente que tuvo un accidente laboral. 

—El corte de amoladora es diferente. Ellos venían con un corte limpio, como de machete —remarca el médico de la emergencia del Cerro. 

—El trabajador por lo general ya sabe, viene con la parte amputada —dice Vaucher.

No hay ningún análisis que pueda confirmar por qué se dio esta seguidilla de amputaciones a fines del año pasado en el Cerro: no llegan a la Justicia –ni siquiera se denuncian– y tampoco pueden diferenciarse del resto de las lesiones de este tipo que se registran en las historias clínicas. 

Fuentes policiales consultadas por El Observador dicen que esto no es algo nuevo. Un funcionario  que trabajó durante años en la seccional 24 del Cerro es enfático: esto pasó toda la vida, el que dice lo contrario miente. 

Lo que los médicos vieron en el oeste en el último trimestre del año pasado, sin embargo, no lo habían visto en la última década.

Hasta ahora esas prácticas se asociaban a otros países de América Latina y, en concreto, a la violencia que derrama el narcotráfico. Un informe del PNUD divulgado esta semana advierte que, si bien el mercado ilegal de drogas en Uruguay está en una etapa temprana, todo hace pensar que seguirá el mismo camino que la región. Por eso, llama a las autoridades a actuar rápido y generar políticas de Estado para combatirlo.

En diciembre de 2021 el Ministerio del Interior informó que se había desbaratado el primer laboratorio de producción de drogas sintéticas en Uruguay: se detuvo a dos hombres –uno de ellos, colombiano– y a tres mujeres. En abril de este año se detectó otro. 

Según supo El Observador, un aumento en la cantidad de dinero que mueven las bandas de narcotraficantes hizo que los cuidados se hayan reforzado. Un ejemplo: hay narcos que pasaron de pagar unos $ 3 mil la noche de guardia en una boca de drogas a cerca de $ 8 mil.

Una hipótesis para explicar el cambio en la violencia es, por ejemplo, un mercado que maneja más dinero y por lo tanto tiene que ejercer un mayor control. La violencia es el único camino que encuentra el negocio para custodiar aquello que está por fuera de la ley.

Pero el Ministerio del Interior tiene una explicación que está en las antípodas de ese mercado más pujante: dice que la policía cierra bocas de droga, le genera al narco pérdidas económicas y endeudamientos, y la violencia por el control del territorio sube. 

El comisario general de Represión contra el Tráfico Ilícito de Drogas, Alfredo Rodríguez, lo dijo en el Parlamento la semana pasada: “Hemos visto en estos días alguna metodología nueva que aplican las organizaciones al verse en esta situación de pérdidas económicas, al verse tan golpeadas. Han implementado el ejercicio de la violencia con fines intimidatorios. Tenemos en actas el testimonio de víctimas que han sido violentadas, se les ha efectuado disparos de armas o golpeados, para que vayan a determinados centros y no compren en la competencia”.

Algunas puertas de emergencia, por su ubicación, son las que le toman el pulso a estos temas. El Centro de Salud del Cerro atiende  pacientes de toda la periferia oeste de la capital; el Hospital Maciel también es referencia para el oeste y es el primer punto de llegada para los presos del Penal de Libertad y de la cárcel de Santiago Vázquez. La policlínica de Piedras Blancas en la calle Capitán Tula cubre los barrios Borro, Las Acacias, Marconi, Nuevo Ellauri y Casavalle. En los tres casos, son punto de llegada de las zonas más golpeadas por el crimen.  

Vaucher, médica coordinadora de la puerta de Emergencia del Hospital Maciel, no detectó un aumento de amputaciones dudosas, aunque sí por robos de cables. En el último año el 1% de los pacientes que llegó por herida de arma blanca fue derivado a cirugía plástica. 

Aunque advierte que la violencia está mostrando un aumento de lesionados. Tanto en el Hospital Maciel como en el Cerro y en la policlínica de Capitán Tula, en Piedras Blancas –tres centros de asistencia donde los baleados o heridos con cortes llegan a diario–, están viendo que los tiros están yendo directo a las piernas o a los brazos. No son a matar.

En el Maciel las consultas por trauma en general –todo tipo de heridos– crecieron 10% si se compara con el primer año de pandemia.

—La víctima se encuentra de frente con el atacante y el atacante no lo mata: le tira de las rodillas para abajo —cuenta un médico que trabaja en una puerta de emergencia pero que no quiere ser nombrado en esta nota.

Eso lo detectan por el recorrido de la bala en el cuerpo.

En las puertas de emergencia más conflictivas hay siempre policías eventuales –que dan apoyo en seguridad a instituciones– que toman nota en los casos de baleados y heridos de arma blanca.

—Cuando el policía se acerca, de repente ves que el paciente se fuga. O entra el familiar que dice que le va a alcanzar algo y desaparecen los dos —describe Vaucher.

¿Pasa seguido?

—¿Que se nos fugan? Sí, claro, se van con la herida. 

Ahí está la dificultad para enmarcar ese aumento de lesiones que tanto médicos como policías perciben.

Y hay otro dato. Durante la pandemia, en el Hospital Maciel se atendían 60 emergencias por día: 40 eran respiratorias, 10 eran cardiovasculares y 10 eran por heridas de arma de fuego o de arma blanca. Pasaba en un momento en que había poco movimiento en la calle.

—La gente estaba encerrada en la casa, quieta, no deberíamos haber visto todas estas lesiones. Pero sí, las vimos —describe la jefa de la emergencia, que hace 22 años que trabaja ahí.

Hoy tienen en el entorno de 120 consultas diarias. El motivo principal: los traumatismos.

En el último año, el 50% de las atenciones en la puerta de emergencia del Maciel fue por accidentes de tránsito. El 25% fue por heridas de armas de fuego; el 17%, por heridas de arma blanca; y el resto, por otras causas –como caídas, accidentes laborales, ahorcamiento–.

Permea a trabajadores

Hospital Maciel.

En la calle Capitán Tula de Piedras Blancas, a veces, todo parece en calma. El día puede estar soleado, la sala de espera en silencio, y las personas esperando su turno para ser atendidas. Adentro, en uno de los cubículos, puede haber un hombre acostado con una venda cuadrada en el abdomen que le tapa la herida.

La tensión, igual, se nota.

Una funcionaria de la policlínica que a veces recibe a los heridos sale a la vereda con disimulo, y, como un susurro, comenta:

—La violencia acá está siempre. Nos gritan para que los atendamos rápido. Las amenazas…    

Hasta hace unos meses, el Hospital Maciel estaba recibiendo el doble de los presos heridos que tenía previsto por cupo. Eso implica un mayor operativo de control y aumenta la presión sobre los trabajadores. Y se vio en una situación concreta: semanas atrás, un policía que custodiaba a un preso se trenzó a golpes con un enfermero.

El reclamo de más seguridad es algo de todos los días.

A qué jugarán los niños

En Montevideo, un bebé de un año tuvo a su Zé Pequeno en forma de droga.

A las 11.30 de la noche de un día de setiembre de 2021 llegó a la calle Maciel una mujer cubana con su hijo convulsionando. Su inocencia lo hizo jugar con una dosis de pasta base que, según dijo su madre, se puso sin querer en la boca. Por casualidad, había en ese momento en el hospital un neurólogo especializado en niños. Intentaron reanimarlo cinco veces. 

Murió antes de la medianoche.

La Policía después supo que el lugar donde estaba el niño era una boca de venta de droga. 

—Eso no se veía antes. Que un niño viniera a la puerta. Eso también ha cambiado la consulta—relata Aníbal Dutra, director del hospital. 

Para los médicos y trabajadores de la salud este es solo un caso más de eso que los números no terminan de dimensionar con exactitud pero que ellos olfatean con la percepción de un perro policía: la violencia está subiendo un escalón.  

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