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Fernando Santullo

Espectáculos y Cultura > ENTREVISTA

Fernando Santullo y la vuelta del Peyote: "Querer copiarte a vos mismo 20 años atrás es medio triste"

El músico y periodista contó como se gestó el nuevo disco de Peyote Asesino, los cambios de la banda durante las dos últimas décadas, y habló sobre cómo ve el debate público en Uruguay

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22 de octubre de 2021 a las 05:00

Primera escena. Pilsen Rock, 2009. Peyote Asesino vuelve al escenario después de una pausa de diez años. Primer día de ensayo, pasan diez minutos. Todo enchufado, los músicos probando sus instrumentos. Pasan quince, veinte minutos. Nada. Hasta que llega la pregunta. “¿Cuál hacemos?”. La respuesta, “Denso”. El baterista, Pepe Canedo, cuenta cuatro, y arranca. Y estaba ahí. Peyote estaba ahí.

Segunda escena. Buenos Aires, 2016. Fernando Santullo abre un show de La Vela Puerca (donde toca Canedo) en el Luna Park, charlan, y deciden retomar donde lo dejaron, pero esta vez, componer canciones nuevas.

No fue sencillo, pero El Peyote Asesino volvió. Para sus integrantes fue un ejercicio de memoria cuyos resultados no eran tan obvios. “No fue tan fácil como juntarse y tocar, tuvimos que volver a hacer memoria de cómo era que se componían esas canciones”, recuerda Santullo. “Porque el Peyote siempre fue una banda atípica a la hora de componer, nunca compuso como una banda de rock típica en el sentido de zapar, tocar muchos riffs y al final elegís. Todo ese proceso era más de laboratorio, lo hacíamos casi siempre entre Juan Campodónico y yo, o Carlos Casacuberta y Juan”.

El Peyote Asesino lanza su nuevo disco el próximo 5 de noviembre

Los primeros intentos arrojaron dos canciones pero la banda sentía que “no era Peyote”. Volvieron al procedimiento viejo, y durante los siguientes años el grupo se dedicó a construir esas canciones, que terminaron desembocando en Serial, el tercer disco de Peyote, y el primero en veintitrés años, que saldrá el próximo 5 de noviembre. Antes de ese lanzamiento, la banda tocará el próximo 23 de octubre en La Trastienda, y ahí sonaran algunas de esas novedades. Los nuevos frutos de una banda que tuvo que reencontrarse a sí misma.

Sobre ese reencuentro, la nueva etapa de Peyote, pero también sobre su trabajo como periodista y sobre el debate público en la sociedad y en las redes, Santullo –que hace años dejó de ser L.Mental–, habló con El Observador.

¿Cómo fue componer de vuelta para Peyote, ponerse en ese estado mental después de tantos años?

Es gracioso, porque dentro del grupo soy el que escucha más rock y metal, entonces yo tenía el temor de qué iban a hacer Carlos y Juan cuando se pusieran a tocar con distorsión. Y creo que yo estaba subestimando las habilidades de mis compañeros, porque muy rápidamente encontraron un sonido de guitarra y un montón de cosas de la musicalidad de Peyote que logramos aggiornar, que cuando suena un riff en La tumba de los crá el sonido parece pero no es exactamente igual que el que usábamos en los 90. Yo siempre jodo que el Peyote es un estado de la mente, con Carlos nos ponemos a hacer las letras y nos salen cosas que no tiene nada que ver con lo que hace cada uno en sus discos solistas, porque ahí sos vos el que está hablando desde adentro. El Peyote es como un bicho que tiene una vida propia y que en su forma no coincide exactamente con lo que ninguno hace.

¿Cómo influyó lo que hizo cada uno de los integrantes durante estos años?

No podés desaprender cómo componés. Las canciones de este disco tienen algo menos caprichoso que las anteriores. Peyote tenía una cosa de recorte y pegue, que a veces era llevada al extremo. Ojo, en este disco también hay canciones que tienen un cambiazo de estilo, La tumba de los crá lo tiene. Peyote, en ese sentido, es un espacio de libertad artística para todos nosotros, y tiene un lenguaje que si se quiere es más industrial, salvo en momentos que se pone más mimoso, como Cable pelado o Es lo que hay. El resto del tiempo el Peyote tiene una cosa que es que no va para el lado de la calidez; va para el lado de la ruptura y el corte. 

Pasaron más de veinte años, y me imagino que ni ustedes son los mismos, ni la banda tampoco.

Sí, tal cual. Querer copiarte a vos mismo veinte años atrás es medio triste. Es como que no te hubiera pasado nada interesante en veinte años, y no tenés más remedio que ir a lo mismo. Que además también es terrible en el sentido de que te ponés a competir con vos mismo. Yo sé que el Terraja es un disco que fue muy importante en la vida de un montón de gente, y en ese sentido tampoco podés competir con los afectos de la gente. Entonces de entrada quedó descartado eso de "hagamos algo onda el Terraja", olvidémonos de eso y hagamos el disco que queremos hacer, sin considerar si se parece o no se parece, sí considerando que nos gustara a nosotros. Si el disco que estás haciendo no te copa a vos, difícilmente le cope a alguien más. Creo que esos años trascurridos también te permiten cierta sabiduría de decir 'no voy a meterme en el lío de querer copiarme, no voy a meterme en el lio de querer agradar a alguien', de salir desesperadamente a buscar un público que lo encontrarás o no, pero tenés más chance de encontrarlo cuando haces estrictamente algo que te gusta y que estás convencido de que querés hacerlo.

Pero hay cosas que se mantienen, como cierto humor.

El Peyote siempre tuvo un componente de autoparodia que era intencional desde el comienzo. Porque tanto el hip hop de aquel momento como el metal tienen a veces una cosa solemne, y en el Peyote no éramos ni los más metaleros ni los más raperos. Siempre hubo algo medio humorístico en las letras, que a veces no se entendía. Me preguntaban si escribiría de nuevo La concha, y la verdad es que no. Tampoco voy a dejar de tocar esa canción. Pero no te vas a proponer emular ni copiar, y lo mismo pasa en las letras, no tiene sentido. Pero el humor se mantiene. Igual, el humor de Peyote no siempre es claro a quién se dirige, o de qué hablan las letras. Con Es lo que hay la gente ahora, que tiene videoclip, puede decir "ah, es sobre esto", pero hasta que no salió ese video yo tampoco sabía exactamente de que hablaba la letra, y soy uno de los que la hice.

¿En qué ves la influencia del Peyote en la música uruguaya?

En un par de sentidos que no son necesariamente la música, sino más en la forma de encarar la música. Creo que el Peyote le hizo bien a mucha gente en el sentido de pensar "acá se pueden hacer discos que suenen pro, se puede intentar mover la música fuera de fronteras". Pero no sé si el Peyote dejó una marca estilística, entre otras cosas porque es difícil decir estilísticamente qué es Peyote. No sé si dejó mucha descendencia directa en términos de referencia musical, pero sí dejó una idea de cómo trabajar de forma distinta. De hecho, esas puertitas que Peyote empezó a abrir después fueron puertas muy amplias para No Te Va Gustar, La Vela. No estoy diciendo que ellos lo hicieron porque lo hicimos nosotros, sino que de alguna forma Peyote abrió unas ventanitas que después otra gente las vio y arrancó. Pero en lo musical, no. De hecho es un enigma: ¿cómo va a funcionar en el mundo digital una banda que es absolutamente analógica en cuanto a su forma de moverse y pensar?

¿Qué preceptos aplicas tanto al escribir música como en tu trabajo periodístico?

Hay un elemento en común, que es muy interior, y que es que de la misma manera que tratás de ser honesto en lo artístico, tenés que tratar de ser honesto en lo intelectual, no decir algo que sabes que está mal, no decir algo porque así quedás bien con no sé quien, no callarte la boca porque se ofende no sé quién. Lo mismo con la música: si vos querés hacer arte no podés estar pensando a cuánta gente le vas a agradar, o dejar de agradar. Con el periodismo pasa algo un poco más extremo porque estás tratando con objetos de la realidad, y no con tus intenciones artísticas.

Santullo integra el panel de Todas las voces desde agosto de este año

¿Te imaginabas en algún momento que ibas a terminar trabajando en televisión, como parte de Todas las voces en Canal 4?

No (ríe), y no sé cuánto tiempo más seguiré. Pasa que no diría que es televisión, porque es un programa muy específico, con un encare muy específico, que de alguna manera conecta con cosas que yo ya hago. Ojo, si algún día me ofrecieran un programa de cocina capaz que agarro, porque me encanta cocinar. Lo de la tele es como algo que pintó, y que pintó en conexión con otros laburos periodísticos. Lo gracioso es que la gente dice "ah, estás en la televisión", pero yo lo que estudié es sociología y periodismo. Lo asombroso es que esté en la música. 

¿Te ves como un polemista?

No, al revés, en el programa hago lo contrario a polemizar. En el programa ya sé que hay dos posturas claras: gobierno y oposición. Y que cada uno va a tratar de demostrar que el otro es una porquería, y que la razón la tiene él, entonces creo que mi rol en ese programa es que, más allá de la moto que cada uno va a vender, encontrar que cosas tienen en común, y en qué cosas los dos son unos perfectos chantas. Mi laburo lo entiendo así. Que aparte es muy gracioso, porque dicen "ustedes hace cinco años hicieron otra cosa", y "ustedes hace veinte hicieron otra", y vengo yo y digo "¿Y si miramos para adelante?". Sacándonos los ojos hacia atrás al ciudadano no le ofrecen ninguna garantía de que no van a volver a repetir lo mismo. Ese es mi rol.

¿Cómo ves el debate público en Uruguay ahora?

No hay debate público, en el sentido de que no se discute para construir nada. Acá se discute para ver si Peñarol le ganó a Nacional, o si Nacional es más viejo. Entiendo el debate como una instancia de discusión a veces muy áspera, pero con la idea de llegar a una zona común, porque no podés construir un país en contra de lo que piensa la mitad, no importa cuál. En Uruguay no hay un debate en ese sentido. La academia está por un lado, no participa mucho de los debates, y cuando participa suele alinearse. La impresión que tengo es que lo que en Uruguay dificulta el debate de ideas es justamente lo que es una de sus fortalezas: sus partidos políticos. Estos están muy bien, y es muy bueno que la gente confíe en los partidos políticos, el problema es cuando dejan de ser un medio y se convierten en un fin. Tu único fin es la permanencia en el poder. Hay mucha fortaleza institucional en Uruguay, que está muy bueno, pero no hay un súper debate de ideas. 

¿Ves un vuelco en la discusión hacia las posturas extremas?

No es algo que pase solo en Uruguay. Hay algo que no sé si llamarlo polarización, pero es la idea de que los míos no le erran nunca y son el depósito de las bondades, y el otro es una especie demoníaca. Lo gracioso es que el que está del otro lado piensa exactamente lo mismo. Hay algo que está mal en esa forma de razonar. No es realista. La bondad y la maldad se distribuyen de forma más o menos igual en la población, no importa qué votes.

¿Cómo te llevás con las discusiones en las redes sociales?

Al principio me calentaba, discutía. En un momento tomé la medida de parar con todo eso. Una cosa que me enseñó mi amigo Gonzalo Frasca es "en las redes el que es más conocido pierde siempre, no importa si tiene razón o no", porque las redes son una zona de escarnio público que no tiene nada que ver ni con argumentar, ni con razonar, ni con nada. Ahora las uso solo para publicar las cosas que voy haciendo. Si alguien dice "qué lindo" o "qué malo" por tal o cual razón, discuto; si alguien dice "ah, hijo de puta", bloqueo. Y esa medida ha sido increíblemente saludable. Hace dos años que no tengo una discusión áspera con nadie, por el procedimiento de sacármelos de arriba. Porque el error es pensar que alguien está obligado a interactuar. En la vida real no estás obligado a interactuar, vos elegís con quién interactuar. En las redes es lo mismo, vos podés decir lo que quieras, yo ejerzo mi libertad de no escuchar lo que vos estás diciendo, no atento para nada contra tu libertad de expresión. Las redes arrancaron siendo un espacio de chiveo y en algún momento dejaron de serlo, y ahora el presidente anuncia las cosas en Twitter, o se fijan lo que está diciendo alguien en no sé dónde y le contestan. Habría que ver hasta qué punto está bueno procesar un montón de decisiones colectivas en un lugar que está diseñado para otra cosa. 

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