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La vaca despavorida

Una nueva aplicación para teléfonos puede poner el transporte patas arriba; pero sería demasiada libertad

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07 de noviembre de 2015 a las 12:23

Una aplicación o app para teléfono móvil llamada Uber pone locos a los transportistas del mundo y a una parte de las autoridades. Es un ejemplo de las revoluciones que provocan las tecnologías y una muestra de la creciente “soberanía del consumidor” que, cada día con más facilidad, puede saltearse regulaciones, corporaciones y burocracias.

Uber, presente en más de un centenar de ciudades del mundo, conecta por internet y GPS a quienes necesitan transporte con conductores de automóviles registrados en el servicio. El usuario elige en su app desde un coche barato hasta uno de lujo, pasando por un taxi o un viaje compartido, y el sistema le envía el más cercano. Paga con su tarjeta de crédito y Uber se lleva un porcentaje. En París ya funciona UberPool, que permite a un usuario sumarse por el camino al viaje de otro usuario y compartir el costo.

Parece mágico de tan sencillo. ¿Por qué no se inventó antes? Ya aplicaciones como EasyTaxi acorralaron en Montevideo a los servicios de taxi por vía telefónica. El GPS y Google Maps pusieron de cabeza el antiquísimo arte de trazar mapas. Airbnb, una abigarrada red de oferta de alquileres en todo el mundo, amenaza el negocio hotelero tradicional. Y así hasta el infinito, como el celular desplazó al teléfono de línea, el cine on line y la TV cable acabaron con los videoclubes, las páginas web amenazan a los diarios impresos, la computadora liquidó las máquinas de escribir y el ferrocarril a las carretas.

Pero la aparición de Uber ha sido acompañada en muchas partes por una guerra, desde México a Londres. El statu quo reacciona ante un cambio tan radical. Uber, creada en Sillicon Valley, o las apps francesa Blablacar y la española Cabify, amenazan una delicada trama tejida durante décadas entre taxistas, propietarios y conductores de ómnibus, usuarios, jerarcas nacionales y municipales, agencias impositivas, empresarios y trabajadores. A cambio propone crear otra más flexible, un nuevo mosaico de relaciones, que a su vez deberá mantenerse fresco para sobrevivir.

Los jóvenes de Nueva York o Londres se sirven de Uber con la misma naturalidad con que los turistas atraviesan el mundo a caballo de Airbnb. La gente no paga mucho por lo que es simple y barato. Pero en Uruguay, un país repleto de regulaciones más violadas que una tumba egipcia, sobran controladores vocacionales.

Hace algunos meses el rector de la Universidad de la República, Roberto Markarian, tuvo un pequeño suceso –y un ridículo mayor– cuando planteó su temor de que un acuerdo entre Google y el Plan Ceibal permitiera espiar más fácilmente a los uruguayos. Luego hubo un poco de entusiasmo con ciertas “alternativas nacionales” que preservarían la independencia, hasta que ANTEL comunicó que no podría crear algo ni remotamente parecido a Google Apps for Education. El último clavo del ataúd lo puso ANTEL este jueves cuando anunció su asociación con Google para proveerse de internet vía cable submarino, sin necesidad de pasar por Argentina como ocurre ahora. Ya en 1865 las autoridades uruguayas debieron enfrentar ese tipo de dilemas con las líneas de telégrafo.

Las primeras reacciones de autoridades uruguayas contra Uber, como antes en otras partes del mundo, a lo Markarian, dan ganas de pasarse al bando libertario y desear que todo estalle en mil pedazos. El empresario Óscar Dourado habló de la “ley de la selva”, Daniel Martínez sostuvo que ningún sistema de transporte puede estar “por fuera del control” de la Intendencia de Montevideo, el subsecretario de Economía, Pablo Ferreri, dijo que prefiere subirse a un coche “que esté controlado”, y los municipios amenazan con castigar a los dueños de automóviles que se registren en el servicio (ya hay miles de interesados).

No es una app la que cambia las cosas, sino el consumidor que, con la herramienta, manifiesta de hecho su hartazgo con el sistema tradicional de transporte. Muchos ómnibus están sucios, no cumplen los horarios, llevan demasiadas personas de pie, no tienen aire acondicionado o arrastran una pasmosa vejez. Los taxistas, en tanto, son los grandes maestros del desorden y la prepotencia en las calles, a veces conducen vehículos muy usados, sucios y destartalados, y son desoladoramente escasos cuando más se los necesita. Sindicatos y patrones han sido buenos para bloquear la concesión de nuevas matrículas.

Uruguay es un país demasiado pobre y abrumado como para insistir en la vía de más controles, más impuestos, más burócratas. Siempre montados en la misma vaca vieja, lenta y fea, en vez de probar con la libertad. Si Uber se gana a la gente, como ha ocurrido con millones de personas en todo el mundo, tarde o temprano las regulaciones locales cambiarán. Se destruiría un mundo, no sin dolor, y en muy poco tiempo se crearía otro nuevo, más eficiente, libre y colaborativo.

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