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Hubo un tiempo, a principios de la década de 1990, que el Mercado Común del Sur (Mercosur), integrado por países latinoamericanos del Atlántico, era un proyecto esperanzador. La rivalidad nacionalista cedería ante la integración y la complementación económica, al estilo de la Unión Europea, y mayores grados de libertad y prosperidad asomaban en la siguiente esquina.

Un cuarto de siglo más tarde se comprueba que el palabrerío fue mucho más generoso que los hechos, pese a que la región vivió en ese lapso una de las etapas económicas más favorables de su historia.

El proteccionismo ha hecho que el comercio de Uruguay con sus vecinos sea ahora, en proporción, menos intenso que en la década de 1980, cuando se regía por acuerdos bilaterales del tipo Cauce y PEC. Fue China, la potencia emergente y gran demandante de materias primas, quien vino a tirar del carro, y no la integración regional.

A la larga, la Alianza del Pacífico, formada por Chile, Colombia, Perú y México, menos timorata y más resuelta, fue más rápido y más lejos. Es todo un epitafio para el Mercosur.

Hace unos días el banco de inversión estadounidense Morgan Stanley, cuya calificación es decisiva, resolvió mantener a Argentina como economía de "frontera" y postergar su ascenso al estatus de "emergente". Fue un severo golpe para el presidente Mauricio Macri y su equipo, que confiaban en recuperar parte del flujo de inversiones que el país perdió hace casi dos décadas.

La opinión de Morgan Stanley no importa a quienes deseen vivir al margen de las reglas de la modernidad global; pero ocurre que casi todos desean vivir según esas reglas.

De hecho, Argentina es casi un paria desde que sus gobernantes y legisladores repudiaron la deuda pública bajo aplauso a fines de 2001. Claro que los problemas se habían iniciado mucho antes; pero ese gesto, que entonces pareció heroico, simboliza el apego a la improvisación y la irrefrenable caída relativa de un país que hasta la década de 1930 estuvo entre los más ricos del mundo.

La economía está estancada desde 2008, por lo que el país ni siquiera aprovechó del todo el auge internacional de las materias primas. La pobreza –que explotó durante la crisis de 2001– se volvió estructural y ahora afecta a un tercio de la población.

Macri ganó a fines de 2015 con la promesa de acabar con la sociedad partida por el odio que gestaron los Kirchner y sus políticas populistas. Pero, sin mayoría propia y ansioso por fortalecerse en las legislativas del 22 de octubre, ve cómo se gesta un nuevo monstruo: recesión tenaz, déficit fiscal de 6,1% del PIB, endeudamiento creciente, alta inflación, dólar barato y volatilidad política. Déjà vu.

En Brasil el paisaje es diferente pero no mucho mejor. La economía, que cae desde 2014, de vez en cuando da señales de querer recuperarse pero se asfixia una y otra vez en crisis políticas recurrentes. Mientras tanto el desempleo y la caída de los salarios estimulan la pobreza y la marginación. Este año y el próximo Brasil crecerá más lentamente que todas las principales economías de América Latina. Los únicos países del área que tendrán un desempeño peor serán Venezuela y Haití, demasiado malos para tomarlos como punto de comparación.

Buena parte de los inversores más sensatos huyeron hace rato de Brasil. Pero aún es un paraíso para quienes aman el riesgo y las grandes oportunidades que implica. "A pesar del caos y el crecimiento mediocre, Wall Street ama una buena crisis", escribió Kenneth Rapoza en la revista de negocios Forbes del 6 de junio: "Y Brasil es la segunda mejor crisis en los Estados Unidos después de Estados Unidos".

Nadie sabe qué pasará en la política brasileña. El presidente Michel Temer, tocado por la corrupción y el desprecio, puede sobrevivir de todos modos, sin pena ni gloria, hasta las elecciones del año próximo. Ocurre que los líderes políticos temen más al vacío de poder que a un presidente sin crédito.

El sentimiento de fracaso perpetuo, unido a la pobreza moral e intelectual de la derecha brasileña en el gobierno, ha resucitado el discurso de izquierda (que se había desvalorizado con la crisis económica y la impotencia política de Dilma Rousseff) y de la extrema derecha autoritaria, que gana adeptos.

Mientras tanto Uruguay sobrevive como una pequeña isla de relativa armonía y prosperidad, aunque esté tirando hacia delante la resolución de algunos problemas graves. Tiene razón José Mujica cuando convoca a evitar que el país naufrague en el espeso caldo de los odios políticos, como ocurre desde Venezuela a Argentina.

Nada bueno podrá salir de ello, salvo desastres incalculables. Esta no es una América Latina nueva, aunque tenga juguetes y ropajes nuevos, sino la misma de siempre: inmadura, exaltada, portentosa, esperanzadora, demagógica y frustrante.

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