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21 de abril 2024 - 5:00hs

La familia del pensamiento liberal se ha agrandado e incorporado nuevas variantes. Algunas de ellas relativamente de moda en la región, que agregan el improperio carajo como algo imprescindible para defender la libertad, incorporan el escepticismo respecto a temas ambientales en su discurso o ideología.

Generalmente se trata de pensadores muy potentes en matemáticas pero muy poco interesados en la biología lo que es una limitante importante para comprender el mundo, especialmente en este siglo donde los problemas biológicos crecen y se multiplican y seguirán aumentando por décadas.

Una parte de esos discursos, la más pueril, no estudia física, química o biología y todo lo ve como una disputa ideológica. La variante más primitiva simplemente compra un cuento conspirativo, que incorpora de la izquierda extrema el odio al rico -que puede ayudar a reclutar a pobres desinformados- y azuzados por miles de robots en las redes pone a Bill Gates como el demonio y al cambio climático como su tridente.

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Hay poco que dialogar con ese pensamiento conspirativo. Une un poco de odio al rico con antisemitismo y la receta para un nicho de público funciona. Es triste que usen la palabra liberalismo para su mezcolanza donde se unen cuestiones de sexo, política y otras yerbas con un problema tan simple como el de algo que se calienta por los rayos del sol. Cualquiera que entra a un auto que quedó al sol podría entenderlo, pero para la tribu que está atrapada por una supuesta conspiración globalista.

Hay otro sector liberal, que no compra algo tan grosero, pero mantiene su escepticismo. Tal vez por la fascinación que puede generar el funcionamiento de los mercados que los lleva a suponer que si el problema fuera real el mercado ya lo habría resuelto. Como dijo el presidente argentino, llegará un momento que habrá tan poca agua limpia que tendrá un valor más alto y se resolverá el problema. Hay otros pensadores más serios que mantienen dudas. Y en ciencia mantener la duda siempre es razonable.

Llueven 100 milímetros en un rato en Dubai, todo queda sepultado bajo las aguas, uno de los aeropuertos de más tráfico en el mundo paralizado. Nunca había sucedido. Pero…¿podemos adjudicarlo al cambio climático? La duda puede ser válida. “”En los últimos tiempos, por el calentamiento global, estamos viendo que incluso en países con sequedad extrema también ocurren episodios en los que en un solo día llueve más del promedio anual”, explica a Efe el meteorólogo José Miguel Viñas, de Meteored.

Con una superficie del mar recalentada como está ocurriendo, “se dan condiciones cada vez más propicias” para que, en situaciones con grandes estructuras tormentosas -como la que, en concreto se fue desplazando por la península arábiga- el resultado sean “lluvias de intensidad extraordinaria”, añade el experto.

Pero aún así cabe ser escéptico, ¿porqué no?  La ciencia es dudar. El pollo que recibe cada día su ración en el gallinero comprueba cada día que quien viene a darle la ración es bueno….hasta que termina faenado.

Es válido pedir más pruebas, siempre.

Por otra parte ante cada suceso extremo cabe el escepticismo–y vaya si aquí los hemos tenido, en menos de un año el Santa Lucía seco nos hizo tomar agua salada para hace pocas semanas desbordarse-. Cuando Charles Darwin vino a Uruguay a principios del siglo XIX había una gravísima sequía que le permito encontrar una cantidad increíble de fósiles en el cauce de cañadas y arroyos. Inundaciones, sí las de 1959 cuando un joven militar Líber Seregni saltó a la fama organizando la batalla contra las aguas embravecidas del río Negro.

El escepticismo, que en teoría es válido, tiene un inconveniente. Si el problema es real y grave, lleva a perder tiempo mientras se dilucida la duda y eso hace que la gravedad siga aumentando. Si me duele el abdomen y me pongo terco en pensar que “no debe ser nada grave ya pasará”, puedo terminar con peritonitis. Es la trampa de querer pensar lo que quiero que suceda.

Pero hay aspectos de la biología donde el escepticismo es más difícil. Con el calor, las especies migran. Aquellas que anteriormente no llegaban aquí porque el frío les resultaba una barrera, ya no tienen esa limitante. El calentamiento no solo trae animales y virus nuevos. También trae palabras raras como la Chikungunya o Chikguña si es que la Real Academia ya la oficializado. Nadie en Uruguay en el siglo XX o anteriores escuchó una palabra que nos resulta tan extraña. Porque el mosquito, el virus y la palabra han llegado hasta aquí desde tierras lejanas, bantúes, en el sur de Tanzania. Podría traducirse como la “enfermedad del hombre retorcido”.

Tampoco existía en el siglo XX el Dengue, una enfermedad que salió del África por el comercio en el siglo XVII y que sí era común en el siglo XX en el centro de Brasil, pero nunca aquí. ¿Cómo explicar su llegada sin calentamiento?

El escéptico podrá aferrarse a un último recurso para eludir la responsabilidad colectiva en frenar el problema. “Hay calentamiento pero no es culpa del ser humano”. Un argumento que tiene varios problemas. Uno es que la física y química del proceso que lleva al aumento de la temperatura se conocen desde hace más  de 100 años.

Otro problema más ético sería el de equiparar esa actitud al de ver una casa iniciando un fuego y no colaborar para apagarlo “porque yo no lo encendí”. De modo que tenemos nuevamente el problema del tiempo perdido. A la velocidad que está subiendo la temperatura, si tenemos cariño por nuestros nietos o los nietos futuros de quien sea, deberíamos ya trabajar en adaptarnos mejor y tratar de frenar la tendencia.

El lunes, la Oficina Nacional de Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por su sigla en inglés) y sus socios internacionales anunciaron que los arrecifes de coral de todo el mundo están sufriendo de un fenómeno de blanqueamiento global provocado por las extraordinarias temperaturas oceánicas.

Se trata del cuarto fenómeno mundial de este tipo del que se tiene constancia y se prevé que afecte a más arrecifes que ningún otro, informó esta semana el New York Times.

Aunque sea por la pérdida de belleza que significa que esas selvas submarinas multicolores se conviertan en estepas blancas, por darle el derecho a nuestros nietos a que un día puedan conocer esa maravilla deberíamos sensibilizarnos para entender que el problema es real y grave.

Lamentablemente sí puede ser cierto que estos temas, relacionados con esa bella ciencia que es la ecología han sido usados como una posible punta de lanza para luchar contra el liberalismo por sectores que tras la caída del muro de Berlín quedaron esperando una revancha. Pero oponerse a solucionarlos por esa razón sería un error fatal.

Es parte de la mejor tradición liberal, por ejemplo la que se forjó en esa bella amistad entre Adam Smith y David Hume, seguida por el gran Bertrand Russell el ver al liberalismo como un ejercicio de la libertad para llegar a la verdad. La sociedad abierta que defendía otro pilar del pensamiento liberal, Karl Popper de una sociedad donde las ideas circulan libremente y se dialogan como herramienta para llegar al conocimiento.

Por eso los liberales a la hora de analizar estos temas deben evitar caer en el error del que Popper advertía cuando decía que la verdadera ignorancia no consistía en no saber sino en el hecho de rehusarse a recibirlos.

Si el liberalismo no logra entender a cabalidad  la gravedad de la situación del clima, le estará dando la razón a los críticos que apuntan a que es una ideología solamente interesada en la acumulación de dinero sin que nada más importe, lo que sería una tragedia para la ideología que nos protege de autoritarismos actualmente de moda.

Desde un punto de vista más práctico y local, entender correctamente el problema y ser parte activa en la implementación de las soluciones científicas, desde la matriz energética a la salud de los suelos, es para Uruguay una enorme oportunidad que precisa del ambiente de libertad que propicia la innovación y la inversión para desarrollarse plenamente y ser un componente clave de la estrategia de desarrollo del país en este siglo.

Temas:

Ecología

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