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Fuertes prejuicios y tenues virtudes

Hubo un período en el que mucha gente de la ciudad percibió cuánto incidía el agro en el conjunto de la economía

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18 de noviembre de 2018 a las 05:03

Uruguay tiene una tenue virtud, propone el politólogo argentino Claudio Fantini en su último libro. Junto con Chile han logrado que todos sus presidentes terminen sus mandatos. Además, las crisis económicas que cíclicamente arrasan a la mayoría de las economías del continente, golpean pero no derrumban sus estructuras. Son dos pequeños oasis en un océano de desorden continental.  También Colombia lo logra, pero con una guerrilla persistente y otros grupos armados que la hacen también entrar en la categoría de caos con que caracteriza todavía lamentablemente a la gran mayoría de América Latina. Es un elogio muy mesurado. “Los oasis no son paraísos de la abundancia y la plenitud. En ellos faltan mucha cosas, pero tienen lo que falta en el desierto que los rodea. Sobran las imperfecciones y los problemas, pero hay un nivel de estabilidad política y económica que los diferencia y que amortigua los efectos de sus crisis.” 
Sin embargo, esa virtud es tenue. Es una llamita en riesgo de apagarse y también es frágil la esperanza de que esa relativa mejor situación respecto al resto del continente se convierta en una “plataforma de desarrollo firme”. ¿Cómo pasar de tenue virtud a sólido desarrollo? Alineando al conjunto detrás de objetivos comunes. Algo que en Uruguay no es fácil.

Durante la última Expo Prado escuché a alguien proponer que en Uruguay “hay que terminar con el racismo contra el empresario, hay que dejar de discriminar y atacar a los que generamos empleo, sino esto no tiene salida”. El hombre era el responsable de uno de los stands, de pymes, vendía mates, botas, monturas. Y a mi entender expresa muy bien una parte del problema. También Uruguay debe dejar de discriminar –en este caso doblemente– a quienes generan empleo en las zonas rurales, trabajando con vacunos y ovejas o cultivando.
Eso lo escuché un mes después de que un trabajador de Conaprole tratara a los trabajadores tamberos de “canarios comebosta” y de que la cooperativa fuera impedida de sancionarlo por insultar a quienes producen la materia prima que el debe transformar. Ni la separación entre urbanos y rurales, ni la separación entre empresarios y trabajadores va a permitir que la virtud deje de ser tenue y se afiance.
Muchos uruguayos rurales se sienten discriminados. Lo pueden medir en la banda ancha de que disponen, que sería inaceptable en la ciudad. O en el tratamiento generoso que reciben quienes roban ganado impunemente todos los días. Si un grupo de psicópatas descuartizara perros en la ciudad todos los días y los dejara tendidos sin sus lomos y cuadriles en los jardines, la reacción sería de indignación. Pero si son ovejas la reacción es de indiferencia. Lo sienten en el subsidio que deben realizar al boleto urbano.

Durante la última Expo Prado escuché a alguien proponer que en Uruguay “hay que terminar con el racismo contra el empresario, hay que dejar de discriminar y atacar a los que generamos empleo, sino esto no tiene salida”.

En muchos países desde Oceanía a Europa, América del Norte o Asia, matar un animal con la mayor crueldad y descuartizarlo para sacar unos pocos kilos de carne causaría espanto. Y ya han prácticamente erradicado esa situación sin importar si es campo o ciudad, ternero, oveja, gato o perro. En muchos países que alguien dijera que un productor es un “canario comebosta” sería visto con la misma condena que el racismo o la homofobia. Pero no aquí.

La semana próxima se llevará adelante un seminario de innovación social para la Conciencia Agropecuaria, al que los uruguayos urbanos deberían prestar atención. Una iniciativa que debe persistir hasta superar para siempre una dicotomía que desgarra al país desde su nacimiento y que no existe en otros lugares del mundo, donde contraponer lo rural y lo urbano se vería como una esquizofrenia insólita. Cabe saludar el seminario que organiza el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca y pedir que esa línea política siga, sea quien sea que esté gobernando en el futuro.

En una entrevista realizada hace ya tiempo, el productor Julián Cabrera,  explicaba que en el campo “no quedan niños, quedamos los viejos, pocos y despreciados socialmente y ‘herejeados’  tributariamente”. Cuando la periodista de VTV le preguntó porqué, el respondió que “la derecha se encargó durante muchos años de decir que éramos atrasados, ineficientes, no incorporábamos tecnología, no éramos empresarios, y hoy la izquierda dice que somos oligarcas, terratenientes, latifundistas y explotadores”.  
El desánimo, por ejemplo de los productores lecheros y arroceros es pocas veces visto. Si Uruguay pierde la lechería y el arroz, o solo quedan unas pocas empresas de gran escala, la virtud y la esperanza serán mucho más tenues.

En una entrevista realizada hace ya tiempo, el productor Julián Cabrera,  explicaba que en el campo “no quedan niños, quedamos los viejos, pocos y despreciados socialmente y ‘herejeados’  tributariamente”.

Hubo un período en el que mucha gente de la ciudad percibió cuánto incidía el agro en el conjunto de la economía y la sociedad, tanto en las malas como en las buenas. Del 2000 al 2005 quedó clara la importancia de las agroexportaciones. Pero luego esa mancomunión quedó diluida. En un país que pretende ser inclusivo no puede haber más banda muy ancha para unos y menos para otros, caminos de primera entre Colonia y el Chuy y de quinta entre Artigas y Salto, energía barata exportada a Brasil y cara dentro de fronteras.

Muchas sociedades desarrolladas ya lo traen de su raíz, de su acervo cultural. Por ejemplo en la obra de Vincent van Gogh, que se fue al campo para casi fusionarse con los girasoles, los trigos, los atardeceres y quienes allí producían. Nadie como él pintó las manos de dedos gruesos, los zapatos desgastados, las miradas profundas. “Realmente quise hacerlo así para que la gente capte la idea de que esas personas, que están comiendo sus papas bajo un candil, han labrado la tierra ellas mismas, con esas manos que ahora van al plato, y que eso habla de un TRABAJO MANUAL”, le escribía en carta a su hermano (con mayúsculas en el original), explicando una serie de trabajos a lápiz que llamó Estudios en el interior de una cabaña con un boceto de los comedores de patatas. Vaya uno a despreciar después de eso a un agricultor en Holanda o Francia. 

Tal vez sea el arte el que nos rescate de las ideologías que enfrentan, paralizan  y destruyen. Porque como afirmaba Vincent, “el arte es la suma del hombre y la naturaleza, la realidad, la verdad, pero con un significado, con una interpretación”. Trabajando en arte trataba temas que no solo serían de su tiempo “sino que tal vez puedan ser continuados por otros, después de nosotros”.
La tarea todavía está pendiente. Alinearnos en el respeto y las oportunidades iguales en el campo y la ciudad, en unir a empresarios y trabajadores está el camino que va de las virtudes sean más sólidas y menos tenues.  

 

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