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16 de febrero 2023 - 5:01hs
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Sensación de quemazón, burbuja o cosquilleo

Atentos, pues, a los síntomas. Tal y como describen algunas investigaciones, los afectados experimentan sensaciones descritas como “reptantes”, “burbujas gaseosas en las venas” o “quemazón” que les fuerzan a mover las piernas para aliviar temporalmente la angustia o la ansiedad que les produce.

En los casos más graves, la persona afectada se tiene que levantar e, incluso, ponerse a caminar: es la única forma de aliviar su intranquilidad, que vuelve a aparecer en cuanto se acuesta.

También llamado enfermedad de Willis-Ekbom o trastorno de movimientos periódicos de las extremidades, ese movimiento anómalo y redundante se vincula especialmente al sueño: más de un 80 % de los episodios ocurren por la noche. Tanto la Clasificación Internacional de Trastornos del Sueño (ISCD-3), como la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11), lo incluye dentro de los “trastornos del movimiento relacionados con el sueño”.

Los síntomas (o sensaciones) propician que se tarde más en conciliar el sueño. Además, los movimientos provocan un mayor número de despertares y dificultan el acceso al sueño profundo (fases 3 y 4). Durante estas etapas, principalmente, se produce la restauración corporal y neurológica.

Sala de registro del Laboratorio de sueño (CIMCYC-UGR). Author provided

¿Por qué se produce?

En cuanto a las causas, son múltiples. Desde hace años se atribuye a un déficit de hierro, anemia (llegada deficiente de oxígeno a los tejidos) y alteraciones en los niveles del neurotransmisor dopamina. Todos estos factores están relacionados con la regulación del movimiento.

Aproximadamente el 50 % de los casos tendría un origen genético, sin enfermedades asociadas. No obstante, el síndrome puede aparecer como consecuencia secundaria de otras patologías, como la diabetes, el párkinson o la esclerosis múltiple. Algún estudio también indica que es frecuente en pacientes con traumatismo craneoencefálico.

¿Qué consecuencias puede acarrear para la salud?

El síndrome de piernas inquietas va unido a otros problemas relacionados con el sueño, como el insomnio y el excesivo cansancio o somnolencia diurna. Esto puede comprometer el rendimiento escolar de los menores (problemas de atención, memoria, concentración, orientación y aprendizaje), causar accidentes de diversa índole e incluso deteriorar las relaciones sociales y el desempeño de las actividades cotidianas.

Por añadidura, a veces acarrea serias consecuencias psicológicas, vinculadas sobre todo a la depresión y la ansiedad.

Prevención y tratamiento

La práctica de hábitos saludables contribuye a la prevención de múltiples patologías, y los casos leves de este trastorno no son una excepción. Como cualquier tipo de alteración vinculada al sueño, requiere mejorar los hábitos de nuestro descanso nocturno, incluyendo masajes, estiramientos o terapias específicas de relajación muscular.

Además, es recomendable toda actividad que favorezca dicha relajación muscular e induzca al sueño, como darse un baño tibio o caliente antes de dormir. Incluso se ha analizado la eficacia de centrarse en una tarea cognitiva de manera sostenida como estrategia para disminuir los síntomas. Es decir, llevar a cabo actividades mentales que inicien un comportamiento distinto al de mover las piernas.

También resulta muy aconsejable realizar ejercicio físico durante el día y reducir o suprimir el consumo de sustancias excitantes, como el tabaco, la cafeína o la teína.

Por último, cuando el síndrome de piernas inquietas tiene un origen neurológico, se emplean fármacos de diversa índole. Entre ellos, los que aportan hierro al organismo y regulan los niveles de dopamina. Tampoco se puede obviar que algunos medicamentos, como los antipsicóticos, pueden empeorar este síndrome.

(The Conversation)

The Conversation

Temas:

Síndrome de las piernas inquietas Salud Bienestar

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