Opinión > ANÁLISIS - ÁLVARO DIEZ DE MEDINA

La falsa ilusión que la ONU le vendió a Uruguay

El ingreso al Consejo de Seguridad fue celebrado, pero es en realidad un paso de alto el riesgo

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02 de noviembre de 2015 a las 13:16

Por Álvaro Diez de Medina
Especial para El Observador


La elección de Uruguay como miembro no permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, por un período de dos años, ha sido saludada, tanto por la administración como por los medios, como una auspiciosa conquista del país en el escenario internacional.

“Dos años en la cocina del mundo”, lo resumió un diario, inocultablemente orgulloso de seguir la línea argumental oficial: un reconocimiento al respeto que el país despierta en el concierto de las naciones, a su mesura, a su responsabilidad internacional.

Ojalá fuera así de hermoso.

Pero no lo es. Y no lo es porque la presencia de los países en la integración de los órganos conductores de la burocracia internacional está tan dictada por el orden alfabético, la necesidad de ejercer vetos, y la irrelevancia a la que los someten las naciones más poderosas, que nadie que hoy esté intensamente informado repara siquiera, por ejemplo, en el hecho de que Chad, Jordania o Nueva Zelanda revisten como miembros no permanentes del Consejo.

La presencia, pues, de un país en estos escenarios se debe, en no pequeña medida, a una añeja argucia, merced a la cual los gobiernos maquillan estos repartos de barajas como logros diplomáticos ante sus desentendidos electorados, atizando una suerte de orgullo nacional de raíz deportiva, y sin que les merezca, en muchos casos, consideración alguna sobre los riesgos que el paso entraña.

En 1997, el Departamento de Estado de EEUU sondeó a la embajada uruguaya en Washington respecto a la posibilidad de proponer la candidatura del país a integrar el Consejo en carácter de miembro no permanente. No le tomó al presidente Julio María Sanguinetti sino minutos el rechazar la oferta: el precio de presentar ante la opinión pública uruguaya un supuesto logro internacional de su administración sería el de someter al país a incesantes presiones, inquinas, trapisondas y, sobre todo, incursiones en imprevisibles conflictos siempre ajenos al interés nacional, y no estaba dispuesto a pagarlo. Así es como algunos gobiernos asumen sus responsabilidades en silencio, por omisión y prudencia.

El gobierno de México, en cambio, aceptó, con entusiasmo, en 2002 este cáliz envenenado, y lo hizo con el mismo exceso retórico uruguayo de hoy: el país ingresaba a “las grandes ligas”, aseguraba una vocero de la cancillería mexicana, en tanto el canciller Jorge Castañeda se ufanaba de que fuera a jugar el rol de “bisagra” del Consejo, nuevo “protagonista” del juego internacional. La invasión estadounidense de Irak en 2003, en tanto, se encargó de despejar tanta alharaca: no solo México fue forzado a prestar su aquiescencia a la desastrosa autorización del Consejo a la invasión, sino que a ello llegó explicando, con falsía y cinismo, a su población que el conflicto ¡beneficiaría a la industria petrolera mexicana! Algo que, por fortuna, no ocurrió. En la relación histórica de la guerra de Irak el papel mexicano será, pues, minúsculo y mezquino, pero si se reparara en él lo sería con vergüenza.

Los riesgos a que un país queda así expuesto son, pues, considerables, y la reciente e insólita salida del ministro de relaciones exteriores Rodolfo Nin en París así lo demuestran.

Interrogado sobre el rol de Uruguay en el Consejo, el canciller señaló, en primer término, que el país mantendría su posición tradicional, que el frenteamplismo feliz y sorpresivamente no alteró, en el sentido de condenar y combatir todo tipo de terrorismo. Un bienvenido alivio.

Acto seguido, el canciller aseguró que la respuesta a dar a la existencia del llamado “Estado Islámico” y sus fechorías debía ser “internacional”: segundo y bienvenido alivio.

Y culmina: “nosotros estamos para apoyar una acción decidida, firme, una brigada de confrontación (sic) … no Uruguay, porque no tiene elementos, obviamente, pero desde el punto de vista conceptual, creo que esa es la alternativa”. Fin del alivio.

Es que las palabras de Nin fueron pronunciadas en el marco de una visita oficial a Francia, país cuyo gobierno se encuentra involucrado en el conflicto de Medio Oriente, y muy especialmente en acciones militares aéreas en Irak y Siria.

En esencia, puede afirmarse que el centro de la disputa en la campaña contra el llamado “Estado Islámico” está entre las acciones aéreas emprendidas por una coalición encabezada por EEUU, y que Francia integra, sin autorización del Consejo de Seguridad, y las que lleva adelante una incipiente coalición encabezada por Rusia, a solicitud del gobierno internacionalmente reconocido de Siria. Esta disputa tiene hoy por escenario una ronda multilateral de negociaciones entre los involucrados y, eventualmente, lo tendría en el propio Consejo de Seguridad.

De llegar, sin embargo, a éste el diferendo, está bien claro que se enfrentarían allí los miembros permanentes, y lo harían ya no a los solos efectos de legitimar una intervención militar estadounidense contra el terrorismo del EI (que esos mismos coaligados han contribuido a armar), sino de derrocar el gobierno establecido de Siria: la “brigada de confrontación” de Nin. ¿Será esa la “solución militar y política” por la que aboga, después de hablar sobre el tema con la diplomacia francesa? ¿Tan rápidamente nos alineamos tras EEUU en Siria e Irak? ¿Tendrá el canciller idea de los alcances de esta decisión?

Lo dudo. Ha sido, por lo pronto, franco en sus comentarios: sus impresiones sobre lo que ocurre hoy en Siria se fundan en lo que vio por televisión en su hotel de París, y ello está perfectamente alineado con lo que a diario vemos que ocurre en todas las áreas de la gestión pública nacional, educación, seguridad, salud, justicia: formulaciones políticas al golpe de balde.

En ese vacío formativo es, por lo demás, que pueden germinar especies tan peligrosas como, por ejemplo, la sugerencia de algún diputado oficialista de montar una suerte de soviet a fin de controlar el desempeño uruguayo en el Consejo: el legislador en ningún momento se refirió a las comisiones parlamentarias que prescribe la Constitución de la República.

La política exterior del país está, por tanto, en sintonía con la general deriva e improvisación del régimen frenteamplista, solo que ahora tiene en sus manos la navaja del Consejo de Seguridad.

¿Tenemos derecho a esperar que de esta instancia salga algo independiente y honroso? No con estos antecedentes.

El primero es el que llevó a Uruguay a jugar el penoso papel de carcelero tercerizado de presos estadounidenses en Guantánamo, con el asentimiento expreso de los sindicatos y grupos políticos frenteamplistas: se le de la vuelta que se le de, esa es la faena que se le impuso al país, al precio de pasar un rato en el Salón Oval.

Derivado de lo anterior, nos hemos enterado ahora por boca de un legislador estadounidense que el director nacional de Inteligencia del país habría sido relevado de su cargo no por haber olvidado su arma de reglamento en un vehículo luego robado, sino por intervención de los servicios diplomáticos estadounidenses, y con motivo de los presos de Guantánamo.

¿Y qué decir de la iniciativa política de participar de las negociaciones del TISA, descarrilada en minutos por el grito de una tribuna? O se trataba de una política razonada y fundada, que merecía defensa, o se trataba de otro baldazo sin autor, de esos que nos llevan de buscar desaparecidos a liberar el comercio de marihuana, de cambiar el ADN de algo, a hacerle transfusiones.

Quiera Dios, por ende, que los próximos dos años sean internacionalmente irrelevantes; que no representen conflictos de peso entre EEUU, Rusia y China, o que lleven a estas potencias o a sus bien mandados (como la Francia socialista que visitara el presidente Tabaré Vázquez esta semana) a traer a nuestras costas problemas que notoriamente estamos impedidos de resolver, por lo menos mientras no podamos, por ejemplo, desmontar un gasómetro en la rambla.

Y quiera ese mismo Dios que, al igual que el gobierno mexicano de Vicente Fox, no confirmemos el aserto de que los tontos entran en estampida allí donde los ángeles temen pisar en puntas de pie.

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