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3 de octubre 2023 - 12:25hs

La relación entre India y Canadá se volvió cada vez más tensa por la sospecha canadiense de que agentes de inteligencia del gobierno indio tuvieron participación en el asesinato en junio pasado en la Columbia Británica del líder separatista sij y ciudadano canadiense Hardeep Singh Nijjar, a quien India había calificado de “terrorista” debido a su defensa del Khalistan, un estado sij independiente en la actual Punjab.

Canadá mantiene en la actualidad 62 diplomáticos acreditados ante India, cuyo gobierno dijo que el total debería reducirse a 41, según informó el periódico británico Financial Times en un artículo que cita diversas fuentes de Ottawa que pidieron reserva de identidad. Hasta el momento, la información no fue ratificada ni negada por las cancillerías de ambos países.

El Ministro de Relaciones Exteriores indio, Subrahmanyam Jaishankar, afirmó la semana pasada que existe un “clima de violencia” y una “atmósfera de intimidación” contra los diplomáticos indios en Canadá, donde la presencia de grupos separatistas sij fue objeto de reiterados reclamos por parte de Nueva Delhi, ante de informar que su gobierno dejará de tramitar visados para personal diplomático canadiense.

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Canadá es el hogar de unos 770.000 sijs, la comunidad más grande fuera de Punjab, en el norte de la India, y 15 de ellos integran la Cámara de los Comunes, más del 4% de los escaños del legislativo canadiense, aunque la población sij apenas representa el 2% del total de la población del país.

El gobierno indio expresó durante décadas su descontento con el abierto apoyo de algunos miembros de la comunidad sij del país al establecimiento de una “patria” en Khalistan, aspiración que desembocó en una serie de rebeliones en las décadas de 1980 y 1990, violentamente reprimidas por Nueva Delhi.

En ese contexto, en 2020, India acusó a Nijjar, asesinado a tiros el 18 de junio último en un suburbio de Vancouver, de pronunciar “discursos de odio” e “imputaciones sediciosas e insurreccionales”, y lo designó como “implicado en el terrorismo”.

El deterioro de las relaciones llevó a que Canadá paralizara las conversaciones sobre un tratado comercial de libre comercio con la India, según confirmaron los funcionarios de Ottawa, medida inesperada que se produjo tres meses después de que ambos países anunciaran que planeaban sellar el acuerdo bilateral este año.

Recientemente, el primer ministro indio, Narendra Modi, transmitió su “gran preocupación” por las protestas separatistas sij en Canadá al primer ministro Justin Trudeau durante una reunión al margen de la cumbre del G20 que se concretó en Nueva Delhi.

Trudeau afirmó días atrás ante el Parlamento que su gobierno estaba “investigando activamente acusaciones creíbles” que vinculaban a agentes del gobierno indio con el asesinato de Nijjar. India, por su parte, desestimó la posibilidad, y la calificó de “absurda”. La escalada derivó en que ambos países expulsaron a sus respectivos jefes de Inteligencia acreditados ante Ottawa y Nueva Delhi.

Por lo pronto, el asesinato de Nijjar y las expulsiones cruzadas vuelven a poner en el centro de la escena al movimiento independentista, que comenzó como una insurgencia armada a finales de los años 1980 en India, y tiene su centro en Punjab, en el límite con Pakistán, donde los sijs son mayoría, aunque representan alrededor del 1,7% de la población total del país.

La insurgencia duró más de una década y fue reprimida por una ofensiva del gobierno indio en la que murieron miles de personas, incluidos destacados líderes sijs, además de cientos de jóvenes, muchos de ellos mientras estaban detenidos o durante tiroteos escenificados, según denunciaron en numerosas oportunidades grupos defensores de los Derechos Humanos.

La ofensiva tuvo su punto más sangriento el 3 de junio de 1984. Fue cuando las fuerzas indias, bajo el entonces gobierno de la primera ministra Indira Gandhi, tomaron por asalto el Templo Dorado, el santuario más sagrado del sijismo, ubicado en la ciudad de Amritsar, para expulsar a los separatistas que se habían refugiado en el edificio, considerado el epicentro cultural y espiritual de la religión sij.

En la operación fueron asesinadas unas 400 personas, según cifras oficiales, pero los grupos sij dicen que murieron miles. Entre los muertos se encontraba el líder sij Jarnail Singh Bhindranwale, a quien el gobierno indio acusaba por entonces de liderar la insurgencia armada. Pocos días después, el 31 de octubre de 1984, Gandhi, que ordenó el asalto, fue asesinada en su residencia de Nueva Delhi por dos de sus guardaespaldas, ambos integrantes del movimiento separatista.

El magnicidio de Gandhi desencadenó una ola de disturbios anti-sij, en los que turbas hindúes fueron de casa en casa en todo el norte de la India, particularmente en Nueva Delhi, sacando a los sijs de sus hogares, matando a muchos a machetazos y quemando vivos a otros.

En la actualidad, no hay una insurgencia activa en Punjab, aunque el movimiento Khalistan todavía tiene algunos partidarios en la región, además de un considerable apoyo de la diáspora, lo que llevó al gobierno de Modri a intensificar la persecución de los separatistas mediante el arresto a decenas de líderes de grupos vinculados al movimiento, aduciendo que los separatistas están tratando de regresar.

A principios de este año, la Policía india arrestó a otro líder sij, Amriertpal Singh, un predicador de 30 años que con sus encendidos discursos inspirados en Bhindranwale captó la atención nacional, lo que Nueva Delhi consideró un llamado a la violencia para instalar un estado independiente.

 

(Con información de agencias)

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