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Gavazzo, el periodismo y la pistola

Si quien realiza el oficio de periodista cree que está para caer simpático, se equivoca  

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11 de mayo de 2019 a las 05:04

La polémica y el rechazo que generó en redes sociales, e incluso entre periodistas, como una tal Sole Castro que se presenta en Twitter como “feminista y de izquierda (pensé que si eras feminista lo otro se daba por hecho) y “editora de cultura del semanario Brecha”, creo que no es para nada un hecho menor.

Revela al menos dos aspectos: la forma en que mucha gente ve al periodismo y la forma en que mucha gente percibe la historia reciente a partir de sus protagonistas.

Una vez entrevisté al delincuente Diego de León. Le dicen El Cosita. Había violado y asesinado a dos mujeres. Luego se comería a un compañero de celda.

Tras la nota (que luego me cuestioné en parte cuando conocí el parte médico de De León), me preguntaban qué había sentido. Nada, ¿qué debería sentir? ¿Pena por sus víctimas? ¿o pena porque a un muchacho joven, débil mental y pobre, nadie había cuidado arrastrándolo indirectamente al infierno a él y a sus víctimas? Hice la nota tratando de desentrañar la personalidad del asesino. Otros parece que sí sienten ante personas así, como le ocurrió a Truman Capote con el múltiple asesino protagonista de A Sangre fría. Otros no sé qué sintieron, como los que escribieron la vida de Hitler, o de Stalin. Tipos que así como Gavazzo torturaron y posiblemente mataron a una decena, estos mataron a millones.

Aquella nota sirvió para ver que El Cosita no tenía que estar en una cárcel. Era un notorio inimputable. ¡Lo que dijeron los que pedían pena de muerte cuando un periodista indagó y llegó a la conclusión de que no debería estar ni en la cárcel!
“Gavazzo dando declaraciones”, dijo la “periodista” Castro y agregó:  “¿Cómo duerme la periodista que lo entrevistó? ¿Y el editor que le dio el espacio? ¿Qué se sentirá alcahuetear un asesino? ¿Cómo se digerirá darle el micrófono a un violador?”.

Yo supongo que con el “periodismo” que debe practicar Castro, debe dormir como un angelito. La periodista Paula Barquet que hizo la nota a Gavazzo (la calidad de la nota son 10 pesos aparte) habrá dormido con la tranquilidad del deber cumplido. Supongo. Pero además de todo , resulta que la nota de El País termino generando un allanamiento a la casa de Gavazzo. Periodismo Castro, periodismo. Si tiene náuseas, un antiemético, que funciona tanto para Gavazzo como para las feministas izquierdistas porque, ay, son de la misma especie.

La primera reflexión entonces: el periodismo no está para hacerle notas al payaso Piñón Fijo, al menos no solo a él. Hay veces que hay que chapotear en la mierda para llevar las peores historias, a veces las peores imágenes que son cuestionadas por los custodios del buen gusto.

Del suyo, obvio. El periodista no está para caer simpático, ni siquiera para sus propios colegas. Si quiere eso, equivocó la profesión, o puede ser editora de cultura de Brecha. 

Los dos ángeles caídos

Pero en esta mirada hay algo que trasciende lo referido al periodismo y tiene que ver con la historia reciente.

¿Qué sentirá Castro –y los que como ella piensan– cuando le hacen nota al tupamaro que dio la orden de matar a un peón rural? ¿O a policías pobres y desarmados? ¿Que sentirá Castro y cómo dormirá cuando comparte redacción con un extupa que se enorgullece de haber esperado parapetado a un ser humano y erigiéndose en Dios lo ejecutó de un tiro? 

¿O que sentirá cuando hablan con aquellos tupas que mataron a sus propios compañeros, uno de ellos un gambuza que robó una plata de la organización?
Quienes niegan el relato de los dos demonios son los que lo abonan cuando creen que en aquellos años de plomo hubo buenos y malos.

Gavazzo y los suyos y los rehenes y la tortuta ayudaron a tapar el accionar de un grupo iluminado, violador de los derechos humanos, que no solo mató sin asco al enemigo sino a gente de sus propias filas en nombre de una presunta ética revolucionaria. 

Esos no les revuelven las tripas porque los que escriban o hacen de escribas se comieron su historia, la que les vendían Fernández Huidobro y Rosencof saliendo del cuartel a reunirse con compañeros, y entregarlos así de manera solapada (muy poco solapada por cierto). Esos eran revolucionarios, Amodio Pérez un traidor que a Castro le debe provocar lo mismo que le provoca Gavazzo. Cuando cuestionamos a militares que parecen no haber pasado las páginas de la historia, miremos también cuántos civiles siguen con las páginas atrasadas.
Para periodistas como Castro no hay violadores, ni asesinos, ni torturadores, ni nada que su visión del mundo le moleste. 
Siendo Castro “periodista de cultura”, es una pena que no haya leído (porque debe entrar entre sus nombres censurados) al falangista español Millán de Astray, quien hizo famosa la frase: “Cuando oigo la palabra cultura, echo mano a la pistola”. 

 

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