The Sótano > Eduardo eSPINA

Rusia vuelve a ser la Unión Soviética

Vladimir Putin inició una cruzada represiva contra el rap y el hip hop

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17 de diciembre de 2018 a las 10:19

En ciertos contextos, hay poca diferencia entre los verbos prohibir y controlar, sobre todo en referencia a la libertad de expresión. La semántica entra en un territorio retórico de carácter bizantino. Cuando el aparato estatal de un país dice que a un cantante no se le prohíbe cantar sus canciones, pero solo las puede cantar una vez al año y en determinadas circunstancias, ¿es eso control o prohibición? Sobre esa delgada línea entre la libertad y la censura se mueven los comentarios recientes de Vladimir Putin, quien ha dicho que no quiere prohibir el rap y el hip pop, sino que solo quiere encontrar una forma de controlarlos. ¿Cómo? Es la pregunta que se han hecho los súbditos del presidente ruso en la reunión del sábado en San Petersburgo, en la cual, sin necesidad de decirlo, quedaron exhibidos los niveles de restricción que imperan en ese país.

¿Con qué lógica y razones el presidente de un país, en el cual supuestamente, hay libertad de expresión, se reúne con “expertos” en materia cultural para hablar de asuntos artísticos considerados de importancia para el estado? Solo puede concebirse un escenario así en un país donde la represión cultural existe disfrazada de eufemismos. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si el presidente uruguayo llamara de urgencia a una reunión de los jerarcas del ministerio de cultura y les pidiera que hicieran algo para detener el aumento de la popularidad del reggaetón por considerarlo una seria amenaza para la estética “nacional”, tan grave como las canciones de Márama y Rombai?

A partir de la década de 1960, el mundo constató que no hay forma más poderosa de adoctrinamiento de la juventud que aquella incluida en la música popular, la cual tiene un poderoso impacto tanto a nivel estético, ideológico, como de actitudes y estilos relativos al acto mismo de vivir. En este aspecto, la música sigue teniendo enorme vigencia, con el hip hop ocupando ahora el lugar del rock. Además, encontró en YouTube un aliado incondicional, un megáfono para redimensionar el alcance de las canciones. Putin se ha metido en un confín en el que la libertad de expresión no acepta plan B ni alternativas ‘de control’. Los artistas rusos deben haber encontrado muy preocupantes las palabras de su presidente cuando antier afirmó: “Si es imposible pararlos, entonces debemos guiarlos y dirigirlos”. Según Putin, el rap puede llevar a la degradación de la nación, pues “se basa en tres pilares: sexo, drogas y protesta”.

Algunos artistas, como Husky, cuyas canciones denuncian la corrupción, la pobreza, el desempleo y la brutalidad policial en la Rusia actual, han sido víctimas de la censura y terminaron presos luego de los conciertos. Y la represión viene en aumento. Es cada vez mayor el número de artistas de rap y hip hop que debieron cancelar presentaciones por amenazas de violencia en caso de subir al escenario. El rap, convertido en algo así como “Rusos Anti Putin”, está teniendo gran efecto corrosivo y alertador en la sociedad, habiendo desacomodado de tal manera al gobierno que, desconocedor del concepto libertad de expresión, ha vuelto a las prácticas represivas de la era soviética.

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