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26 de marzo 2024 - 5:00hs

Que un cine de la memoria esté impulsado por la falta de memoria parece ser algo contradictorio pero, en más de un sentido, eso delimita a la obra de la cineasta chilena Dominga Sotomayor. Incluso ella misma lo define así: un cine que está movido por la búsqueda de los recuerdos de los recuerdos, de esa ficción que nos creamos para llenar el espacio del mundo que dejamos atrás.

Con De jueves a domingo (2012), Sotomayor (39 años) se convirtió rápidamente en una de las voces más atendibles del cine trasandino, en un momento además en el que las películas de ese país encontraban eco internacional como pocas veces en su historia. Varios años después, en 2018, Sotomayor consolidó su tono en Tarde para morir joven, un título que formó parte del catálogo del Festival de Cinemateca de aquel año y que terminó de imponer su nombre. Curiosamente, Sotomayor pasó por Uruguay al mismo tiempo en que la última edición de ese evento largaba sus primeras fechas, pero no para formar parte de él, sino a raíz de una convocatoria de la Sala Zitarrosa y un encuentro en el marco de su Ciclo de Realizadoras que se celebró el pasado jueves, y que además de su charla incluyó una proyección de Tarde para morir joven. Una película que, otra vez, la puso a hablar sobre ese espacio al que, por el momento, le ha dedicado su obra: la reconstrucción de una historia fragmentaria hecha a partir de pedazos de la memoria.

“El primer impulso que me llevó al cine tiene que ver con la falta de memoria. Siento que cada vez que quiero hacer algo, ese algo se está borrando. Y el cine tiene esa cualidad física de evitar que algo se borre", dice Sotomayor a El Observador algunas horas antes de que, sobre una Montevideo de la que todavía no vio mucho, se desate una tormenta y su consiguiente alerta roja.

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"Es bonito el trabajo con la memoria, porque es un trabajo sobre la ficción. Porque ¿qué es la memoria? Un recuerdo de un recuerdo muy manipulado, que uno edita, y siento que estas películas que tienen elementos de un recuerdo son puestas en escena de esa memoria. Me emociona mucho eso del cine en general: cuando veo una película chilena de los años 70 y veo que captura una ciudad que ya no existe, una manera de hablar que ya no existe, siento que hay algo patrimonial que me parece muy alucinante”.

“Cómo se estructura la memoria también es algo que me parece interesante”, agrega la directora, y luego pone un ejemplo: su primera película, De jueves a domingo, no es un relato que funcione a partir de la causa y efecto, sino que trabaja a partir de “postales inconexas que de alguna manera se suman y aportan un estado general” de las cosas, en este caso de una familia que se está desintegrando, algo de que los niños son testigos en un largo viaje que ocupa toda la película. Esa película, actualmente, se puede ver en la plataforma de streaming Mubi.

“Me interesa esa colección de momentos aparentemente insignificantes que tienen capas, y que relacionados con otros se empiezan a conectar, a narrar, a ganar sentido, más que a retratar un tema o contar una historia. Siento que el cine tiene un poder mucho más misterioso y poderoso a través de las imágenes y el sonido, que excede a contar una historia. Creo que es hasta un buen síntoma cuando uno no sabe cómo explicar una película que quiere hacer”, dice.

Además de esas dos películas mencionadas, Sotomayor también incluye en su obra el mediometraje Mar y dos cortos fundamentales para su consolidación en la escena internacional de los últimos años: el que filmó para la antología The year of the everlasting storm y Correspondencia.

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El primero es un proyecto encabezado por el cineasta iraní Jafar Panahi, y que incluyó los trabajos de directores como Laura Poitras, David Lowery y Apichatpong Weerasethakul, entre otros. El segundo, un cortometraje que se compone de pequeñas piezas que la catalana Carla Simón —Verano 1993, Alcarrás— y ella se enviaron durante un tiempo a impulsos de la Televisión Española.

En esta última producción, Sotomayor ingresa de manera más explícita en territorio político, con retazos de lo que fue el estallido social chileno en 2019, y alejándose de una forma de filmar que prefiere dejar la política fuera de campo. Aunque sea central en títulos como Tarde para morir joven.

Tarde para morir joven se supone que es una película sobre la vuelta de la democracia en Chile y eso nunca se nombra, y es algo deliberado. Quizás la política esté más en mi pensamiento a la hora de planear las películas que en las películas mismas”, asegura.

Por otro lado, y quizás porque desde Chile las películas que generan mayores estridencias internacionales últimamente están cruzadas por una línea política clara —con los ejemplos de El Conde o La memoria infinita como casos muy frescos—, la expectativa externa suele ir por esos carriles. Sotomayor, sin embargo, prefiere esquivar ese preconcepto.

Me gusta plantearme en la ausencia, y eso también es política. Hay algo rebelde en mi personalidad de no querer hacer lo que la gente espera ver, pero tampoco lo pienso mucho. Mi generación es una en la que nadie quería hablar de política. Mis padres nunca más nombraron a Pinochet, no me tocó ser una generación que tuvo que salir a las calles, no me crie en ese entorno, entonces me parecía coherente que ese tema fuera invisible en Tarde para morir joven, por ejemplo”.

Si bien la cineasta chilena ya tiene un proyecto escrito que buscará comenzar a rodar, y que se titula Niebla, por el momento sus preocupaciones creativas están abocadas a una circunstancia inédita: por primera vez está trabajando con material ajeno.

Sotomayor se encuentra trabajando una adaptación literaria junto a la guionista uruguaya Inés Bortagaray, y lo curioso es que ambas están unidas por una primera obra que se refleja en la de la otra, y que conocieron mucho después de su concepción. Porque De jueves a domingo tiene ecos de Prontos, listos, ya, la primera novela de Bortagaray, y viceversa. A la chilena le alcanzó la novela Bárbara Álvarez, directora de fotografía uruguaya que trabajó en su debut, y no lo pudo creer.

Hoy, trabajando codo a codo con Bortagaray, entiende que esa similitud tiene sentido: sus sensibilidades se conectan y trabajan en sinergia.

“Hacer una adaptación es raro. Ha sido como una transición. Me gusta igual. Me siento con una libertad para apropiarse del material y que el resultado no sea algo tan personal. Por otro lado, me sirve para cuestionarme qué es lo personal. Me siento tan cercana a esto que estamos escribiendo que es como si fuese algo mío. Me parece lindo vincularme emocional y personalmente a algo que no era esencialmente una idea original. Siempre he tenido esta experiencia de dirigir y escribir sola, así que encuentro muy lindo empezar a colaborar. Y es un desafío hacer una película viva de algo que ya está retratado”.

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