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Opinión > COLUMNA/ VALENTÍN TRUJILLO

La vida como boxeo

Un recuerdo, surgido desde un documental sobre Mike Tyson, disparó esta columna sobre el paso del tiempo, la maduración y la decadencia propios de cada existencia   

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03 de noviembre de 2019 a las 05:00

Hace treinta años, en 1989, era un chiquilín de ojos despiertos que con diez años me abría al misterio de estar vivo desde el refugio de un mi hogar. En invierno iba a la escuela, en verano iba a la playa, me gustaba quedarme a dormir los fines de semana en los mis abuelos. Jugaba con mis hermanos y mis perros. La vida era tierna y cercana; el cascarón nos protegía de un mundo externo. En esa burbuja que esa la vida a los diez años, y en un contexto muy alejado de la violencia, me gustaba mucho el boxeo. 

Hace treinta años, Mike Tyson era el dueño del boxeo mundial y una de las figuras (si no, la más) rectoras del universo deportivo, y reconocible en cualquier circunstancia. Vamos, el hombre más temido del planeta. Capaz de despachar en segundos  a los rivales más duros, su ferocidad sobre el ring era salvaje. Con mirada asesina, pantalón negro, botines negros sin medias, entraba a la pelea apenas con una pieza de arpillera sobre el pecho. El rubio Jimmy Lennon presentaba a los boxeadores con voz engolada y un par de minutos después el juez (podía ser el latino Joe Cortez, o el calvo Mills Lane) le levantaba el brazo a un Tyson que sin siquiera sonreír daba un par de declaraciones a la prensa con una vocecita aguda que no condecía con su estampa feroz y volvía a la oscuridad de mi recuerdo hasta la pelea siguiente, donde obviamente se repetía el procedimiento anterior. 

Los dos grandes arquitectos de toda la parafernalia eran dos sujetos tocayos, de pelo particular: Don (Donald) King, dueño de los contratos de los luchadores y la televisación, y Donald Trump, ya entonces multimillonario inversor inmobiliario, dueño de los casinos y los hoteles cinco estrellas donde se desarrollaban las peleas. 

Llegué a odiar a Tyson y su bestialidad imbatible. Ridículamente, hinchaba por cualquiera de sus rivales, el que fuera, para intentar vencerlo. Para demostrar que tenía puntos débiles; quizás, en el fondo, para demostrar que era humano, como todos nosotros.  

Esos dos mundos colidieron un día en la televisión, hace casi tres décadas. Una madrugada de febrero de 1990, con mis ojos como platos de no poder creer lo que veía,  un sujeto llamado James “Buster” Douglas lo noqueó en Tokio.  

A partir de entonces, de alguna forma la vida de Tyson y la mía corrieron por carriles ajenos. El tipo perdió todo, fue preso, salió, se tatuó, intentó recuperarse, mordió a Hollyfield, perdió definitivamente, tocó fondo. Hizo de payaso en películas y recorrió el mundo en programas de televisión contando su derrota. Se volvió un objeto de diversión inofensivo, diferente al muñeco diabólico  que tumbaba rivales apenas con un estornudo. Yo, por mi parte, crecí y me hice adulto, fui padre, profesor, periodista, escritor, viajé, fui y volví. Aprendí a respetar a Tyson y me hice hincha en la derrota.  Su figura en el ocaso, para mí, era más atractiva incluso que en la cima. 

El otro día vi de nuevo el documental  titulado secamente Tyson, dirigido por James Toback. Es una película triste, en la que el director lo filma en la intimidad, en los problemas cotidianos, y el ex boxeador habla de su fama y su talento juvenil como la gloria que detrás escondía una gran maldición.  

En 2016, tuve la oportunidad de ver al hombre en vivo, en un show unipersonal que hizo en el Hotel Conrad de Punta del Este. Era más bajo de lo que creía, sonreía con facilidad, era bueno para los chistes autocríticos, el repaso por su carrera también era un camino sinuoso por mi infancia. Más que gustarme el espectáculo, me impactó tremendamente la fragilidad de Tyson, su “humanidad”. 

Ahora, quizás bajo la influencia invisible de aquella cifra redonda, la que da comienzo a la decadencia tysoniana, mi recuerdo retorna y posiblemente se deforma. Muta hacia el terreno filosófico. “Nuestras vidas son los ríos, que van a dar a la mar”, escribió hace cinco siglos Jorge Manrique. “La vida es un ring, sin salida, donde uno puede ganar alguna vez, pero siempre sale noqueado”, parece decir la historia de Tyson. ¿Acaso no es la de que cada uno de nosotros? 

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