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Miedo y pérdida de libertad

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09 de septiembre de 2019 a las 05:00

Basta detenernos un momento y hacer un muy pequeño análisis de nuestra vida cotidiana para darnos cuenta cómo la inseguridad ha resultado ser mucho más que una “sensación térmica” como pretendían hacernos creer aquellos “sabios” a quienes se les confió nada menos que la conducción del Ministerio del Interior. Tal vez porque esos encumbrados funcionarios no se desplazaban en medios del transporte colectivo, ni caminaban por plazas y espacios públicos como la mayoría de nosotros, es que podían hacer esas manifestaciones a la ligera. Ya que disponían y disponen de medios públicos para estar protegidos y trasladados en una suerte de “burbuja” muy alejados por cierto de la inseguridad que comenzó a instalarse en buena parte de nuestras ciudades, sin respetar barrios, ni menos, elementales “códigos de convivencia”. Códigos de conducta con los cuales se forma el entramado de nuestra realidad social y urbana. Donde el respeto por el vecino hace también a la solidaridad y al buen relacionamiento dentro de mínimos valores y principios de “ética ciudadana”, o de “cortesía urbana” que refleja el correcto devenir de las distintas actividades y funciones en el marco de ciudades o centros poblados, en el que interactuamos cotidianamente para desarrollar nuestra vida. Y así, fuimos siendo afectados en la calidad de vida, y lo que es peor, hasta en nuestra libertad. Vivimos enrejados. Y pagamos doble porque se nos brinde seguridad. Estamos limitados hasta en el libre uso de los espacios públicos, ocupados por drogadictos, sin techo o inadaptados acústicos, que no respetan lugares ni horarios para escuchar su música o proferir sus alaridos. Y esto es así porque, el miedo a vernos agredidos en nuestra persona o bienes, condicionó nuestro libre uso de los espacios públicos. Influyó hasta en los horarios para realizar o regresar de algunas de nuestras actividades o hasta para llegar a determinadas barriadas, –alguna de las cuales calificadas hasta a veces “injustamente” como “zonas rojas”– han quedado fuera hasta del radio donde pueden ingresar taxis, médicos y ambulancias. Es que el miedo paraliza. Y condiciona. Pues la posible “pérdida de territorio” o “pérdida de nuestra integridad” nos hace ser al mismo tiempo, tan precavidos como inusualmente ágiles para alejarnos raudamente del supuesto peligro al que tememos enfrentarnos. Y por cierto, una serie de preconceptos nos condicionan a clasificar y considerar como posibles “atacantes” a quienes se visten de tal o cual manera, o a quienes se nos acercan sin respetar los mínimos de distancia admitidos, o a quienes utilizan un lenguaje que no es el nuestro. Esto favorece la fractura social que padecemos. Esta pérdida de valores de convivencia se advierte y seguramente llevará mucho más que un período de gobierno, lograr recomponerla. Alguien puede dudar que la educación, junto con el pleno empleo, serán fundamentales para lograrlo? Es preciso que sea mucha gente la que se comprometa en estos temas y que se entienda que la única y verdadera inclusión social se obtiene con una educación pública de calidad, donde se trasmitan valores democráticos y republicanos, pero además, donde se forme a nuestros jóvenes y futuros ciudadanos, con las capacidades necesarias para insertarse en el mundo laboral cada vez más competitivo. La libertad es la posibilidad de elegir y la inseguridad y el miedo nos condicionan, esto supone un claro y a la vez, inaceptable recorte al ejercicio de este derecho humano básico. Debemos estar a la altura de nuestros mayores, que no sólo soñaron, sino que supieron con su trabajo y esfuerzo, construir entre todos, ese “país modelo”, una “gran nación”, que otrora fuimos. ¡Hay que poner hasta el alma para lograrlo!
 

Por Marcelo Gioscia Civitate

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