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Razones para ser optimistas sobre el futuro de África

Se están produciendo importantes cambios en la región que contradicen el "instinto del destino"

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28 de julio de 2018 a las 05:00

A principios de la década de 1980, Hans Rosling, el destacado médico y estadista sueco, ahora fallecido, trabajó como oficial médico de distrito en Nacala, una remota parte del norte de Mozambique. Tres décadas más tarde, él regresó para ver qué había cambiado.

Él se asombró. En donde quienes visitaban por vez primera sólo veían pobreza y falta de desarrollo, el doctor Rosling notaba mejoras por doquier. En el hospital, observó que las salas tenían bombillas, y que las enfermeras tenían anteojos y podían leer y escribir.

Para él, era evidencia de que, a menos que ocurriera un catastrófico contratiempo, Mozambique estaba en un camino que finalmente conduciría a su pueblo a salir de la pobreza y hacia la dignidad y la prosperidad. Rosling luchó contra lo que llamaba el "instinto del destino". Esto era, en sus propias palabras, "la idea de que las características innatas determinan los destinos de las personas, de los países, de las religiones o de las culturas".

En el peor de los casos, el instinto del destino es una forma de racismo que atribuye ciertas cualidades a ciertas razas. Decir que los africanos son intrínsecamente corruptos, o intrínsecamente "tribales", cae dentro de esta categoría. Incluso en su forma menos atroz, el instinto del destino es una especie de fatalismo. Esto significa que, debido a la trayectoria histórica o cultural de un país, está condenado a permanecer así para siempre.

Con toda razón, Rosling no toleraba tales ideas. Después de todo, hace medio siglo, la gente decía más o menos lo mismo acerca de Asia. Comúnmente se pensaba que países como Malasia, Corea del Sur, China e India eran cultural e institucionalmente incapaces de ponerse al día. Esa creencia resultó ser absurda.

En Nacala, Rosling observó importantes señales de que Mozambique también podría salir adelante. El país había sido dividido por la guerra en el período previo a la independencia en 1975 y durante las casi dos décadas posteriores. Como resultado, algunos indicadores no se ven bien. Con un producto interno bruto (PIB) nominal per cápita en 2017 de US$ 429, es una de las economías más pobres de la tierra.

Sin embargo, desde 2000, la expectativa de vida ha aumentado más de 10 años a 61. La mortalidad infantil ha descendido dramáticamente de 176 por cada 1.000 niños a 71. Esa cifra todavía es elevada. Es un contraste con la de 49 en Kenia, de 7 en EEUU y de 2,7 en Japón. Pero la dirección de viaje es clara. Como él lo señaló, los 50 países del África subsahariana han reducido la mortalidad infantil más rápido de lo que lo hizo su Suecia natal.

En "Factfulness", un libro que coescribió con su hijo y su nuera, Rosling escribió sobre la importancia de monitorear el progreso constante: "Debemos monitorear las mejoras graduales. Un pequeño cambio cada año puede traducirse en un enorme cambio a través de las décadas".

Ola Rosling, su hijo, ha comentado que nuestra incapacidad para registrar el cambio incremental es lo que evitó que la gente entendiera el surgimiento de China. Pocas personas notaron el enorme progreso que China estaba logrando durante las décadas de 1980 y 1990, e incluso, en términos de alfabetización y de salud básica, bajo Mao Zedong a partir de la década de 1950. Las personas consideraron que el surgimiento de China alrededor del cambio de siglo había venido de la nada. En realidad, habían sido décadas durante las que se había ido forjando de una manera poco glamorosa.

Tomemos el caso de las escuelas en África. En todo el continente, los gobiernos han dedicado más esfuerzos a la educación básica. Según un informe de 2015 de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco, por sus siglas en inglés), la matriculación en las escuelas primarias se duplicó a casi 150 millones de niños entre 1990 y 2012.

Yo le comenté a Ola Rosling que, aun así, había que ser realista. Los maestros a menudo estaban ausentes o eran analfabetos, y en muchas escuelas se llevaba a cabo muy poca enseñanza que se considerara significativa. Rosling me indicó que yo no estaba captando lo más importante. Los niños estaban en la escuela y no en los campos. El precedente de la educación se había sentado. Algunos niños aprenderían a leer y los maestros mejorarían.

"Debes darte cuenta de que el desarrollo lleva 100 años. Tú quieres que ocurra en 10", me dijo. ¿Están los Rosling siendo ingenuos? Quizás África realmente tenga problemas fundamentales que le dificultan emular el milagro de Asia. Tal vez su brutal experiencia colonial haya dejado a sus Estados demasiado frágiles para fomentar el desarrollo.

Quizás los robots significan que África se ha perdido la edad de fabricación que les permitió a los países asiáticos transformar sus economías. Tal vez la esperada explosión de la población de África –de los 1.000 millones actuales a 4.000 millones para fines de siglo– abrume las ganancias incrementales destacadas por los Rosling.

Algunas de estas dudas nos recuerdan el instinto del destino. Es probable que la verdadera ingenuidad sea creer que las cosas permanecen iguales, o no darse cuenta de los cambios importantes que ya están ocurriendo.

El doctor Rosling observó cómo el epicentro del comercio mundial cambió del Atlántico y del Pacífico al Océano Índico conforme primero Asia y entonces África escaparon de la pobreza. Su mejor consejo en materia de inversión –ofrecido medio en broma– era invertir en propiedades frente al mar en Somalia.
Al menos era una visión basada en hechos y no en prejuicios.


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