Seisgrados > ENTREVISTA: Emma Sanguinetti

El arte de contemplar

Abogada, escritora, docente y, ante todo, divulgadora, esta outsider de las artes supo hacerse su lugar en el medio a base de disciplina, paciencia y mucho estudio. Sus charlas y cursos demuestran que reflexionar sobre el arte es una práctica que nunca quedará obsoleta

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08 de julio de 2015 a las 05:00

Por Andrea Sallé Onetto

La primera vez que vi a Emma fue en 2010, en un evento de una marca de té que ofrecía una serie de charlas sobre la inspiración. No recuerdo exactamente de qué trataba su charla, pero sí que fue una de las que me llamó la atención. Me quedó grabada su imagen, su cabellera voluminosa y enrulada y su naturalidad. La segunda vez que vi a Emma fue para esta entrevista en su estudio: un apartamento lleno de luz y paredes blancas, repleto de libros y cuadros. Sus rulos seguían en el mismo lugar, denotando una personalidad fuerte y una energía imparable. La segunda vez que vi a Emma, me convencí de que es posible vivir de lo que a uno le gusta si realmente se lo propone.

Entre hojas y lienzos

"Lo primero que recuerdo de mi infancia es que fue feliz", cuenta Emma, quien admite que de niña era muy introvertida y tranquila. Su hermano mayor y sus dos primos fueron sus primeros compañeros de juego, hasta que con los años formó su propio grupo de amigos y salió a la luz la joven extrovertida que es ahora. Alumna del colegio Elbio Fernández desde la escuela hasta el bachillerato —institución que dejó marcado a fuego el concepto de laicidad en su vida—, nunca fue a clases extracurriculares vinculadas a las artes visuales, pero sí hizo muchos años de ballet. Afirma que siempre le fascinó la capacidad de comunicación del arte y no la creación artística. "Nunca quise ser artista, nunca quise pintar o esculpir. Lo que siempre me interesó fue la disciplina académica de la historia del arte. Ese entablar una relación con la obra de arte a nivel histórico, objetivo y de información". Repleta de libros y pinturas, algunas incluso de artistas amigos de la familia, su casa era la gran fuente de inspiración y de motivación. Pasaba sus horas libres contemplando los cuadros y tratando de descifrar los mensajes que estos transmitían. "Empecé a tener esta empatía con la pintura desde muy chica. Libro o fascículo que caía con imágenes me lo devoraba. Mis padres jugaron un papel muy importante porque vieron mi interés y lo estimularon; me decían qué leer, me compraban las biografías de los artistas y yo me iba metiendo dentro de ese mundo".

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A los 18 años ya tenía claro que su vocación era la historia del arte, pero era algo imposible de estudiar en Uruguay. En el momento de decidir su futuro académico, el país todavía se encontraba bajo el régimen militar, por lo que Bellas Artes y parte de las cátedras de Humanidades estaban cerradas, así que decidió ir por lo seguro: la abogacía. "Uno tiene que tener una profesión, un oficio, tiene que saber hacer algo —lo que sea— porque hay que ganarse la vida". Pero no poder trabajar en lo que realmente le gustaba no la desalentó, por el contrario, la ayudó a generarse los espacios para desarrollar su pasión. Trabajó muchos años en la Defensoría Pública de Familia y asegura que la labor abarcaba más que llevar adelante un juicio: "Terminás siendo psicólogo, asistente social, oreja". ¿Volverías a ejercer? "¡Ni loca! No, no", responde, como si la sola idea fuera descabellada.

El gran salto

Le llevó un tiempo invertir la ecuación en el ámbito laboral y pasar del mundo seguro de la abogacía al mundo inestable de la divulgación del arte. Al principio y lentamente, fue sumando pequeñas "changuitas" vinculadas al arte —como escribir textos para exposiciones de amigos— hasta que finalmente tuvo que tomar la decisión definitiva. "No fue una decisión fácil, fue muy compleja porque yo estaba divorciada, tenía dos hijos chiquitos que mantener; y me planteaba: '¿voy a hacer esto por mi vocación? ¿Hasta dónde no hay una cuota de egoísmo? ¿Hasta dónde no estoy arriesgando el bienestar de mis hijos?'". Pero la decisión fue la correcta y de a poco todo se fue acomodando en su vida.

Su primer gran trabajo de gestión fue el proyecto Puerto Contento, que llevó adelante durante tres años junto a la Fundación Buquebus y que le valió en 2000 el premio Morosoli al Mejor Proyecto Cultural del Año. En 2003, junto a la editorial Santillana, incursionó en los libros de texto infantil, creando la primera colección nacional para educación primaria sobre pintores uruguayos compuesta por cinco títulos: Petrona Viera, Pedro Figari, Juan Manuel Blanes, Rafael Barradas y Joaquín Torres García. Pero los textos pensados para niños también eran fuente de conocimiento para los adultos, así que allí encontró otro hueco que llenar. En 2005 se animó a dictar cursos para adultos, actividad que continúa haciendo con gran éxito y que ocupa la mayor parte de su tiempo. "No trato de enseñar historia del arte —esa es una disciplina muy compleja—, lo que sí hago es contar historias. Tomo un pintor, una obra de arte, un período o una ciudad y construyo una historia. Por supuesto, dentro de esa historia hay conceptos complejos y difíciles que trasladados al sabor y a la magia del relato pierden la aridez de lo académico o de lo aburrido". A partir de los cursos comenzaron a surgirle charlas y conferencias y, como una bola de nieve incontrolable, su actividad de divulgación sigue sin frenos.

Aprender a ver

Siempre estuvo abocada a la divulgación y no a la crítica de arte, profesión de la que reniega para sí, aunque considera que el papel del crítico y del investigador de arte debe seguir existiendo. Considera que ese mundo restringido que habla en términos difíciles —como sucede en otras profesiones— hace que la gente que está por fuera se sienta incómoda y excluida del ámbito artístico. "Por eso escogí la divulgación, a la que nadie se dedica. Le hablo al 90% de la población que no sabe nada de arte y que no tiene por qué saber", y en su voz se nota la sinceridad de sus palabras. "Le quiero hablar a la gente que no ha tenido la oportunidad de estar cerca de esos conceptos, porque el arte es un mundo maravilloso. El arte no te va a cambiar la vida, pero sí te puede ayudar a mirarla desde otro ángulo. Te enriquece, te da paz". Y agrega: "La historia te puede enseñar muchas cosas, quizá muchas más que un libro de autoayuda, porque la historia son vidas vividas, son vidas sufridas".

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Consciente de que hay más espectadores que artistas, siente el deber de acercar de algún modo fácil y sencillo las herramientas necesarias para decodificar un mundo en imágenes, "porque el arte te enseña a entender que mirar no es ver". Para Emma, ver es comprender, es ir más allá de la imagen y entrar en otra dimensión. Y siendo las imágenes elementos que nos bombardean desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, considera que es fundamental que todos entendamos cómo se entabla esa comunicación para comprender el mundo que nos rodea. "Cualquier niño, niña o adolescente que pueda relacionarse comunicacionalmente con una imagen de modo adecuado va a ser necesariamente alguien más inteligente, más agudo, más sensible, y solo eso ya le va a hacer la diferencia".

Autodidacta empedernida

A sabiendas de que en esta época el título universitario ya no alcanza y que las universidades funcionan como grandes corporaciones, reivindica estudiar por cuenta propia.
Si bien estudió Historia del Arte en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, porque quería formalizar lo que venía haciendo como amateur, a los dos años se dio cuenta de que todo lo que le enseñaban ya lo sabía y que los programas de estudio que se armaba para sí misma eran mejores que los que le proponían.

"El autodidacta está todo el tiempo obligándose a saber un poquito más. No se trata de preparar exámenes, es uno el que se impone la obligación del conocimiento y la disciplina". ¿Cómo son tus días en esta vida de autodidacta? "Soy un ser tremendamente rutinario y disciplinado. Si no sos así es imposible compatibilizar el constante ejercicio del conocimiento con el trabajo y la vida diaria. Mi agenda es una especie de gran esquema en donde tengo bloques fijos y otros movibles en los que meto todo aquello que estoy produciendo. Tengo horas de lectura fijas, porque no solo tengo la obligación de leer, sino que amo hacerlo". Sus días se dividen entre las clases, su columna en radio Sarandí, su blog, un proyecto editorial, talleres para niños, charlas y conferencias y "también tengo vida", agrega entre risas. Madre de dos hijos, una de 23 años y uno de 19, confiesa que si bien recibe un poco de ayuda en las tareas del hogar, siempre cumplió con "los deberes propios del sexo como se decía antes", a lo que expresa como en un aparte: "¡Qué horror!".

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La interna

Hija de dos referentes de la cultura uruguaya: el expresidente Julio María Sanguinetti y la historiadora Marta Canessa, Emma confiesa que en los últimos años ha podido disfrutar más de sus padres, sobre todo desde que su padre se alejó de la actividad política partidaria. "No somos una familia académica ni intelectual, vivimos sumergidos en cuadros y libros pero hablamos de fútbol. La verdad es que es la otra gran pasión familiar". Fanáticos de Peñarol, en su momento supieron ir todos en familia a verlo jugar. ¿Tus hijos también son de Peñarol? "Sí, sí. Políticamente se puede tener cualquier idea y cualquier visión, en lo único que no se tranza es en el cuadro de fútbol. Es una religión para nosotros. Yo veo la camiseta de Peñarol y me emociono. Los veo salir de amarillo y negro y me palpita el corazón. Eso es fe, no tiene una explicación racional", cuenta esta laica acérrima sobre su única religión.

Motivada por diferentes razones, más de una vez pasó por su cabeza la idea de irse a vivir al exterior. En su juventud, la causa era el apellido que recaía sobre sus hombros y el peso de la figura de su padre: "Me costaba muchísimo que la gente me viera a mí y no 'a la hija de'. No quería que vieran mi pensamiento como un desgajamiento del de mi padre, o mejor dicho, como 'es lo que piensa el padre'. A la gente le llamaba la atención si yo tenía una posición distinta en algo. Pero perdón..., ¡yo soy yo!". La única posibilidad que veía para volver a ser un ser anónimo era yéndose a otro lugar donde nadie conociera a su padre. Pero el viaje no se concretó y volvió a resurgir como proyecto en otras dos oportunidades: para proyectarse profesionalmente y para profundizar sus estudios académicos. Sin embargo, otra vez tuvo que posponer sus planes. Con una familia a cargo y una rutina de clases que dictar, le era muy difícil irse por períodos prolongados. De todos modos, cada tanto realiza algún viaje para ver en vivo y en directo las obras que tanto conoce por los libros. "Viajo muchísimo menos de lo que la gente se imagina. Lo que pasa que leo mucho y leer es una forma distinta de viajar. Tengo muchos más viajes intelectuales que reales". Y cuenta que cuando vio por primera vez en 2006 el cuadro La ronda nocturna de Rembrandt, en Holanda, se puso a llorar de la emoción.

Vivir en el exterior y otras tantas cosas que aún quiere hacer en su vida no las ve como cuentas pendientes o debes, sino como riquezas. "Es imposible concretar todo lo que uno quiere hacer. Los grandes pintores nunca pudieron pintar el cuadro que quisieron pintar, porque vivían en un tiempo en donde el arte no era libre y pintaban lo que les encargaban otros. Entonces, ¿cómo nos vamos a sentir mal nosotros?".

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Jugando con la subjetividad

En febrero de este año se animó a experimentar con su lado más subjetivo y abrió un blog llamado Confesiones de una adicta al arte, en donde deja entrever sus sentimientos y sus gustos. En él cuenta, por ejemplo, que, si pudiera viajar en el tiempo siendo una mosca, se iría sin pensarlo al Renacimiento italiano. Detalla cómo sería ese paseo por los recovecos de la Florencia del siglo XV, la de los Medici, Da Vinci, Miguel Ángel y Boticelli.
El experimento de abrir un blog no fue fortuito, la idea era probar cómo funcionaría un material escrito dirigido al público adulto, ya que la editorial Penguin Random House le propuso embarcarse en un proyecto para ese público. El libro que está preparando —del cual no me dio muchos adelantos— saldrá a mediados del año próximo.

Gente hay

"Creo que la gente no va a los museos o a las exposiciones por varios motivos. En primer lugar, porque hay una gran desconexión desde el punto de vista institucional entre los museos y el espectador; y no creo que eso se arregle con tonterías de gestión como hacer una bicicleteada o un recital en la puerta del museo. Segundo problema: el medio artístico, que tiende a ser un círculo endémico. Son siempre los mismos y no quieren que entre nadie. Hay que romper con eso. Y en tercer lugar, las expresiones artísticas del arte contemporáneo, en general, no ayudan mucho, porque el arte conceptual —que es básicamente la gran corriente que hay hoy— es un arte que requiere un conocimiento previo para comprender de qué viene la muestra". Sin embargo, su visión es positiva y está convencida de que, cuando se ofrece algo bueno y puntual, "sale gente de debajo de las piedras" para ir a verlo, y pone como ejemplo la muestra realizada en el Museo Nacional de Artes Visuales a principios de 2015 sobre el pintor uruguayo Carlos Federico Sáez. "Eso quiere decir que a pesar de todos las contras a la gente le interesa". El éxito de convocatoria de sus cursos es otro ejemplo de eso: tiene más de 200 alumnos cursando y unos 380 en lista de espera.

Tesoros

No es coleccionista, pero su casa y su estudio están llenos de cuadros, en su mayoría, regalos de artistas, de familiares y amigos. Desde que es niña tiene un pacto con su padre: el regalo de cada cumpleaños debe ser una pintura, así que, con sus 50 años, ya tiene en su haber un conjunto de obras interesantes. El afán coleccionista sí lo tiene por los libros. "No puedo fotocopiar un libro y me cuesta leer libros prestados. El objeto libro para mí tiene una fascinación que es pura magia". Libros de arte, historia y literatura ocupan gran parte de su estudio y de su casa. Y, como si fuera poco, ya sabe que parte de la gran biblioteca de sus padres va a ser suya cuando ellos falten. "Afortunadamente mis padres han hecho un testamento en vida para que no nos arranquemos los ojos con mi hermano (risas), entonces la biblioteca política irá para él y la histórica, sociológica y artística vendrá para mí. Así que por suerte está todo resuelto".

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