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Los caballos y las bestias del buen gusto

Algunos siguen censurando y siendo los lobos de la cultura  

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28 de abril de 2019 a las 05:00

El sacerdote Girolamo Savonarola fue uno de los mayores asesinos seriales de cultura de la historia de la humanidad. Miles de tesoros artísticos y literarios fueron destruidos por él y sus hordas que veían pecado en todo aquello que no coincidiera con su dogma. En 1497 se hizo famosa su incursión en Florencia donde en una gigantesca pira quemó no solo libros sino cosméticos, ropa, instrumentos musicales. La hoguera de las vanidades se le llamó al episodio. 

En esta época, donde creemos gozar de libertades y de una ilustración que no existía en el siglo XV, han aparecido los nuevos Savonarolas.

Gente que ve un adversario y el demonio en todo aquello que no cuadra con su visión del mundo y la solución que encuentra es destrozar, prohibir, modificar hasta que el original quede irreconocible.

Tal fue el caso de la ópera Carmen, que en Europa las corrientes feministas cuestionaron y lograron que una turba de sus militantes presentara la obra de Bizet modificada: Carmen no muere, sino que mata. El cambio no es producto de una idea surgida de la originalidad creativa de un director, sino que es un acto militante porque parece que la muerte de Carmen les remite a la violencia doméstica de nuestros días. Infelices, ignorantes, brutos que creen ser modernos y políticamente correctos en su accionar.

Como los que aplaudieron la censura en algunas librerías de obras como la Cenicienta o Caperucita roja. Lobos de la cultura.

En estos días una exposición de fotos sobre el holocausto fue motivo de polémica porque a los responsables del museo hubo cuatro fotos que no les gustaron y las piensan censurar. Las fotos, obviamente, se divulgaron inmediatamente por la web y en nada son más espantosas que otras sobre aquel drama. En todo caso, según mi criterio, son menos violentas que otras ya conocidas. Pero en estos asuntos estamos sometidos al gusto, disgusto, al estómago de los Savonarola de turno, que se erigen en jueces supremos de la conciencia colectiva y actúan en nombre de una autoridad ética y estética que nadie les concedió.

En Uruguay una radio anunció que no pasaría más música de Michael Jackson porque fue un pedófilo. Un hato de ignorantes que seguirá pasando a James Brown que usaba a sus mujeres de puching ball o a Chuck Berry, a quien descubrieron en momentos que iba a penetrar a un joven. Y los bobos siguen bailando al son de violentos y violadores, pero como nunca agarraron un libro, salvo quizás para quemarlo, se sienten adalides de la modernidad porque sacaron a Jackson de su discoteca.

Y, como no podía ser de otra forma, Savonarola llegó a las jineteadas. Un espectáculo que detesto y me aburre, pero que es depositario de una larga tradición y que no trata peor a los caballos que a los de una carrera de pura sangre (quiero ver a alguna autoridad pensar en meterle mano a esa actividad donde se pasea cada 6 de enero la flor y nata de la política y la clase alta). ¿Cuántos años tuvieron para poner peros a las domas? ¿Por qué no ocurrió antes si desde hace tiempo hay quienes piden que se les ponga fin? Porque hoy paga. ¿Esa señora es una burra? No importa, va de vicepresidenta (de dos, obvio, porque tampoco se trata de entregar todo). Una cosa y la otra forman parte de lo mismo: los tiempos que corren, en que las corporaciones imponen la moral de sus preconceptos, de su visión limitada de la vida, defensores de una agenda de derechos presuntamente progresista, pero redactada y apoyada por las clases acomodadas.

Como dicen los propios homosexuales que poseen sentido crítico y conciencia de clase: los derechos los reivindican los gay pero en los barrios seguimos siendo putos. Estos animalistas que se alarman porque a los caballos de las domas no los tratan como ellos a sus gatos de angora, no tienen idea de la vida del caballo de cantegril que ayuda a recoger la basura (esos sí tratan bien al caballo, a veces mejor que a su familia porque gracias a él comen), no tienen idea del caballo de campo, ni de los sacrificados en frigoríficos para que los franceses coman churrasco de tordillo. La prohibición es la lanza del ignorante y la rastrera oportunidad del gobernante.

En nombre de la nueva religión de la corrección política, vemos cómo los nuevos Savonarola incendian lo que encuentran a su paso alentados por autoridades que no quieren perder un voto ni quedar como los brutos, que en definitiva son.

¿Qué hacer ante esta ofensiva de las presuntas buenas costumbres? Una posibilidad es combatirla y quedar como el machista, el insensible con los animales, el retrógrado. Otra es resignarse, que fue lo que hizo la mayoría en el siglo XV ante el enorme poder de Savonarola.

Esperaron, lo sufrieron y siguieron esperando, hasta que llegó el día que Savonarola fue excomulgado y quemado en la hoguera. En otra hoguera ardieron sus documentos, llenos de nombres de pecadores y sus libros considerados prohibidos, como él había considerado prohibidos a otros. En suma, combatirlos o juntar leña. 

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