Opinión > EDITORIAL

La protesta social

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29 de noviembre de 2019 a las 05:04

La irrupción de la protesta social en América Latina es un fenómeno que llegó para quedarse un largo tiempo y reveló problemas muy hondos, cuya verdadera dimensión estaba oculta o no se mostraba con vigor en el escenario público de la democracia.

En Chile, continúan las movilizaciones –y la violencia–, pese a la puesta en marcha de un acuerdo de amplio apoyo político y de los gestos de comprensión del presidente Sebastián Piñera y de buena parte del establishment.  En Colombia, la reacción del gobierno de Iván Duque parece haber profundizado incluso el malestar en las calles de Bogotá y en otras ciudades principales del país.

Un malestar tan profundo no se resuelve con pactos de los partidos o con líderes políticos que muestran más empatía con los reclamos de los movilizados. Con el agravante, además, de que la gente quiere soluciones rápidas y mágicas.

El politólogo canadiense André Blais, una voz autorizada en procesos electorales, dijo este mes al diario español El País, que es recomendable introducir mejoras en los sistemas de representación y, al mismo tiempo, ensayar nuevos sistemas de participación ciudadana. 

Este año, la Francia del presidente Emmanuel Macron puso en marcha un conjunto de iniciativas en ese sentido, en respuesta al fenómeno contestatario de los chalecos amarillos. Definió un conjunto de instrumentos para conocer las preocupaciones o propuestas de los franceses que se canalizaron en una página web, peticiones en las municipalidades, asambleas populares o conferencias.

La crisis de la representación es un viejo problema en América Latina donde los Estados han intentado resolver mediante la incorporación del referéndum o la consulta popular. Pero el malestar no está asociado al voto, sino con la mala calidad del vínculo entre los políticos y los electores durante los períodos del gobierno. Se instaló con fuerza la idea de que los candidatos piden el voto a electores que luego olvidan.

Los partidos políticos no tienen la confianza mínima de una opinión pública que mayoritariamente considera que no canalizan las inquietudes de los votantes ni defienden sus intereses. Hay una acusación popular –cierta o no– de que los representantes políticos se mueven más por los intereses de los partidos en asuntos de poder e inclusive por ambiciones personales.

La economista Marta Lagos, directora del Latinobarómetro, explicó en estos días que estamos ante una crisis de los sistemas políticos: no funcionan los partidos, hay poca fe en las instituciones y una alta percepción de corrupción.

Son protestas por más democracia y de respuestas convincentes a las necesidades de la ciudadanía. Y aunque siempre habrá grupos radicales que intentarán aprovechar el desánimo ciudadano, es un error leer el actual malestar social en términos ideológicos.

La mayoría de los protagonistas clama por gobiernos eficaces en la resolución de los problemas que enfrentan en la vida cotidiana, reflexionó Lagos en una entrevista en el diario El Espectador de Colombia.

Estamos ante un problema muy complejo y desafiante. Una frase de Jean-Claude Juncker, que acaba de terminar su mandato al frente de la Comisión Europea: no puede tener más actualidad en nuestra región: “Sabemos lo que hay que hacer, lo que no sabemos es cómo ser reelegidos”.

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