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Opinión > COLUMNA/LUIS ROUX

Poemas antes del alba

La noche y la poesía se buscan y se encuentran desde el principio de los tiempos 

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13 de octubre de 2019 a las 05:00

En el terreno de la realidad, el día es muy conveniente. El sol es el astro rey y su luz ilumina todos los caminos. La mañana promete un principio y así cada día se puede soñar con un nuevo comienzo. En las sombras de la noche acecha lo desconocido, lo misterioso, lo temible. 

En el terreno de la ficción, en cambio, la noche está preñada de promesas y hasta la muerte es hermosa. La noche es bella, tal vez porque ya no abundan los detalles, las repeticiones monótonas. 

Pero es en el terreno de la poesía donde la noche brilla en todo su fulgor y su música puede llegar a lo sublime. “Sobre la nieve se oye resbalar la noche”, dice el gran poeta chileno Vicente Huidobro. Y está claro que si se escucha con el alma se puede oír con claridad a la noche resbalando en la nieve.

Las metáforas cotidianas asocian a la noche con el peligro o el fin, pero en la poesía la noche es un camino encantado, tal como lo sabe de sobra el propio Huidobro: “Noches y noches te he buscado/Sin encontrar el sitio en donde lloras”. 

El uruguayo Julio Herrera y Reissig titula La noche al que yo considero su mejor soneto. Tal cual era su predilección, Herrera crea una atmósfera bucólica como extraída de un cuadro impresionista y termina con un terceto fantástico: “Albino, el pastor loco, quiere besar la luna./En la huerta sonámbula se oye un canto de cuna/Aúllan a los diablos los perros del convento”.

El cubano José Martí le hace un curioso homenaje: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. Digo que es curioso porque se suele identificar a la patria con el día y a la tiranía y la opresión con la noche. Martí ama a su patria y a la noche e incluso las confunde, como si Cuba fuera la noche y la noche Cuba.

El español Manuel Altolaguirre la ve como una madre, comprensiva y amable, que consuela a los tristes, a los melancólicos y aun a los desesperados: “Consoladora noche,/y madre que es toda oídos,/para las quejas hondas,/para los altos gritos”.

Su compatriota Luis Cernuda la humaniza de tal manera que la noche misma espera y anhela, como cualquier otro noctámbulo: “La noche, la noche deslumbrante,/que junto a las esquinas retuerce sus caderas,/aguardando, quién sabe,/como yo, como todos”.

Para el mexicano Octavio Paz la noche habita el infinito, como si el mundo que conocemos fuera una isla en medio de la noche: “Todo respira, vive, fluye:/la luz en su temblor,/el ojo en el espacio,/el corazón en su latido,/la noche en su infinito”.

El nicaragüense Rubén Darío le dedica su Nocturno a “Los que auscultasteis el corazón de la noche”. Es un derroche de angustia contenida en veinte versos, que no aspiran a concluir nada son que exhalan tristeza y laten en el silencio profundo: “… y siento como un eco del corazón del mundo/que penetra y conmueve mi propio corazón”. 

Para el mexicano Octavio Paz la noche habita el infinito, como si el mundo que conocemos fuera una isla en medio de la noche: “Todo respira, vive, fluye:/la luz en su temblor,/el ojo en el espacio,/el corazón en su latido,/la noche en su infinito” 

La noche de las canciones suele ser la habitación del placer, el desborde, la embriaguez, tal como establece la plena del conjunto uruguayo Los Negroni: Esta noche yo me desacato,/me voy para el baile, apago los datos./Me desacato/Me tomo un tequila, me tomo cuatro./Me desacato”.

El español Joaquín Sabina juega con esa misma tradición pero le pone algún otro condimento: “La noche que yo amo es un sótano oscuro/donde van los marinos que quieren naufragar./Hay siempre algún borracho sujetando algún muro,/llamas de madrugada y te dejan entrar”. 

Estoy seguro de que los amantes de la poesía y de la noche recordarán las magníficas omisiones de este texto. Tal vez los devotos del chileno Pablo Neruda hubieran esperado aquel célebre verso en el cual ‘tiritan, azules, los astros a lo lejos” y habrá quienes recuerden a Los náufragos o a Lope de Vega.

La noche de las canciones suele ser la habitación del placer, el desborde, la embriaguez, tal como establece la plena del conjunto uruguayo Los Negroni: Esta noche yo me desacato,/me voy para el baile, apago los datos./Me desacato/Me tomo un tequila, me tomo cuatro./Me desacato” 

Lo cierto es que la noche y la poesía se seguirán reconociendo en la oscuridad del tiempo.
 

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