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López Obrador celebra, pero persisten las dudas

El presidente electo es popular, pero aún está por verse si es un populista

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08 de julio de 2018 a las 05:00

Por John Paul Rathbone
Financial Times

Por primera vez en más de un siglo, los votantes mexicanos han elegido como presidente a un político que no pertenece a ninguno de los dos partidos tradicionales del país, otorgándole una victoria contundente al candidato antisistema Andrés Manuel López Obrador.

El activista social de 64 años recibió cerca del 53% de los votos. Su partido Morena también ganó una mayoría en la cámara baja del Congreso. Incluso puede ganar una mayoría en el Senado.

Como resultado, López Obrador será el presidente más poderoso de México en más de 30 años. Eso debería permitirle aprobar leyes e implementar su agenda nacionalista de izquierda con facilidad. Ha quedado claro que las elecciones fueron históricas.

López Obrador también es indiscutiblemente popular. Sin embargo, está por verse si es un populista.

AMLO, como se lo conoce comúnmente, aprovechó un deseo popular de cambio. Su victoria también refleja en parte la desilusión con las políticas económicas tecnocráticas basadas en el mercado.

Sin embargo, su atracción principal se basa en su compromiso de acabar con la inseguridad desenfrenada y librar a México de la corrupción, de la "mafia del poder" del país. En ese sentido, su victoria es bastante diferente del resurgente nacionalismo que impulsó al estadounidense Donald Trump a la presidencia o al partido de la Liga de Italia al poder. Más bien su triunfo es tan idiosincrásico como el apodo de López Obrador, el Peje, abreviatura de pejelagarto, un pez de piel gruesa de su estado natal de Tabasco.

¿Qué deberían pensar los inversores de todo esto? Al comparar a México con algunos otros mercados emergentes importantes, Brasil, Rusia o Sudáfrica, claramente la economía mexicana está en buena forma. El banco central es independiente, se ejerce la libre flotación del peso, la deuda nacional es relativamente baja, la inflación está bajo control y el déficit fiscal es manejable. El crecimiento es consistentemente sólido, aunque no es espectacular. Sólo una mala gestión activa podría empañar el envidiable rendimiento macroeconómico de México.

Sin embargo, hay tres preocupaciones inmediatas. La primera es fiscal. López Obrador necesita alcanzar cerca de 2,5% del producto interno bruto para financiar las pensiones más altas, los precios subsidiados de la gasolina y los alimentos, y los 3,5 millones de aprendices que son la base de su programa social. Pero, ¿cómo puede lograr esto? Su mantra ha sido evitar el endeudamiento y asegurar una baja inflación. Sus asesores también han dicho que no habrá aumentos de impuestos inmediatos. Las ganancias potenciales de ponerle fin a la corrupción –que le cuesta a México más del 2% del PIB cada año– son notables, pero es una tarea grande y probablemente imposible. Eso significa que los fondos deberán provenir de recortes de gastos. Sin embargo, esto también podría ser recesivo e iría en contra de sus promesas sociales.

Una segunda preocupación es la energía. López Obrador quiere impulsar la inversión pública. Al mismo tiempo, quiere revisar los más de 100 contratos petroleros firmados como parte de la apertura del mercado petrolero de México, lo cual retrasará las inversiones extranjeras de más de US$ 200 mil millones que se esperaban a raíz de esos acuerdos. Él dijo que el país debería reconstruir su capacidad de refinación de petróleo, pero no se espera que el sector privado lo apoye.

Por último, está el comercio. López Obrador ha afirmado su apoyo del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Tlcan). Podrá renegociar el pacto con un mandato más fuerte que el de Enrique Peña Nieto, su impopular predecesor. Lo que esto significa para las conversaciones con Donald Trump es una pregunta abierta. El presidente de EEUU tuiteó el domingo que espera poder trabajar con López Obrador. Aunque parece dudoso, tal vez ése sea el caso. Como ha bromeado Alfonso Romo, el futuro jefe del gabinete: las abejas asesinas no se pican entre sí.

López Obrador asume el cargo el 1° de diciembre. Raramente ha mostrado interés por la economía. La política siempre ha sido su preocupación principal y ahora, que no está limitado por la necesidad de ganar una elección, es posible que recurra a una retórica incendiaria y disruptiva para los mercados. El gabinete que ha propuesto, aunque parece sólido en teoría, consiste principalmente en académicos no probados, que no han ejercido cargos públicos. Además, su movimiento político es un partido amplio que contiene muchas voces radicales.

Todo esto es una receta para la incertidumbre y la confusión. Probablemente los próximos cinco meses serán un período de gran volatilidad.

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