En las horas previas al estreno del final de Game of Thrones, sentí que lo importante no era quién se quedara con el trono, quién muriera o quién ganara. En una especie de adaptación del lema “el camino es la recompensa”, lo relevante no era la conclusión en sí, sino que el fenómeno de la cultura pop más importante de los últimos tiempos (quizá los Avengers de Marvel en el cine son los únicos que pueden disputar esa afirmación) se despedía. Era imposible pensar un final que dejara a todos conformes, y debe ser complejo darle un final a una historia adaptada que aún no tiene un final oficial. Entonces, aunque compré algunas de las conclusiones, otras molestaron y otras se sintieron como sorpresas que fueron hechas por el mero hecho de ser inesperadas, lo que sentí mientras Jon y los salvajes volvían al otro lado del muro fue gratitud. No fue el mejor final, pero fue el final. Ahora hay que dejarlo madurar. Parafraseando a Tyrion, “te digo en diez años”.
Ya desde la primera escena se notaba que estábamos a 80 minutos del final. Había que resolver demasiado en poco tiempo y se notó. En algunas definiciones el tiempo jugó a favor y en otras hubo que correrlo de atrás. Si tengo que rescatar dos o tres momentos me quedo, primero, con esa imagen de Drogon quemando el Trono de Hierro. Era un elemento que ya estaba demasiado contaminado como para formar parte de la nueva era de Westeros. Después, la escena final en King's Landing en la que nuevo consejo real –con un Tyrion muy bien logrado a la cabeza– comienza a discutir nuevos rumbos y fue un guiño nostálgico a las primeras temporadas de la serie. Y por último el cierre que tuvieron los hermanos Stark, cada uno con su destino marcado a fuego y sangre y demostrando que, si la manada se mantiene unida, sobrevive. No tengo nada para reclamarle a Game of Thrones. Fueron ocho temporadas con identidad y ritmo propio que compusieron una historia que hoy, pocas horas después de su final, ya es un clásico de la televisión. Una de esas series que, en 20 o 30 años, vamos a seguir celebrando por su universalidad. Pero, por ahora, su guardia ha terminado. Dejémosla descansar.
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Y al final, somos lo que somos. Y no hay vueltas, trampas o mentiras que logren ocultar eso: somos lo que somos. El final de Game of Thrones seguramente no dejó a nadie con la boca abierta pero, ¿debía hacerlo? Los fanáticos han protestado demasiado en estas últimas semanas. Pero no era necesario. Fueron ocho años de un cuento maravilloso, con tantos clímax y sorpresas como la imaginación nos permitía. Ocho años de batallas, de bodas rojas, de queridos personajes borrados de un plumazo. Era hora de poner la casa en orden, al menos por un rato.
La escena final en la que Tyrion discute con sus ministros el futuro de los seis reinos basado en dos prioridades, naves o prostíbulos, es la vida misma. Cambian los nombres, cambian los tiempos, el hombre no cambia tanto.
Y al mismo tiempo siempre hay esperanza. “¿Por qué crees que vine hasta aquí?”, dice Bran cuando le preguntan si acepta ser rey. Es el personaje que simboliza la inocencia más pura y a su vez la claridad de pensamiento. Su hermana, Sansa, perdió la inocencia a fuerza de vejámenes y humillaciones pero se quedó con lo que siempre nació para ostentar: poder.
Cada uno de los personajes de GOT volvió al punto de partida.
Tyrion: El amor es más poderoso que la razón.
Jon: El amor es la muerte del deber.
Tyrion: A veces el deber es la muerte del amor.