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Empezamos a acostumbrarnos en la región a gobernantes que pretenden perpetuarse en el poder. Ahora es el turno de Cristina Fernández de Kirchner, presidenta de Argentina.

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22 de agosto de 2012 a las 00:00

Reformar la constitución para dar cabida a un nuevo período al presidente de turno es algo bastante común en América Latina. Y reformarla para otorgar al presidente la posibilidad de reelección indefinida es algo que también desean muchos gobernantes que se consideran imprescindibles. El máximo exponente de esta corriente es Hugo Chávez, quien logró reformar por dos veces la constitución venezolana para dar cabida a la reelección indefinida. Y por si alguien tuviera dudas de sus intenciones, afirmó que pensaba gobernar unos 20 años más. Eso dependerá de la evolución de su enfermedad, de la capacidad de la oposición para encolumbrarse detrás de un candidato único, y de la decisión del pueblo venezolano de restablecer en el poder al caudillo bolivariano.

Misteriosamente, el acólito de Chávez, Rafael Correa, no está de acuerdo con la reelección indefinida. En Ecuador rige la norma de una reelección, a la que está aspirando Correa y para la que aprovecha casos como el de Assange a fin de mostrarse como paladín de la libertad de expresión, que reconoce para los extranjeros y niega a sus ciudadanos.

Evo Morales aunque no es partidario formal de la reelección indefinida, en los hechos está proponiendo al menos una larga presidencia al candidatearse para un tercer período en 2014. En Bolivia se da una circunstancia especial. Morales fue elegido en 2005 y asumió la presidencia en 2006, pero en 2009 convocó a elecciones sin cumplir los cinco años de presidencia originales para iniciar su gobierno bajo las reglas de la nueva constitución.

La constitución señala que el mandato del presidente "es de cinco años" y puede ser reelecto "por una sola vez de manera continua". En tanto la oposición sostiene que ello no se aplicaría a Evo, los partidarios del presidente boliviano sostienen que el primer período de 3 años no debería contarse.

Pero al elenco reelector, al que intentó sumarse sin éxito el presidente Uribe de Colombia forzando una interpretación constitucional para habilitarle un tercer período, tiene ahora una nueva adepta: la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Ya se empieza a mover el oficialismo para habilitar una reforma constitucional que permita la reelección presidencial indefinida (no sea que deba presentarse Máximo Kirchner en 2015) y, lo que es más grave, modificar la parte dogmática de la Constitución de Juan Bautista Alberdi.

Allí correrían alto riesgo los derechos y garantías individuales, consagrados en los primeros artículos de la estupenda Constitución de 1853-60. Sería una ocasión magnifica para el cristinismo de limitar el derecho a la libertad de expresión, el derecho a la propiedad, etc.
Lo que sí no cabe duda, es que la reelección ilimitada, algo que Néstor Kirchner estableció cuando era gobernador de la provincia de Santa Cruz, habilitaría el mantenimiento del creciente manejo autoritario de la presidenta.

Y sería la señal definitiva del rumbo populista que ha tomado CFK. Son los autócratas, tanto de derecha como de izquierda, quienes se creen imprescindibles. Y son los pueblos, lo que tienen que ponerles límites. Argentina no lo ha sabido hacer. No ha sabido construir una “república”, con frenos y contrafrenos, con una verdadera separación de poderes, con el cumplimiento del estado de derechos, con el respeto de las reglas de juego y de los tratados internacionales.

Como decía hace poco la diputada Carrió: “no hay libertad sin república, y no hay república si la ciudadanía no la valora”. En este punto, Argentina está en falta y allí está la raíz de los principales males que la afectan. Quien tiene que poner el límite al populismo y darse instituciones estables, es el pueblo argentino.

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