Nacional > EN DÍAS DE PANDEMIA

Poca distancia y algunos tapabocas: un sábado de sol en una rambla que cada vez queda más chica

Cientos de personas hicieron ejercicio, pasearon y jugaron con sus hijos

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10 de mayo de 2020 a las 05:00

Dos niños juegan sobre las letras que forman el cartel Montevideo en la zona de Kibón. De fondo la imagen es de una rambla en pleno movimiento. La mañana de este sábado otoñal amaneció con una temperatura más cálida, y lo mismo ocurrió el domingo. Salió el sol y el calorcito atrajo a los montevideanos que, a casi dos meses de los primeros casos de coronavirus covid-19 en Uruguay, permanecen alerta.

La escena parece  una copia de la película The Truman Show. Pasa una mujer caminando, pasa un joven en bici, pasa un familia con niños paseando al perro, pasa un grupo de viejos amigos conversando, pasan dos amigas trotando. Y las imágenes se vuelven a repetir como si estuvieran guionadas. Una y otra vez.

A las 10 de la mañana la aglomeración de gente aún no está tan apretada, pero el movimiento sí es constante.

Sentados al sol y alejados de la gente están Wilson y su pequeño hijo. El padre es venezolano y hace cuatro años que vive en Montevideo. Tiene puesto un tapabocas y tanto él como el niño están bien abrigados. El pequeño juega con un buggy amarillo mientras Wilson lo cuida para que no se aleje. Desde que se instaló el virus en el país es la primera vez que lo lleva a la rambla. Cuenta que la adaptación a la cuarentena con el niño ha sido un poco complicada y por eso hoy decidió tomarse un tiempo para bajar a distenderse un rato. Como precaución decidió ir temprano y jugar en la parte más despejada de la playa. “No nos cruzamos con mucha gente”, afirma.

La mayoría de los bancos están vacíos. En la rambla de Pocitos la actividad más frecuentada es el deporte. Solos, en pareja o en cuartetos caminan, corren y estiran. También se suman las bicicletas que avanzan entre los que pasean más tranquilos. Lo que ya no se ven son los monopatines.

El cuello deportivo resulta ser el tapabocas preferido de los deportistas. Para una pareja que vive a unas cuadras de la rambla y Guayaquí es la primea salida a la rambla desde el contagio en Montevideo. “Nos encanta venir, y ahora con esto no salíamos desde el 14 de marzo”, comenta la mujer luego de un rato de caminata y a punto de cruzar la calle para retornar a su casa. Vinieron temprano a estirar un poco las piernas. Cuando faltan diez para las once de la mañana se están volviendo “porque ahora es cuando se empieza a llenar”, reconocen.

“Para mí es fundamental la actividad física”, afirma un hombre de 67 años que descansa en uno de los bancos. Antes de la pandemia jugaba al tenis, iba al club y caminaba todos los días dos horas. Ahora solo le quedan la caminata que acortó media hora. Cuenta que no le da miedo salir y que se cuida en todos los sentidos.

Un niño que pasea con su bici se acerca bastante a una mujer sentada.

- “Santi, no podés pasar tan cerca de la gente”, lo reta la madre que empuja el carrito donde viaja su hijo más pequeño.

- ¿Por qué?, pregunta el niño intrigado.

- Porque hay que mantener distancia por el virus.

La distancia, el gran enemigo de la actividad física en la rambla. Por más que intenten alejarse a medida que baja gente, cada vez el espacio es más pequeño y los transeúntes parecen estar en una carrera de obstáculos.

El escenario de arena

En la playa también se ve movimiento. Muchos deciden trotar cerca de la orilla, mientras en la enorme alfombra de arena blanda se reparten otros pocos.

En el medio de la nada, sentada sobre una silla playera se encuentra Raquel, quien más allá de la cuarentena no dejó nunca de ir a la rambla, siempre tomando todas las precauciones. Eligió la playa para evitar los bancos donde quizás hubiera más aglomeración de gente.“Vivo a dos cuadras, vengo un rato a leer”, comenta. Todos los días, o bien temprano o a la noche cuando no hay gente sale a caminar. Le encanta disfrutar de la rambla, de ese gran espacio al aire libre. “Esta sillita la tengo en la puerta de mi casa todo el año”, afirma sonriente.

Unos cuantos metros más lejos una perra juega con su dueña, Lara, estudiante de 16 años. Es la primera vez que trae a la playa a Mora y también la primera salida larga desde la propagación del virus. “Ya estaba muy energética”, cuenta la adolescente mientras su mascota escarba un pozo a su lado. “Está copadísima”, agrega.

Usar o no usar tapabocas, esa es la cuestión

Barbijos desechables, de tela lisos o estampados; bufandas; pañuelos; bandanas y hasta pasamontañas son algunas de las opciones que las personas eligen para cubrirse la boca y la nariz. Pero no todos llevan protección.

Un señor que se va perdiendo entre la muchedumbre pasea con su mate y termo en brazos, y se baja el tapabocas cada vez que toma un mate.

Otro se recuesta en un banco para estirar algunos músculos con su barbijo a la altura del cuello. Y otro hombre, mayor, va caminando y escuchando música, y se saca el tapabocas y se lo guarda en el bolsillo como sofocado.

A las 11 de la mañana ya empieza a bajar más gente. El tránsito en la calle es constante como un día previo a la pandemia. Y ese tránsito hace espejo en la vereda con los corredores, las bicis, los cochecitos de bebés y los perros que pasean.

Los aparatos de la plaza Trouville ya no visten las cintas de “pare”. Ahora hay tres jóvenes haciendo ejercicio. Uno de ellos es Gonzalo que está sin tapabocas ni guantes. Viene desde la semana pasada y generalmente el fin de semana. “Mientras no mantenga contacto con personas y no me toque la cara no creo que tenga mayor riesgo”, evalúa. Gonzalo hace dos horas de ejercicio y cuando llega a la casa desinfecta todo y se baña.

La plaza Trouville es un mundo aparte de familias y jóvenes desparramados a lo largo de todo el espacio. Un padre juega a la escondida con sus hijos, otros andan en bicicleta, muchos toman mate sobre el césped, y otros tantos leen apoyados sobre el respaldo de un árbol.

La aglomeración de gente llega hasta Punta Carretas y el Parque Rodó, donde se ven amigos jugando al fútbol, a la paleta, niños revoloteando con juguetes, parejas tomando sol, algunos que hacen picnic, y otros que pescan.

Luego de una caminata una pareja joven descansa sobre el murito de la rambla de Parque Rodó. Vienen tres o cuatro veces a la semana y sin barbijo, porque lo han probado para entrenar pero argumentan que se ahogan. “Hoy está bastante lindo y es el día que hemos visto más gente desde que empezamos a salir”, opinó uno de ellos.

Pero también hay espacios más vacíos como los juegos del Dique Mauá que siguen bajo cinta y la pista de patinaje del Parque Rodó que también continúa clausurada con vallas. Hacia la rambla del barrio Palermo la actividad si bien es constante no llega a generar muchedumbre.

Para el lado de Buceo el amontonamiento también se puede ver. Se repite la imagen de deportistas, bicicletas y gente paseando. Sobre el pasto que da al puertito del Buceo un grupo de 20 personas hacen una especie de picnic al sol. Charlan sin distancia, corretean algunos niños y juegan al fútbol.

El único puesto de comida en todo el trayecto es El Cóndor. El carro de hamburguesas abrió el sábado pasado, cuenta Gabriela, una de las dos empleadas que salió del seguro de paro para volver a trabajar. La empresa les provee de tapabocas, guantes y alcohol en gel para empleados y clientes. La mujer dice que por ahora están probando a ver si funciona. Trabajan desde las 10 de la mañana hasta las 22 horas. “No ha venido mucha gente”, declara. En medio del diálogo, llega un joven sin tapabocas, pide dos combos y Gabriela se despide: “Nada que ver al trabajo antes de la pandemia”.

Pasado el mediodía la rambla y la playa están completamente pobladas. Una mujer toma mate al sol en el medio de la arena. A su lado descansa una tabla de paddle surf. Después de tres mates, se pone unos botines, se sube el traje que tenía remangado, y encamina para la orilla. Se sube a la tabla y comienza a remar hasta alejarse lo suficiente para abstraerse del ruido de la rambla.

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