27 de febrero de 2021 5:01 hs

Los meteorólogos la anunciaron a todo trapo (habría luego mucho por limpiar): iba a ser una tormenta histórica, de las que se ve una cada muerte de obispo. Esta vez en Texas no murió ninguno, solo gente común, y cardenales, decenas de pájaros de esa especie, de otras, debido al viento ártico que puso en guardia al equinoccio. Los encargados de pronosticar las neuróticas variantes del clima no se equivocaron. Con los radares a disposición es fácil. Hasta yo me animo a acertar. La gente temió lo peor, y no le erró. El temor acertó tanto en su inquietud como el pronóstico emitido. A pesar de las heladas circunstancias, a mí me invadió la emoción pues iba a ver caer nieve tras muchos años de verla solo en películas y fotografías. La puntualidad de la nieve es admirable. En las primeras horas de la madrugada comenzó a caer de manera proliferante, y siguió hasta cuando era ya la mañana del día siguiente. Cayó tanta, que impedía ver a medio metro de distancia. La belleza del mundo al alcance cambió de fisonomía. De haber visto tanta nieve como vi yo en esa fecha crucial, Federico García Lorca hubiera rescrito su famoso poema: “Blanco que te quiero blanco”. Verde va mejor con los dólares, las lechugas, y los viejos divertidos de ese color, populares en los chistes subidos de tono. A la hora en que la visibilidad era nula, salí a caminar por las calles del barrio. Afuera no había un alma. En medio de la cerrazón, una de esas capaces de derrotar al farol de mayor potencia, me topé con un ser de peculiar fisonomía: un desmesurado muñeco de nieve. 

Estaba solo, pensativo (no le dije nada para no interrumpirlo). Lo rodeaban latas de cerveza vacías. Ebrios debieron terminar quienes lo hicieron. Sin embargo, a él no le noté aliento alcohólico. Con la oscuridad acechando, lo menos oportuno hubiera sido hacerle un examen con el espirómetro. Además, ¿para qué? ¿Alguien vio alguna vez un muñeco de nieve manejando un auto, deteniéndose en un semáforo o en una cebra? Lo miré como a esos seres que se reconocen a la distancia, aunque hablen un idioma diferente. Con tanta intemperie y cerveza, estaba más frío que de costumbre. Su buena educación le permitió seguir callado. Me pregunté si se sentiría bien. De pronto me dio por suponer que podría necesitar ayuda. Su mansedumbre no era hipotética. Cuando de pronto pasó a ser después, al instante mismo de hace un rato, me aproximé para ver de cerca la zanahoria que fungía de nariz. La hortaliza le permitía respirar. Por lo visto, era un muñeco con buenos pulmones. Todo lo de admirable que exhibía su anónimo aspecto podía competir sin apremio con lo mejor que ha escrito Wallace Stevens, poeta del invierno, cuyo poema “El muñeco de nieve” dice de modo epigráfico en el primer verso: “Uno debe tener un ánimo de invierno”. Como lo tengo, un ánimo afín a la felicidad cuando hay temperaturas bajo cero, me animé a mirarlo por un tiempo mayor al adecuado, hasta que por fin la oscuridad obligó a poner en funcionamiento la imaginación y aquello que uno por lo general considera imposible. 

Puesto que el ser blanco se mantuvo mudo, le creí por completo a su silencio. ¿Cuánto duraría vivo? Su existencia, lo mismo que la de un helado de frutilla, depende de las subas y bajas de la temperatura, bolsa de valores de las emociones de la naturaleza. De ahí que los cementerios de muñecos de nieve sean innecesarios. A ellos el derretimiento los entierra a ras del piso. A los faraones, fallecidos en plena juventud, los ponían en un sarcófago para que pasaran la eternidad con mayor tranquilidad. También los muñecos de nieve mueren jóvenes, teniendo además el don de poder disiparse como si fueran cenizas que el viento se lleva como en la película con Clark Gable. Si lo pensamos bien, ningún ser en este mundo tiene una existencia tan incomparable como la de los muñecos de nieve. No se van, pero de un día para otro dejan de estar; desaparecen en menos de lo que canta un gallo (que no cantan cuando nieva), en un santiamén, en el tiempo que a un termómetro le lleva cambiar de temperatura. Dejo que la voz de Emily Dickinson, otra poeta oriunda del hielo ancestral, me lo recuerde al oído: “como los Congelados recuerdan la Nieve — / Primero — Frío — luego Estupor — luego el dejarse ir —”. 

La nieve tiene algo de encantamiento instantáneo que ni siquiera la galera de un mago eficaz es capaz de replicar. Cuántas películas destacadas se han filmado en geografías nevadas. Una cantidad. En Fargo (cuando la vi casi me congelo, no por la nieve, sino porque el aire acondicionado del cine estaba al máximo), había nieve por todas partes, y varios criminales, ninguno un muñeco de nieve. La decencia y honestidad de estos despertarían la envidia de Nerón o Al Capone. Las películas policiales o apocalípticas que suceden en la nieve tienen un particular encanto anímico, no solo visual. Por aquí cayó tanta, que recordé la visión catastrófica que presentan El día después de mañana y Snowpiercer, en cuyos mundos futuros no para de nevar, fuera y dentro. Para un ser humano, eso es una tortura, una sentencia a vivir peor. Para un muñeco de nieve, en cambio, es el paraíso. Prefieren toda la vida la Antártida antes que Acapulco, un trineo en vez de una tabla de surf. Hoy en día, las series nórdicas están en boga. Tampoco en ellas para de nevar. En la mejor, Sorjonen, el acceso a la psicología del ser humano genera escalofríos, mucho más aterradores que el frío que da tocar un muñeco de nieve en plena oscuridad. ¿Cómo se comportaría uno de ellos en caso de convertirse en asesino en serie? ¿Sería parecido a Chucky, sabría usar una motosierra? He visto muñecos de todos los tipos (ninguno afro), capaces de reinventar las escasas horas, los pocos días, que tienen de vida. El blanco santifica su efímera inocencia.

Ha dejado de nevar. Tras varios días de grisura barnizada por el blancor de la nieve aglutinada en la superficie, ha regresado el sol. Nunca avisa cuando lo hace, aunque siempre es a las mismas horas, aquellas en que la noche dejó de estar. El resplandor reinante con todos sus tonos resulta fabuloso. Entre el hielo que cuelga de los nogales cristalizados y los pájaros que se han acordado que siguen vivos, la vida parece un lugar visto desde una galaxia menos posible. Cosa extraña, hasta la misma realidad de siempre se siente extranjera. Es lo que fui a decirle al muñeco de nieve. Pero cuando llegué, ya no estaba. Su cuerpo quedó convertido en un charco enorme donde flotaba una zanahoria. Por un momento creí que su alma se había reencarnado en un vegetal.  

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