Cuando se conjuntan un libreto inteligente plagado de buenos chistes, una serie de acertados discursos por parte de los ganadores en las diferentes categorías, cinco temas musicales de gran calidad cantados en vivo y con poderoso despliegue coreográfico, y además se cuenta con el mejor conductor nocturno de la televisión estadounidense, el resultado final es la mejor ceremonia de los premios Oscar en mucho, mucho tiempo, tal como fue la del domingo.
6 de marzo de 2018 5:00 hs
La celebración de la 90ª edición del premio más prestigioso del cine estuvo a la altura de las circunstancias, por encima de estas me animaría a decir, y será recordada tanto por la elegante forma con que fluyó la ceremonia, como también por un hecho que no pasó desapercibido. Fue, para sorpresa de muchos, una noche latinoamericana, pues varios representantes provenientes del continente mestizo resultaron premiados: en la categoría Mejor película extranjera ganó la chilena Una mujer fantástica, en tanto el mexicano Guillermo del Toro se llevó la estatuilla como Mejor director, por La forma del agua, la cual a su vez resultó ganadora del premio principal.
En tiempos en que los inmigrantes latinoamericanos son estigmatizados por el gobierno de Donald Trump, ningún argumento con mayor poder de convicción para intentar cambiar las formas de pensar que aquel relacionado a la capacidad creativa y laboral de los hispanos, a los logros y triunfos de estos. Fueron pues, unos premios Oscar con valor agregado. La ceremonia del año pasado terminó con un histórico papelón, pero el fracaso de entonces no fue en vano. Por el contrario, sirvió para que la edición de antes de ayer fuera pensada y realizada cuidando cada detalle, maximizando las posibilidades de entretenimiento. Esto quedó en evidencia a partir del comienzo mismo de la ceremonia, y se prolongó hasta los segundos finales, cuando se dio a conocer el nombre del ganador de la moto de agua por haber dado el discurso más breve.
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Jimmy Kimmel hizo un inspirado trabajo de conducción, basado en su original y sutil humor, elemento fundamental para que las casi cuatro horas de duración de la ceremonia fueran un disfrute y no una coartada perfecta para el tedio, tal como suele ser la norma.