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La Noche de los Cuchillos Largos, la masacre ordenada por Hitler contra sus propios hombres

La noche del 30 de junio de 1934, preocupado por los cuestionamientos Ernst Röhm, jefe de las SA, los paramilitares del partido nazi, Hitler ordenó su captura y la muerte de 85 dirigentes en apenas 24 horas

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30 de junio de 2022 a las 05:04

Entre el 30 de junio y el 2 de julio de 1934, por orden de Adolf Hitler y con la excusa de un inexistente golpe de Estado, fueron asesinados por lo menos 85 líderes políticos, entre ellos importantes miembros de su propio partido, incluido el poderoso jefe de su fuerza de choque, las SA, Ernst Röhm, mientras que otros centenares fueron detenidos. El episodio pasó a la historia como “La noche de los cuchillos largos” y constituyó un paso fundamental en el camino del líder nazi hacia el poder absoluto en Alemania.

Esa noche, Hitler, impulsado por Hermann Göring y Heinrich Himmler, ordenó a sus tropas asaltar el cuartel general de las poderosas SA, la Sturmabteilung, una poderosa organización paramilitar, brazo del NSDAP, comandadas por quien fue su fundador en 1931, Ernst Röhm.

En la Noche de los cuchillos largos, tanto Röhm, que se encontraba presidiendo una reunión, como el ex dirigente nazi Gregor Strasser y el ex canciller el general Von Schleicher, fueron arrestados, junto con todos los demás dirigentes. Los tres fueron ejecutados por la Gestapo, acusados por Hitler de conspiración para realizar un golpe de estado, el llamado “Röhm Putsch”.

Los motivos

Röhm venía presionando a Hitler para integrar al ejército alemán bajo su mando en las SA y así unificarlos, como también en su insistencia en que Hitler lo nombrara ministro de Defensa, un cargo que ocupaba conservador Werner von Blomberg, que no pertenecía al partido nazi, lo cual le granjeaba muchos detractores, entre ellos, el propio Röhm.

La propuesta de Röhm apuntaba a dar vuelta la estructura de las Fuerzas Armadas alemanas luego del tratado de Versalles. De acuerdo con lo firmado luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial, el Ejército alemán no podía tener más de 100.000 efectivos, mientras que las SA, una fuerza paramilitar, contaba para 1934 con tres millones de hombres.

Ese mismo año, Röhm le presentó a Blomberg un memorándum en donde exigía que las SA sustituyeran al ejército regular, y que las Fuerzas Armadas se convirtieran en un complemento de entrenamiento de éstas.

Hitler, como respuesta, se reunió con Blomberg y obligó a Röhm a prometer y declarar que reconocía la supremacía de la Reichswehr sobre las SA, y anunció que éstas actuarían como auxiliares del ejército, y no al revés.

Eso llevó a que el ejército viera a las SA como una amenaza, algo que comenzaron a visualizar varios de los lugartenientes de Hitler como Hermann Göring, Joseph Goebbels, Heinrich Himmler y Rudolf Hess.

A esto, se le debe sumar el aumento de la violencia por parte de las SA en Prusia, gobernadaa por Göring, debido a que Röhm menospreciaba a los prusianos y a parte del ejército alemán proveniente de esa región.

Interviene Mussolini

Las presiones sobre Hitler para controlar y dominar a las SA, llegaron incluso de Benito Mussolini, quien le comunicó al líder nazi que las SA “estaban ennegreciendo el buen nombre de Alemania”.

El líder fascista italiano actuó impulsado por el ministro de Relaciones Exteriores alemás, Konstantin von Neurath, Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, quien le había ordenado a su embajador en Roma, Ulrich von Hassel, sin el consentimiento de Hitler, que le solicitara a Mussolini que se expresara contra las SA.

Si bien las críticas emitidas por Mussolini no llevaron a Hitler a actuar contra las SA, sí que comenzaron a condicionarle en esa dirección.

La culminación fue un discurso del vicecanciller Franz von Papen realizado en la Universidad de Marburg, en donde este hombre muy cercano al presidente alemán Hindenburg advirtió sobre la amenaza de una “segunda revolución”.

Esto llevó a que Hitler se reuniera con Hindenburg, quien le exigió que tomase represalias contra Röhm, advirtiéndole que, de no hacerlo, declararía la ley marcial y entregaría el poder a la Reichswehr.

Tras este aviso, Hitler actuó, ordenando a Himmler y a Heydrich, jefe del Servicio de Seguridad (las SS), se prepararan para realizar la purga, con el apoyo de todo su gabinete.

Falsificaron un expediente en donde se sugería que Röhm había recibido 12 millones de marcos alemanes para derrocar a Hitler y enviaron ese brulote a los más altos jefes de las SS. A su vez, bajo la dirección de Hitler, Göring, Himmler, Heydrich y Viktor Lutze, elaboraron una lista de personas tanto de las SA como externas para que fuesen asesinadas.

La Operación Colibrí

La Operación Colibrí – como se la llamó en clave - se puso en marcha la noche del 30 de junio de 1934.  Hitler en persona se trasladó a Múnich para arrestar a Röhm y a otros altos jefes de las SA. Previamente ya había destituido a August Schneidhuber, el máximo líder de las SA en Baviera, acusado de los disturbios que se habían producido en la ciudad la noche anterior.

Al mismo tiempo, las SS ya habían arrestado a un grupo de jefes de las SA que acudían a la reunión con Röhm y asesinaron a Karl Ernst, comandante de las S.A. Ernest Röhm fue arrestado en un hotel y posteriormente ingresado en la prisión Stadelheim de Múnich, donde fue asesinado. Finalmente, Edmund Heines, uno de los líderes de la organización (que había sido encontrado en la cama con un soldado de las SA de 18 años), fue abatido a tiros.

A pesar de saber que la supuesta "conspiración" en su contra era sólo una argucia para abrirse camino y deshacerse de posibles rivales, Hitler se mostró iracundo y rabioso. Al llegar a la sede del partido en Múnich, junto a Goebbels, en un discurso improvisado a sus seguidores informó: "Los sujetos indisciplinados y desobedientes y los elementos antisociales y enfermos serán 'inhabilitados'”.

Goebbels regresó a Berlín para iniciar la última fase de la operación. Llamó a Göring y le dio la contraseña "Colibri". Era la señal para que éste empezara la búsqueda, captura y ejecución del resto de los hombres que aparecían en la lista y que debían ser eliminados. La propaganda que siguió a estos asesinatos pretendió justificarlos como un golpe a la inmoralidad y a la traición.

Entre los líderes asesinados se contaron:  Ernst Röhm, general jefe de las SA; Gregor Strasser, presidente del Partido Nazi hasta 1925; Kurt von Schleicher, último canciller del Reichswehr; Erich Klausener, líder católico opositor religioso al nazismo; Edgar Jung, colaborador de Franz von Papen; Ferdinand von Bredow, ex jefe de la Abwehr; y los jefes de las SA Karl Ernst y Edmund Heines.

El 13 de julio, Hitler pronunció un discurso ante el ejército en el que defendió su actuación: "Di orden de cauterizar la carne cruda de las úlceras de los pozos envenenados de nuestra vida doméstica para permitir a la nación conocer que su existencia, la cual depende de su orden interno y su seguridad, no puede ser amenazada con impunidad por nadie. Y hacer saber que, en el tiempo venidero, si alguien levanta su mano para golpear al Estado, la muerte será su premio".

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