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Evo Morales: un golpe de Estado, perdón, de dados

Por no haber reconocido el veredicto de las urnas, el hoy ex presidente boliviano ha dejado al país en el caos social y político

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13 de noviembre de 2019 a las 05:00

Louis XVI (1754-1793) fue el último rey de Francia antes de la caída de la monarquía durante la Revolución Francesa. Por un tiempo que no fue mucho –de acuerdo a los parámetros de temporalidad de sus allegados– el monarca se vio venir su fin, intuyendo primero, y confirmando después, que había perdido el favor de los ciudadanos franceses. Hizo todo lo posible por mantenerse en el cargo, pero cuando el pueblo dice no, es no, incluso en tiempos pre-democracia moderna.

En la posdata de su reinado pasó de ser “Rey de Francia y de Navarra”, a convertirse en “Rey de los franceses”, denominación que le duró poco, apenas entre el 4 de septiembre de 1791 y el 21 de septiembre de 1792, fecha en que fue abolida la monarquía. Lo guillotinaron el 21 de enero de 1793, pasadas las 10 de la mañana.

Su última carta, en la que dice adiós a muchas cosas, tiene una extensión de 16 páginas tamaño cuartilla y está firmada “Louis”. La eliminación del “XVI” de nada le sirvió para salvar su vida. Por consiguiente, su última carta, cuya lectura recomiendo, es la última carta monárquica escrita en ese país en tiempos de monarquía absoluta.

En la historia latinoamericana ha habido unos cuantos gobernantes que se han creído reyes aunque carecieran de monarquía (aunque su séquito ha sido escandalosamente numeroso y tenido similar pomposidad): Juan Manuel de Rosas, Porfirio Díaz, Juan Domingo Perón, Fidel Castro, François Duvalier, Rafael Trujillo, Alfredo Stroessner, Anastasio Somoza, Augusto Pinochet, Nicolás Maduro, son parte de una lista que es mucho más larga y que difícilmente vaya a acabarse algún día, pues tal como la historia lo confirma, la infamia y la prepotencia siempre encuentran adeptos. A la hora del terror, la izquierda y la derecha unida son inseparables e insuperables.

El poder es la mayor de las adicciones humanas y la perpetuación en este es uno de los espejismos favoritos del ser humano, sobre todo de quienes viven en la extraña y amplia zona territorial denominada América Latina, donde los colmos parecen no tener fin. Por otra parte, la era de las ideologías ha hecho creer que tampoco es tan difícil el ejercicio de eufemismos que ayuden a justificar una especie de eterno sabático dictatorial en el poder. Los detestables tiempos del caudillismo siguen persistiendo en el aquí nomás a la vista, y mientras esa idea no sea abolida, nada cambiará para bien.

No se necesitaba ser semiólogo para darse cuenta a las primeras de cambio que en el lenguaje político de Evo Morales destacaba un engolamiento populista-monárquico (los sueños de los demagogos con ínfulas de poder eterno no han sido tan diferentes de los sueños de supremacía infinita de los reyes), que, al decir de hoy, resultaba casi todo el tiempo “infumable” para la inteligencia y para los buenos modales del raciocinio.

Es increíble, por no decir inconcebible, que ya casi en la tercera década del siglo XXI, tal como estamos, los discursos de índole populista sigan despertando entusiasmo y en algunos casos, fanatismo. Y falta de objetividad analítica, sobre todo. Tampoco en asuntos políticos la ética puede estar exenta de sentido común. Los mismos que organizan manifestaciones “por la defensa de la democracia” en Bolivia, mantienen un silencio cómplice respecto a la falta de democracia en Cuba, Nicaragua y Venezuela. Hasta cuándo ha de seguir prevaleciendo el “más amigo de la ideología que de la verdad”. ¡Son tantos los rubros de la vida colectiva en los cuales no hemos progresado nada y, por el contrario, hemos ido a la inversa, hacia tan atrás! Ha cambiado tanto el mundo sin la ayuda postiza de las ideologías, que es larguísima la lista de palabras –una de ellas progresismo, y todos los ‘anti’ utilizados que son figurita repetida en el manido repertorio– que ya suenan vacías, perimidas.

Lo mismo que su ídolo afín, Fidel Castro, Morales se creyó dueño del discurso de la verdad, suponiendo que el rebaño y los mandos militares seguirían mansamente acatando y aplaudiendo cada una de sus intervenciones de tono maquineo en las cuales los culpables siempre son y serán los otros. Sin embargo, en una muestra de aguda inteligencia cívica los bolivianos demostraron que no tragan vidrio ni los seduce –ya no más– la idea de que los males nacionales son producidos por el imperialismo sajón.  Puesto que estamos en 2019 y no en los tiempos de Louis XVI, la guillotina no fue necesaria para sacarlo del trono. Con las urnas bastó. Pero el rey no se quería ir. Fue su soberbia ante la decisión del supremo la que lo llevó a la soledad del poder, peor incluso que la del amor.

Morales hizo trampa, desconoció los mandatos de la legalidad, y cuando vio que en el golpe de dados el azar le había sido inesperadamente esquivo, argumentó que le habían dado un golpe de estado, concepto por cierto, que no se aplica a lo sucedido. La resistencia popular y el estado de ingobernabilidad vinieron de la calle estimulados por los actos de ilegitimidad del presidente. Entre el azar y la voluntad popular hay una diferencia enorme. Deberían saberlo quienes han opinado a la ligera sobre lo sucedido, supongo que para lucir políticamente correctos, de lo contrario, no habrían dicho que “lo de Bolivia fue un golpe de estado”.

En todo caso, quien intentó darlo fue Evo Morales buscando perpetuarse en el poder tras el veredicto adverso de los votantes, desconociendo en forma descarada la voluntad popular, la cual reaccionó incentivada además por reportes internacionales que señalaban irregularidades en el proceso electoral. Por lo visto, la alternancia en el poder es un concepto que algunos mandatarios latinoamericanos todavía desconocen. ¿O pudieron haberse equivocado 92 expertos de 24 nacionalidades al servicio de la Misión de Observación Electoral de la OEA, quienes llegaron a la conclusión de que “los principios de certeza, legalidad, transparencia, equidad, independencia e imparcialidad han sido vulnerados por distintas causas a lo largo de este proceso electoral” y que “la mejor opción es convocar a una segunda vuelta electoral”?

El escenario reluce por las evidencias que refracta: si las fuerzas armadas toman el poder, será un golpe de estado. Si Morales hubiera seguido en el poder, hubiera sido un golpe de estado. Solo un proceso electoral prístino liberará el escenario de sospechas y peligrosas paradojas que poco ayudan a entender los acontecimientos  que esta historia ha producido.

El vocablo “libre”, usado en nuestros días con escaso criterio, apareció en pancartas contra la permanencia de Morales en el poder. Uno de ellos decía, “Bolivia libre”. Si se hubiera quedado en su país, y se demuestra que hubo fraude, es probable que Morales habría dejado de estar libre. En la elección hubo irregularidades detectables, a la cuales se quiso maquillar ejerciendo otro gran eufemismo: decir que se había caído el sistema de cómputo cuando en verdad se había caído la izquierda.

Los ojos del mundo están sobre Bolivia, monitoreando el desenlace de la situación, cuyo preámbulo de engaño y megalomanía populista era insostenible. Con esa garantía internacional a su lado, Morales debería haber permanecido en su país y demostrar que hablar de fraude –o de irregularidades, según el vocabulario de observadores internacionales imparciales– es una patraña. Sería la única forma de hacerle entender a la inteligencia que el hoy ex presidente abandona el poder debido a un golpe de estado. De lo contrario, habrá que aceptar que el golpe ha sido auto infligido.

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