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Deserciones militares: revés para Maduro e insuficiente para la oposición

Guaidó esperaba que los soldados permanecieran en el país y obligaran a Maduro a salir del palacio presidencial

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01 de marzo de 2019 a las 05:00

The New York Times Service

Nicholas Casey y Brent McDonald

 

El primero de una ola de desertores fue un sargento de la Guardia Nacional de Venezuela: cruzó la frontera a Colombia a principios de febrero y declaró que ya no apoyaba al presidente Nicolás Maduro.

“Comemos diariamente arroz y caraotas, poco a poco”, comentó el sargento, Harry Solano.

Desde entonces, al menos 350 elementos más de las fuerzas armadas se han unido a Solano y han cruzado por montones la frontera en busca de asilo, según el gobierno colombiano. La mayoría vino durante el fin de semana, después de que Juan Guaidó, líder opositor que se declaró presidente encargado de Venezuela, hizo un llamado al ejército para que se uniera a su esfuerzo para debilitar el poder de Maduro y romper el bloqueo de la ayuda humanitaria.

Aunque las deserciones no son buenas noticias para Maduro, tampoco son lo que la oposición esperaba.

Guaidó, a quien más de cincuenta países reconocen como presidente, esperaba que forzar a las fuerzas armadas a elegir entre negar la ayuda humanitaria a la población y obedecer a Maduro diera lugar deserciones masivas. Esperaba que los soldados permanecieran en el país y obligaran a Maduro a salir del palacio presidencial.

En cambio, los desertores representan un porcentaje mínimo del aparato de seguridad y los soldados disidentes, quienes temen por su vida, se dirigen a Colombia. No obstante, el número crece día tras día.

“La moral tiene que haber caído de manera abismal entre las fuerzas armadas venezolanas en este momento, y las entrevistas con los desertores parecen revelar eso”, comentó Adam Isacson, director de Supervisión de Defensa de la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos, y agregó que la cantidad de deserciones podría crecer en las semanas próximas.

Las deserciones sí agregan un nuevo elemento impredecible a un creciente conflicto fronterizo entre Venezuela y Colombia, que ha llevado a Maduro a, primero, cerrar los cruces fronterizos y, acto seguido, cortar airadamente las relaciones diplomáticas debido a la ayuda que ha prestado el país vecino a la oposición.

“Si una unidad venezolana intenta en algún momento usar la fuerza para detener a futuros desertores cerca de la frontera, las cosas podrían ponerse feas”, comentó Isacson.

El ministro venezolano de Relaciones Exteriores, Jorge Arreaza, argumentó que no más de unas cuantas decenas de elementos del ejército habían cruzado la frontera colombiana el fin de semana pasado. El 25 de febrero, en una entrevista en la misión de Venezuela ante Naciones Unidas, Arreaza acusó a los funcionarios colombianos y estadounidenses de haber informado falsamente un número mucho mayor de deserciones como parte de lo que describió como la agenda de estos países para derrocar a Maduro.

“Van a inflar todas las cifras”, manifestó Arreaza. “Van a maximizar todo sobre Venezuela y, sabe, es peligroso”.

Maduro todavía tiene la lealtad de los altos mandos, a quienes su gobierno ha convencido con ascensos y contratos lucrativos. Además, el esfuerzo de la oposición para entregar ayuda humanitaria durante el fin de semana fue fácilmente repelido por las fuerzas leales, armadas con gas lacrimógeno y balas de goma.

No obstante, la vergüenza de que elementos de las fuerzas de seguridad de rango bajo y medio se pasen al lado opuesto —muchos captados por equipos de noticias colombianos mientras salían a tropezones de entre los arbustos con las manos arriba en un gesto de rendición— no se libró de repercusiones políticas, comentó David Smilde, sociólogo que estudia a Venezuela en la Universidad Tulane.

“No habíamos visto imágenes como esas desde la caída del comunismo”, afirmó Smilde. “Evidencia cuánto miedo hay entre los soldados y los elementos de las fuerzas de seguridad que sienten que tienen que irse con el otro bando y cruzar la frontera”.

Además, los medios de comunicación difundieron las escenas ampliamente, lo cual podría alentar a otros a desertar.

“Buenos días, soy sargento primero de la Guardia Nacional Bolivariana Muñoz Contreras Aerzair”, dijo un hombre el lunes en la estación colombiana W Radio poco después de ingresar al país. “Estoy con el presidente Juan Guaidó y discrepo en absoluto con Nicolás Maduro. Lo que él quiere es matar al pueblo”.

Algunas de las escenas de deserciones, atestiguadas por reporteros de The New York Times durante una batalla entre manifestantes y las fuerzas de seguridad venezolanas el 23 de febrero, reflejaron la volatilidad ahora común en la frontera altamente militarizada.

Cuando un grupo uniformado de soldados venezolanos salió del cauce de un río que separa a su país de Colombia a media tarde, los manifestantes de la oposición recibieron a los militares con una lluvia de piedras, hasta que se dieron cuenta de que eran desertores, no atacantes.

Luego, la multitud los vitoreó y comenzó a ayudarlos, y cargaron por lo menos a un hombre, que estaba seriamente herido, hasta un edificio gubernamental cercano.

Solano, el sargento que escapó a Colombia a principios de febrero, comentó que era parte de una breve revuelta en una base militar en Caracas que tuvo lugar a finales de enero, apenas dos días antes de que Guaidó se declarara presidente. El gobierno afirmó que los soldados robaron armas y tomaron a varios rehenes; veintisiete de los disidentes fueron arrestados.

Entre aquellos que escaparon estaba Solano. Describió el recorrido espantoso a través del país con cautela y ayuda de elementos de la guardia nacional que comulgaban con su causa.

“Me felicitaban y [se sentían] tan conmigo, a favor mío”, manifestó Solano.

Las fuerzas armadas padecen la misma escasez de alimentos y medicamentos que otros venezolanos, afirmó Solano. La oposición ha usado reiteradamente este argumento para tratar de convencer a los soldados de unirse a su causa.

Un elemento de la Guardia Nacional Bolivariana gana al mes 2000 bolívares, pero un kilogramo de carne cuesta 8000 bolívares y un cartón de huevos, 9000 bolívares, comentó Solano, para explicar cómo la inflación devastadora del país ha acabado con el poder adquisitivo de tantos venezolanos.

“Entonces, dígame usted, ¿cómo se alimenta, cómo alimenta a su familia?”, preguntó. “¿Cómo se compra cosas para vivir?”.

Solano manifestó que su escape había tenido consecuencias para su familia. Agentes de inteligencia militar tomaron bajo custodia a sus hijos —de 4, 6 y 17 años— junto con otros dos familiares. La organización de derechos humanos venezolana Foro Penal confirmó que se los habían llevado; lo llamó “secuestro”.

Solano declaró que no ha podido comunicarse con sus familiares desde que el ejército los desapareció, pero que alguien dentro de la agencia de inteligencia le había dicho que algunos de ellos habían sido violados y torturados en custodia.

Manifestó que ese trato a su familia tiene el objetivo de obligarlo a entregarse.

Solano ahora está desempleado, vive en un domicilio provisional en Cúcuta y no tiene certeza de qué hará después. Hace poco, visitó las instalaciones de una agencia de refugiados de las Naciones Unidas de esa ciudad, llenó la documentación de registro y explicó que había huido por razones políticas.

“¿Por qué cambió de opinión sobre Maduro?”, preguntó el empleado.

“Pues debido a la crisis”, contestó Solano. “Mis ideas comenzaron a cambiar porque vi demasiadas injusticias y torturas”.

Rick Gladstone colaboró con este reportaje desde Nueva York y Albinson Linares, desde Cúcuta, Colombia.

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