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Fobias y filias del turismo

Parte del problema radica en la turistización de aquellos destinos que la industria entendió como una gallina que da huevos de oro de forma permanente

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10 de julio de 2018 a las 05:00

Por Alva Sueiras

Viajar es uno de los placeres mundanos que aglutina más adeptos y admitámoslo, el disfrute comienza con la mera proyección del viaje. Elegir el destino y bucear en la red a la caza y captura de esos pequeños tesoros comprendidos en nuestro campo de debilidades y prioridades viajeras, alimentan y estimulan la expectativa y el deseo de partir. En el horizonte, nuevos paisajes humanos y geográficos que nos sacarán de nuestra rutina diaria y nos invitarán a mirar el entorno con ojos nuevos. No es de extrañar que las bondades asociadas al mundo del viaje nos proporcionen una visión amable sobre la titánica industria del turismo.

Según el barómetro de la Organización Mundial del Turismo, en 2017 el turismo internacional registró 1322 millones de desplazamientos. Una cifra que aumenta escalonadamente con porcentajes que oscilan entre el 3 y el 7,5% de crecimiento interanual dependiendo de las virtudes y capacidades, así como de la situación socio-política, económica y climática de cada destino. Conflictos sociales, inestabilidades políticas, ataques terroristas o desastres naturales, pueden hacer que el turista cambie de destino, pero raramente que desista de sus planes de viajar. Por extensión, cuando una problemática de naturaleza x afecta a un destino bajando las cifras de turistas, otros destinos aumentan las suyas. La expectativa de la OMT augura un incremento anual de 43 millones de turistas internacionales al año hasta 2030, frente a un crecimiento medio de 28 millones anuales registrado entre 1995 y 2010. Un planeta en permanente y creciente movimiento.

Si bien es obvio pensar que una industria que soporta semejantes cifras, genera impactos en los destinos, dichos impactos pasan comúnmente inadvertidos para el grueso de los turistas, concentrados en disfrutar de su merecido tiempo de asueto. En un escenario ideal, tanto turistas como residentes, deberían beneficiarse de las virtudes de una actividad que por principio, ofrece la posibilidad de un rico intercambio cultural. No obstante, la excesiva masificación turística en algunos destinos, hace que se revierta el principio de mutuo beneficio y que la comunidad receptora sufra las consecuencias de una actividad que prioriza el consumo voraz de turismo sobre la experiencia de inmersión cultural.

La turistización de los destinos

Parte del problema radica en la turistización de aquellos destinos que entendieron la industria como una gallina que da permanentemente, tentadores huevos de oro. Dicha mirada parcial, hizo que algunos destinos dieran la espalda a las fuentes de economía tradicional y de a poquito, fueran sustituyendo comercios y servicios al vecino por comercios y servicios al turista. Un hecho no menor que contribuye a que se diluya la identidad del destino, ahora concentrado en vender souvenirs que en múltiples oportunidades ni siquiera son confeccionados en el país receptor. Paradojas de la vida, en numerosas tiendas de souvenirs en Barcelona, podemos encontrar sombreros mejicanos confeccionados en China. La Rambla, antaño epicentro de la intelectualidad de la ciudad condal; hoy, epicentro de la masificación turística.

En las zonas más turistizadas en destinos de relevancia a nivel internacional, como la cuenca mediterránea o diversas ciudades de Andalucía, encontramos negocios gastronómicos especialmente diseñados para el turista, donde la significativa degradación de la calidad culinaria local está sorprendentemente ligada a una subida de precios en relación a la media.

Alienadas las señas de identidad cultural, desaparecidos parte de los servicios básicos, masificada la afluencia de turistas y revalorizadas las zonas turistizadas por su potencial comercial, se genera una subida de la renta que encarece los alquileres y expulsa a los vecinos, fenómeno conocido como gentrificación. El caso más palmario y escalofriante lo encontramos en Venecia, cuya población ha descendido de 180.000 a 55.000 habitantes en un lapso de 50 años. El decalustro que transformó una de las más bellas ciudades del mundo en un parque temático.

En algunos destinos del Mediterráneo como Lloret de Mar (Gerona) o Magaluf (Mallorca), la alienación local llegó a un nivel tal, que el propio turista perdió interés por quedar extintos los atractivos iniciales que suscitaban la elección del destino. En alianza con operadores británicos y alemanes, un grueso de hoteleros locales apostaron por un turismo low costdestinado a jóvenes extranjeros. La estrategia de supervivencia desembocó en el consabido "turismo de borrachera" con consecuencias nefastas para los destinos. Desorden público, contaminación sonora, generación de basuras, violencia, comas etílicos y finales dramáticos, como las muertes que cada verano abren el noticiero por la práctica del "balconing", donde jóvenes embriagados se precipitan desde el balcón de su habitación hacia la piscina del hotel. En Uruguay el carnaval de La Pedrera degeneró en un modelo concomitante que llegó a provocar notorias incomodidades para los vecinos de la zona.

El alza en los costos de bienes básicos y la degradación de las condiciones de vida de una comunidad como consecuencia del turismo masivo genera ciertas reacciones. Como vimos en el caso de Venecia, un grueso de la población abnegada opta por desplazar su lugar de residencia hacia zonas no turistizadas. Sin embargo, el fenómeno del turismo de masas también ha generado movimientos de resistencia liderados por grupos sociales que quieren devolver los barrios turistizados a la comunidad local. Recuperar los negocios tradicionales y el ritmo de vida característico de la era pre-turística.

La transformación sufrida en barrios invadidos por la masificación turística ha dado lugar a una creciente turismofobia, entendida tal como la aversión y el rechazo de la comunidad local hacia el turista, como reacción a una metamorfosis barrial más impuesta que elegida. En Ciutat Vella, el área más turistizada de la ciudad de Barcelona, podemos encontrar pintadas y pancartas colgando de los balcones con sentencias tales como "Tourists go home" (Turistas, iros a casa), "Tourism kills the City" (El turismo mata la ciudad) o "Tourist: your luxury trip, my dalily misery". (Turista: tu viaje de lujo, mi miseria diaria).

Si bien los actores de movimientos sociales contra el turismo de masas optan comúnmente por el dialogo político, se han desencadenado algunas acciones violentas, como la avalancha de encapuchados en varios hoteles de Barcelona la pasada temporada, tirando huevos con pintura sobre las instalaciones y rompiendo con martillos los cristales de la fachada.

El turismo sostenible

La solución al conflicto de la masificación turística está, como en tantas ocasiones, en la búsqueda del equilibrio. Un equilibrio que debe consensuarse entre las fuerzas políticas, los actores turísticos, los operadores y la comunidad local, que debe protagonizar su propio desarrollo.

Un modelo de turismo sostenible tiende a alejarse de los monocultivos económicos y genera un reparto equitativo de la riqueza. Así mismo establece, monitorea y controla la capacidad de carga de la localidad, preservando y poniendo en valor los activos tanto socio-culturales como medio-ambientales que dan identidad al destino.

Por último y no por ello menos importante, no debemos olvidarnos de nuestra responsabilidad como turistas cuando viajamos. El respeto por los espacios públicos y privados, las áreas naturales, los códigos sociales y las tradiciones, son pilares fundamentales para la generación de ese turismo que por principio, tiene la capacidad de enriquecer tanto al que visita como al que recibe. Como dijera Ambrosio de Milán en el S. IV "Cuando a Roma fueres, como romano vivieres".

Esta nota fue originalmente publicada en el blog Delicatessen

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