La versión definitiva de los libros escritos en lengua extranjera no es de los autores sino de los traductores. Este hecho evidente no los saca de todas formas de la oscuridad en la que se encuentran y en la que han estado siempre. Sus carreras y curriculum no son conocidos y los lectores comunes no suelen reparar en el nombre de quien escribió lo que están leyendo en su idioma.
Los consejos del escritor y traductor argentino son muy concretos, como éste: “Siempre entre lo correcto y lo que se usa, elijo lo que se usa”. Para él “te podés dar por satisfecho si hacés cuatro o cinco libros muy bien traducidos y no hacés ningún papelón, de esos que lo leés y decís, ´se mamó´”.
La gallega
La uruguaya Cecilia Ceriani vive en España y trabaja como traductora para la editorial Anagrama. Ceriani tiene un doctorado de filología inglesa y pronto le fueron encomendadas traducciones de autores que ella manejaba con soltura. Como Charles Bukowski, con quien debutó traduciendo la novela Hollywood.
Ceriani coincide en que el entusiasmo por la obra a traducir es algo muy importante, pero recuerda también los malos tragos: “Hay autores que son prestigiosos pero me parecen unos pelmazos y unos plomos y bueno, los hago. Pero el último que entregué, dije: no quiero más de esta señora, no puedo más con ella”.
La traductora dudó si revelar el nombre de la autora, pero lo reveló: Siri Hustvedt, la esposa del prestigioso autor estadounidense Paul Auster. “Traduje como cuatro libros de ella y ella quería que lo hiciera yo, pero ya no, no puedo más con ella. Es un tostón”.
Ceriani es muy crítica con las malas traducciones, a las que compara con un instrumento musical desafinado: “Cuando suena mal, te duelen las orejas”.
En cuanto a las “traducciones libres”, esos trabajos que suelen hacer los escritores consagrados y que le imprimen su estilo a los autores más diversos, Ceriani las rechaza: “Hay escritores de muy alto vuelo que se permiten esas libertades, como dicen que hizo Octavio Paz con los haiku japoneses. No estoy de acuerdo. Yo no lo hago. Me parece que no me está permitido hacerlo. Creo que es traicionar el texto”.
A la traductora uruguaya no le preocupa la competencia de las máquinas que traducen, aunque mejoren su performance día a día: “¿Están mejorando? ¿Tú crees que una máquina de ésas será capaz de traducir el Ulises? Por mucho que mejoren nunca tendrán la mezcla de cultura y sensibilidad necesarias”.
El poeta
Roberto Echavarren es un poeta uruguayo que también es editor y traductor. En esta última función debutó con El ocaso de los ídolos, de Friedrich Nietzsche, del alemán, pero su máximo orgullo está en la traducción de los poetas rusos, tales como Marina Tsvetayeva, Ana Ajmátova y Alexander Block. Echavarren también traduce del inglés y lo ha hecho con Shakespeare, John Ashbury y Wallace Stevens, poetas.
Echavaren entiende que es necesario ser poeta para traducir poesía. “Traducir poesía requiere una gran seriedad. De alguna manera es una cocreación, porque representa un trabajo sustancial sobre la textura del idioma”, señala.
Las claves del éxito no son fáciles: “Hay que tener mucho cuidado con la tensión. Lograr el máximo efecto con una gran economía de medios” y algo en lo que Echavarren insiste una y otra vez: “No hay que explicar; eso es de mal traductor”.
Otra cosa muy importante a la hora de traducir poesía es la música, según Echavarren: “Hay que encontrar, en español, la misma música del original. El ritmo del pensamiento del autor”.
Al igual que Ceriani y que Gandolfo, Echavarren no cree que haya alguna traducción imposible: “Una traducción es siempre limitada, pero nunca imposible”, afirma. Según él, no se debería traducir con rima, lo que considera que es muy arbitrario.
La fidelidad a la intención del autor y la honestidad en el trabajo son buenas costumbres en las que Echavarren, Ceriani y Gandolfo coinciden.
Gandolfo cree que los textos clásicos sobre la traducción fueron escritos por Borges, en tanto que Ceriani se refiere a un texto de Umberto Eco: Decir casi lo mismo.
Los tres afirman que hay un placer y un orgullo que son únicos del oficio.