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Réquiem por mi padre

La muerte del pintor José Trujillo deja a su familia de luto y al arte uruguayo desnudo de un artista plástico que entregó su vida entera a la pintura y a la identidad nacional

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15 de diciembre de 2019 a las 05:00

Tuve la enorme suerte de tener padres que me enseñaron mucho. Mi madre me enseñó la ternura y el cariño. Mi padre, entre otras mil cosas, me enseñó a mirar. La ternura y el cariño también son formas de mirar, de interpretar y de actuar, pero me refiero a mirar como un verbo que traspasa el simple ver. Y ahora, mi padre –que falleció hace una semana y que todavía ronda con fuerza indescriptible mis oídos, mi mente, mi cuerpo, mi garganta– se posa de nuevo frente a mis ojos. 

Los trazos de un óleo de mi padre, pintor que se plantó frente a la realidad con mirada potente, descarnada, atenta, lúcida, muestran fibras del mundo desde otra óptica. Se lo dijo cientos de veces mi madre: la pintura ayuda a entender la realidad. La pintura de mi padre dialoga con la realidad de una manera particular: hace descubrir lo que uno no había visto nunca antes en los objetos, los paisajes y los rostros mil veces percibidos. Allí reside una de sus virtudes. Es falso, quizás una ingenuidad, creer que el realismo es el intento de copia o reproducción exacta de la realidad que circunda al artista. Basta acercarse a los trazos de los grandes maestros de la tradición realista –desde Velázquez a Manet, por nombrar dos pilares de la obra de mi padre– para captar que allí lo que hay son técnicas sutiles que encierran sentimiento.

¿Cómo una línea de óleo de determinado color puede emocionar, puede traer lágrimas o piel erizada al observador? ¿Cómo una forma difícil de distinguir, una mancha desteñida, un boceto, una acumulación de texturas conmueve? Esas respuestas las tenía mi viejo, todas juntas en el racimo de pinceles y en la paleta que sostenía con mano firme.  

Un pintor es una persona en ebullición constante, un ego que se condensa dentro y que aflora hacia el exterior sobre las telas. La creatividad es un misterio que deviene desde vaya a saber dónde, que surge como una flor delicada de la roca más dura. El talento se trabaja, se modula, se desarrolla como un músculo, como un volcán que finalmente entra en erupción. Mi padre tuvo de los dos, creatividad y talento, en abundancia. 

Desde que se inició a los doce años en el taller de Manolo Lima (alumno de Joaquín Torres García) en medio de los bosques de Pinares, en Maldonado, hasta el último día de su vida, mantuvo una pasión que se volvió vocación por la pintura. Desde aquellos primeros bocetos de caballos con lápiz en los cuadernos de la escuela hasta la rosa con tinta china que dibujó el viernes pasado, mi padre sostuvo los pinceles con fuerza y destreza dignas de admiración.   

Pintó mucho Maldonado, Montevideo, Buenos Aires, Madrid, Nueva York, Boston, Los Ángeles. Viajó y expuso en el exterior, vendió obras a clientes en los cinco continentes. Construyó una carrera al tiempo que junto a mi madre –a la que retrató de manera intensa– formaba una hermosa familia. Esa también fue una parte fundamental de su obra, conjunta. Y si bien tuvo chances de emigrar, siempre regresó porque no podía estar sin los cielos del Uruguay, sin el paisaje (al que decía que muy pocos pintores nacionales habían prestado atención y de allí la ausencia casi constante de verde en la pintura uruguaya), sin la luz que él sabía captar en el lienzo, sin una cercanía para él vital. 

Regresó al país que amaba, con conciencia de todas las dificultades y vallas que presenta Uruguay para con muchos de sus artistas. Luchó contra mil cadenas invisibles y tarascones varios, contra prejuicios, celos, centralismos, pero mantuvo siempre la mirada por encima de esas mezquindades. Era demasiado bueno para demorarse en pequeñeces, porque tuvo claro que lo fundamental debía estar extendido sobre la tela. 

Ahora, tras este tiempo de congoja, queda frente al que se anime a mirarlo uno de los legados más maravillosos de la pintura nacional. Entonces, la tristeza deberá dejar paso a la verdadera dimensión de lo que mi padre hizo con sus manos. Entonces, el tiempo, el tutor de la historia, lo dejará desplegarse con una libertad infinita.  
 

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