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El círculo perfecto de la violencia: el miedo a otros que nos convierte en violentos

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15 de febrero de 2020 a las 05:02

"¿Quieres que lo mate?, me dijo. Ya no sé en qué mundo estoy. Por un momento lo pensé. Qué locura. Pero recordé que le había prometido a Dios que lo haría correctamente. Qué lo haría bien”. El farmacéutico es la nueva docuserie de Netflix, en la que se aborda –con el punto de partida de un hombre, su familia y su comunidad– el letal impacto de los opiáceos, drogas poderosas que comenzaron a comercializarse masivamente hace pocos más de 20 años como medicamentos para combatir el dolor. Terminaron matando a miles –más de 130 personas por día solo en Estados Unidos– y generaron una epidemia ahora incontrolable, en buena parte porque las compañías productoras olvidaron comunicar que eran altamente adictivos.

El farmacéutico es un hombre común y corriente que vive en una pequeña localidad de EEUU. Un hombre como tantos que viven en cualquier punto de Uruguay. En su vida nunca pasó nada demasiado extraordinario: esposa, dos hijos, trabajo. Todo cambió en un segundo cuando su hijo mayor fue asesinado, en medio de una transacción para comprar drogas. El farmacéutico pensó que moriría de dolor pero, ante la lentitud y hasta la sorna de los policías que debían investigar la causa, comenzó él mismo a hacerlo.

Por más detalles miren la serie; por ahora solo hace falta saber que el farmacéutico descubrió quién era el asesino de su hijo a través de otros dealers de droga. En ese momento, luego de meses de angustia en los que lo único que lo había mantenido en pie era la obsesión de hacer justicia, el hombre se enfrentó con el que seguramente era su miedo más grande: la violencia de uno mismo.

¿Qué pasaría si mataran a tu hijo e identificaras, por tus propios medios, a su asesino? En ese tironeo de sentimientos desgarradores, ¿primaría lo correcto o gobernaría lo primitivo? Como el farmacéutico, todos tenemos mucho miedo a muchas cosas, sobre todo a que nos arranquen de un tirón a nuestros seres queridos. Y como él, todos tenemos un miedo que deriva directamente de una de nuestras características ancestrales, la violencia – en este caso tornada en venganza– ejercida por mano propia o por mano ajena mercenaria.

No es necesario llegar a situaciones tan extremas como la que dan comienzo a este documental para identificar la violencia en nosotros mismos, la gente “común y corriente”. En buena parte la dispara el miedo a otros y, en particular, el miedo a la violencia que otros pueden ejercer sobre nosotros y nuestros seres queridos. Los datos oficiales, los discursos políticos y lo que nos pasa todos los días a nosotros, a nuestros hijos o a nuestros vecinos, prueban que el miedo tiene una razón constante y sonante de ser. La delincuencia sigue aumentando a pesar de todas las medidas que efectivamente se han ensayado. Abundan las cifras pero quedémonos con una sola: las rapiñas se multiplicaron por 10 en la última década.

A la par de estos índices también aumenta la violencia –o los deseos de violencia, confesados o no– de quienes nunca cometimos un delito en nuestra vida. Y siempre, pero siempre, la violencia de los “comunes” se desborda en la de los delincuentes o en quienes están a punto de convertirse en delincuentes. Y viceversa. Si hay un círculo vicioso que siempre cierra perfectamente es este: te roban (en el mejor de los casos) y te generan miedo, a veces deseos de venganza y a veces odios descontrolados. Luego llegan las reacciones. Estas suelen ser la manifestación más patente y triste de una sociedad que pierde el control para autorregularse. Algunos síntomas de esta pérdida de rumbo son los que hemos visto en los últimos meses, desde un shopping de Paysandú hasta un policía muerto de un disparo en la cabeza.

Así parece engañosamente adquirir legitimidad el argumento que he escuchado y leído repetidamente: ¿querés que nos maten? ¿querés que nos quedemos de manos cruzados? Como en el caso del farmacéutico, lo que ha decepcionado a tantas personas -y las ha dejado sin esperanza, para uno y para otro lado- es la incapacidad del sistema de regular estas situaciones. La policía está desbordada (y a veces asustada, a raíz de los últimos asesinatos de efectivos), las instituciones no dan abasto, las cárceles son escuelas perfectas para reproducir la delincuencia, y muchas familias y escuelas de este país no logran convertirse en refugios de tantas personas que eligen el robo, la venta de droga y el asesinato como forma de vida.

En diciembre un hombre que había intentado robar una moto fue atrapado por dos guardias de seguridad y un cabo del Ejército en el shopping de Paysandú. Murió asfixiado por la maniobra de contención que aplicó uno de los guardias, mientras el hombre gritaba “Aire, aire”. Todo esto lo sabemos porque hay un video en el que este horror se ve, se escucha, casi que se siente. Me pregunto qué pasó por la mente de quien filmó el video o por la de las muchas personas que caminaban mirando de reojo una situación de extrema violencia de la que nadie querría ser testigo. ¿Miedo? ¿Se lo merece? ¿Que le den por chorro? ¿Se va a morir? ¿Debo intervenir?

En estos días, con el proyecto de ley de urgencia en pleno escrutinio, volvió a hablarse mucho de la legítima defensa, una figura que existe desde que el hombre es hombre y que está regida por la ley para casos aparentemente muy claros, pero que luego en los hechos casi nunca lo son. Los uruguayos tenemos derecho a la legítima defensa, pero nuestro deseo más ferviente debería ser que jamás debamos utilizarla. Y que si nos toca enfrentarnos a una de esas situaciones límite, podamos –en ese maremoto de miedo y violencia que se despierta cuando alguien nos ataca– ser capaces de controlar los instintos más básicos que nos llevan a matar antes que morir.

No estoy hablando aquí de dejar crecer la delincuencia, de hacer la vista gorda cuando nos roban una vez y otra al de al lado, de ser transeúntes ignorantes mientras que linchan a un cuidacoches o curten a patadas a algún chiquilín a la salida de un baile. Hablo de los límites que nadie establece para la legítima defensa y que solo dependen de cada una de nuestras conciencias. Difícil sí, dificílisimo. Por el bien de nuestra sociedad, ojalá que no imposible.

Todos construimos o destruimos esa conciencia cuando hablamos en la cena familiar, cuando gritamos envalentonados en el asado con amigos o cuando opinamos en redes sociales. Hace pocos días escribió en Twitter el escritor y publicista Claudio Invernizzi:

Cuando todavía resonaba el grito de “aire” del hombre de Paysandú y antes de que la Justicia decidiera el procesamiento de dos personas por ese caso, vi demasiados gritos violentos, casi siempre buscando culpables, casi siempre con algún tinte político. Cada vez que leía uno de esos gritos traducido en un tuit pensaba que solo sumaba más violencia.

Julio Trostchansky, expresidente del Sindicato Médico del Uruguay, escribió: 

Gerardo Sotelo, integrante del Partido Independiente, posteó: 

En algún momento de esta escalada que no tiene un solo culpable pero sí mucho hedor a desintegración social, cada uno de nosotros deberá aceptar su responsabilidad y fijar sus propios límites. No es fácil. Yo no se como hacerlo, a pesar de que he tomado varias decisiones que me alejan lo más posible de cualquier tentación de esa violencia fuera de control, si me tocara –de nuevo– enfrentarme a un robo o a un copamiento.

La semana pasada quedé de encontrarme con alguien en un café que queda a dos cuadras de mi casa. Decidí dejar primero el auto en casa y caminar, porque en los últimos seis meses me rompieron dos veces el vidrio. En el camino pensaba, con algo de miedo, que todas esas precauciones no servirían de nada si de cualquier esquina salía un delincuente, me encañonaba y –con suerte– me robaba la cartera y con mala suerte– me lastimaba o mataba.

Mientras que toda esa película se proyectaba en mi mente y me llenaba involuntariamente el cuerpo de adrenalina, pensé en escribir todo esto. Sobre el miedo y la reacción, sobre la delincuencia y la violencia de “ellos” y de “nosotros”. Si los que no somos delincuentes elegimos ese camino, el círculo virtuoso del horror se cerrará indefectiblemente. Y en el medio perderemos la paz, la fe y a veces la vida, ellos y nosotros, nosotros y ellos.

Este vórtice de violencia chupa al ladrón de Paysandú y al que intentó entrar a robar en una casa de Ciudad de la Costa y fue muerto por sus propietarios (luego procesados) de un golpe en la tráquea. Pero también se traga a los guardias de seguridad y al cabo de Paysandú, y al productor rural que intentó proteger sus animales y bolsas de papa con una cerca eléctrica mal instalada por él mismo (también procesado). Y al chiquilín de 15 años que murió electrocutado. Y al ciudacoches linchado que apareció muerto en Pando, todavía no sabe cómo ni por qué. Y a los 78 policías que fueron víctimas de delitos en lo que va de 2020. Y a los que fueron testigos de todo esto y a los que gritaron en redes. Y a todos nosotros.

No hay ley ni reglamento que pueda contemplar las infinitas facetas de la violencia. Pero cada uno de nosotros puede intentar al menos controlar la propia.

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