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"Concebir una vida a los 40 me enseñó que todo es perfecto"

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Mamá a los 40

Parecería ser que a los 40 años se termina la etapa de tener bebés, según los mandatos sociales de por acá nomás

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20 de mayo de 2022 a las 05:00

Por Federica Cash

El otro día en un cumple escuché que una mamá le decía a otra: “¿Y? ¿Estás para otro?”, a lo que la mamá 2, respondía: “¿Qué? ¿Estás loca? ¡Tengo 40! Empecé tarde, así que me quedé con uno solo… cosas de la vida”.

Esta frase en relación a los 40 la vengo escuchando seguido. Parecería ser que a esta edad se termina la etapa de tener bebés, según los mandatos sociales de por acá nomás. Sin embargo, para mí, tener un bebé a los 40 significó un inmenso regalo. Una sorpresa. Una nueva forma de ser mamá. Una nueva manera de disfrutar.

Siempre intenté escuchar mi corazón aunque el entorno diga otra cosa. A veces no es fácil, “mezclarse” forma parte de la ecuación de vivir en sociedad. Pero por lo general, logro cierta claridad. ¿Qué quiero yo? ¿Qué estoy necesitando? ¿Qué me gustaría? Este ejercicio suele estar presente en mis días. Así fue como decidí ser mamá por cuarta vez, a los 40.

Por lo general, no me gusta pensar que hay determinadas edades para hacer las cosas, a no ser que la biología se manifieste, claro. Soy de las que piensa que el momento indicado está pautado más por el adentro que por el afuera. Y un día, en la cocina de mi casa, en plena pandemia, encerrados con los niños, le dije a mi marido que quería otro bebé mientras preparábamos la cena. Y él, que suele acompañar mis decisiones, dijo: “me encantaría”. No hablamos de nuestra edad, ni de finanzas, ni de posibles variables problemáticas. Siempre van a haber chances de que las cosas salgan mal. Hablamos de lo que queríamos para nuestra familia, y para cada uno de nosotros.

Antes de pensarlo demasiado (de hecho al otro día ya no estaba tan segura como la noche anterior) quedé embarazada. Según mis cálculos, ese bebé nacería a fines de mis 39, principios de los 40 si se atrasaba. Y aunque en algún momento flaqueé de opinión, ahí estaba el papá, recordándome que lo habíamos elegido, que lo habíamos soñado.

Ser mamá a los 40 fue de las cosas más maravillosas que me pasó y me pasa. Porque una anda por la vida con otra seguridad, con otra consciencia. Con la profunda certeza de que la magia existe y está en todos lados, de no dar nada por sentado. Sabía lo que era la maternidad, pero esto de convertirme en madre con otra madurez me abrió una puerta que me dejó perpleja. Agradecida hasta la médula. Con la convicción de la trascendencia, de ser canal para que la vida de otros se exprese. 

Me demostró que en realidad es muy poco lo que debemos hacer para criar. A veces pensamos que tenemos que hacer de todo para ser “buenas madres” pero la realidad siempre me demuestra que la vida en familia corre por otro carril. Uno que inspira más presencia, más consciencia, más silencios, atención, y menos trabajo. Uno que tiene que ver con el cultivo de una misma para ser inspiración para los que siguen. No hay más que estar atentas y adormecer nuestra necesidad de influir en todos y en todo. De involucrarnos, de controlar.

Concebir una vida a los 40 me enseñó que todo es perfecto. Que no necesito hacer nada para que mi bebé se desarrolle sano; que no necesito hacer nada para que nazca. Que todo se da en el momento que se tiene que dar. Y que la realidad se expresa mejor, sin intervención, salvo cuando la situación lo amerita.

Ser mamá a los 40 me enseñó que crecer y progresar no están únicamente ligados a los estudios y éxitos laborales. De hecho, no hay lugar donde haya crecido más que en la intimidad de mi hogar. Son mis hijos los que más me enseñan, los que me guían, los que me desafían a replantear mis modelos mentales y falta de flexibilidad. Son ellos los que me invitan a deconstruirme por completa. Es en estas cuatro paredes donde libro las batallas más importantes. Donde enfrento las dificultades emocionales más profundas, que por lo general tienen que ver con quien soy. Mis hijos son los espejos en los que me miro y a través de ellos me conozco mejor.    

Necesité 40 años para comprenderlo. Ya lo sabía, pero ahora lo siento, lo atesoro, lo pongo en palabras y me lo guardo para siempre.

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