Opinión > HECHO DE LA SEMANA / MIGUEL ARREGUI

Estación central: uno de nuestros templos convertido en basural

Algo de esperanza para uno de los más preciosos edificios del país

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25 de agosto de 2018 a las 05:00

Las estaciones de ferrocarril, que semejan templos de la Revolución Industrial, tienen una peculiar belleza y gran fuerza simbólica. En cierta forma, cada pueblo tiene la estación central que merece y lo define. Así, por ejemplo, los franceses hicieron el magnífico Musée d'Orsay en una vieja estación abandonada de París. Los uruguayos, mientras tanto, tenemos la nuestra convertida en asentamiento precario y basural.

Esa Estación Central uruguaya se levantó entre 1893 y 1897 como coronación, cuando el ferrocarril de capitales ingleses alcanzó su madurez.

Su diseñador, Luigi Andreoni, un ingeniero nacido en Vercelli, Italia, fue un personaje fabuloso. Concibió para Montevideo una constelación de obras de arte: el Club Uruguay de la calle Sarandí; el Hospital Italiano, en Tres Cruces; la casa Buxareo, actual sede de la Embajada de Francia, en el Centro; la casa Vaeza, ahora sede del Partido Nacional, frente a la plaza Constitución; el Banco Inglés, actual sede del BBVA, en 25 de Mayo y Zabala; y el Teatro Stella d'Italia, entre otras. Andreoni fue uno de los iniciadores de la empresa Salus, en Minas; pionero de la desecación de bañados en Rocha; profesor de matemática en la Escuela de la Marina Nacional; docente en la Universidad de la República; ingeniero jefe del ferrocarril; ingeniero jefe del puerto de Montevideo; ministro honorario del Consejo de Instrucción Secundaria; presidente vitalicio del Hospital Italiano.

En la Estación Central él combinó arquitectura utilitaria con eclecticismo historicista. Y diseñó una gran nave de andenes, para trenes y pasajeros, que cubría una luz (sin apoyos intermedios) de 47 metros de ancho por 120 metros de largo.

La nueva tecnología en estructuras de hierro, ampliamente utilizada en Europa para mercados, naves y depósitos, ya se conocía en Uruguay por el Mercado del Puerto, inaugurado en 1868, y el Mercado Central, de 1869. Pero la Estación Central era más amplia, más bonita y más luminosa gracias a sus techos que intercalaban chapas onduladas de zinc y vidrio armado.

Se buscó que la galería de acceso, sobre la calle La Paz, fuera sugestiva. Entre sus arcos de medio punto, asentados en columnas dóricas, se colocaron estatuas de cuatro personajes relacionados con el desarrollo del ferrocarril y la ciencia: James Watt, George Stephenson, Denis Papin y Alessandro Volta.
Los ferrocarriles fueron nacionalizados el 31 de enero de 1949. Se pagó por ellos una suma exorbitante, con una parte de la gran deuda que Gran Bretaña mantenía con Uruguay por aprovisionamientos durante la Segunda Guerra Mundial. Procesos muy parecidos ocurrieron en Argentina, Brasil y otros países latinoamericanos.

El ferrocarril pasó a la empresa pública AFE, que llegó a tener 11.000 funcionarios y decayó rápidamente: por mal gerenciamiento, baja calidad de servicios, falta de inversión y por la competencia de automóviles y camiones.

La estación pasó a llamarse José Artigas en 1955 y General Artigas en 1974.

El 31 de diciembre de 1987 se clausuraron los servicios ferroviarios de pasajeros, se cerraron varias líneas y estaciones y AFE se concentró en cargas pesadas: combustibles, piedra caliza, cemento portland, madera, arroz. La Estación Central quedó sin destino, aunque sirvió para reuniones, exposiciones y conciertos.

Una nueva estación de ferrocarriles, mucho más pequeña y funcional, fue inaugurada en 2003 cerca de la Torre de Antel, 500 metros al norte de la vieja estación, que dejó de funcionar en forma definitiva.

AFE vendió la vieja estación en 1998 al Banco Hipotecario, que creó la sociedad anónima Saduf (Sociedad Anónima Desarrollos Urbanísticos Fénix) para gestionar el inmueble en el marco del Plan Fénix, un proyecto urbanístico que pretendía reactivar la zona de la Aguada. El plan era convertir la estación central en un gran complejo cultural y comercial. En 2001, Saduf concedió el antiguo edificio a la firma privada Glenby SA por el plazo de 50 años.

Se construyeron algunos edificios en la Aguada en el marco del Plan Fénix. Pero todo el proyecto, una versión reducida del Puerto Madero bonaerense, quedó detenido por la crisis económica de 2002. El gobierno lo descartó definitivamente en mayo de 2005. Glenby SA inició un juicio al Estado y ganó algunas instancias, mientras el edificio decaía.

Ahora la justicia lo entregó al Estado en custodia, en espera del veredicto final. Eso no significará mucho. El Estado uruguayo tiene muchas cosas tiradas por ahí. Pero al menos renace la esperanza de que algún proyecto público bajo gestión privada devuelva el uso y el brillo a uno de los más bonitos edificios del país.

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