Eso es lo que te invito a hacer en este Epígrafe: a recorrer tres títulos aparecidos hace no mucho —uno de ellos, incluso, tiene días— en los que una serie de cineastas se apartan por un rato de las cámaras y cambian de registro y de rubro, pero siguen siendo sensacionales. Ya lo sabés: si querés comentarme algo, o recomendarme, por qué no, podés hacerlo a [email protected]. Contesto con gusto y relativa (con énfasis en relativa) agilidad. Tarantino, Almodóvar y Kaufman se sientan a escribir
Hace algunos años Quentin Tarantino dijo que iba a hacer diez películas y que el cine, al menos desde el punto de vista de la dirección, para él se terminaba ahí. Ese momento está cerca: al hombre detrás de Pulp fiction, Bastardos sin gloria, Kill Bill y Había una vez en Hollywood le queda una única película, que ya tiene título —The movie critic— y que posiblemente veamos en 2024. Quienes lo hemos seguido durante buena parte de su carrera —en mi caso, él y sus películas forman parte de mi educación sentimental desde el principio— estamos afrontando una suerte de luto. La idea de que ya no habrá más películas nuevas de Tarantino, idea que si además tomamos su magistral última obra resulta todavía más dolorosa, es difícil de asimilar. Pero él quiere irse por lo alto y está bien. El ocaso es para los mediocres.
Pero en medio del duelo, sus seguidores nos cruzamos con un detalle peculiar: al hombre nacido en Knoxville, Texas en 1963 se le dio por escribir. Y todo parece que, después de The Movie Critic, sus tiros irán por allí: por el lado de la literatura.
Su primer libro se publicó en 2021 y sorprendió: lo que hizo el bueno de Q fue convertir Había una vez en Hollywood en una novela. Los personajes de Rick Dalton y Cliff Booth, interpretados para la posteridad por Leonardo DiCaprio y Brad Pitt, respectivamente, saltaron del celuloide a las páginas y su mundo, ese del Hollywood de fines de los 60, ese Los Ángeles marcado por el final del sueño hippy y el comienzo de la pesadilla Manson, se expandió. Publicada en español por Reservoir Books —pese a que se creó antes de que Tarantino amagara con publicar cualquier cosa, el nombre del sello es un guiño a su primera película, Reservoir Dogs— y titulada Érase una vez en Hollywood, la novela es una gozada de principio a fin. El hombre sabe cómo narrar, cómo crear personajes entrañables, y los códigos de la narración literaria evidentemente no le son nada ajenos. Es un genio completo.
Había una vez en Hollywood Pero lo último de Tarantino en librerías no es esa novela, sino un ensayo titulado Meditaciones de cine (con un título en inglés mucho más seductor: Cinema Speculation), también publicado hace no demasiadas semanas por Reservoir Books. En el libro, el autor de Jackie Brown recuerda las películas que para él fueron fundacionales y que marcaron sus primeros años como cinéfilo extremo, pero también las analiza a la luz de su tiempo, comenta la violencia inherente al cine de los 70, pinta un fresco sobre cómo la principal industria del cine del mundo, Hollywood, rompió todos los esquemas en esa década decisiva y consagró nombres al estrellato. Sus anotaciones sobre la forma en la que Steve McQueen y otras figuras encaraba los rodajes —Tarantino es un hombre bien conectado y sabe a quién preguntar—, así como el desfile de títulos clásicos y otros no tanto —va desde Deliverance, Bullit, Harry el sucio y Taxi Driver, a cosas como Hardcore y La casa de los horrores— es demencial y maravilloso. Recomendación: primero ir a ver la película, luego leer el capítulo indicado. La experiencia es casi como ir al cine con Quentin.
Retomando la idea de que a quienes crean las ideas se les desbordan, Pedro Almodóvar no empezó a escribir hace algunos meses y con el objetivo de que El último sueño, su libro más reciente, llegara a librerías. No. El cineasta manchego, responsable de obras cumbres del melodrama mundial como Mujeres al borde de un ataque de nervios, Todo sobre mi madre, Hable con ella o las más recientes Dolor y gloria y Madres paralelas, está escribiendo relatos desde 1967, y ese es el rango que tiene su libro: más de cinco décadas de literatura.
¿Pero qué encontramos en El último sueño? Bueno, como suele ser recurrente en sus últimas obras, algo de autobiografía, algo de intimidad, todo tamizado por la ficción. Así lo explicó él en una gran entrevista con El País de Madrid, que te recomiendo:
«Tengo la sensación de que estoy más expuesto en mis relatos que en mi cine, a pesar de haber hecho una película como Dolor y gloria, donde el personaje de Antonio [Banderas] se parece mucho a mí, tiene mi profesión y vive en mi casa. Pero hay algo de mi intimidad que aflora detrás de estos relatos. Con ellos abro puertas a una zona de mi vida de la que no he hablado. En la literatura da la sensación de que tienes que contar más cosas acerca de ti mismo. En el cine hay más parapetos con los que puedes cubrirte. No sé si mi trayectoria lo contradice, pero soy una persona pudorosa.»
Según ha dicho, muchos de los relatos que encontramos en este libro fueron “embriones” que luego crecieron y mutaron a la pantalla, se convirtieron en películas. El proceso inverso de Tarantino con su última película, en algún sentido. Pero si bien este es el primer libro de cuentos, Almodóvar no es nuevo en la publicación. En 1981 lanzó una novela corta titulada Fuego en las entrañas, además de una serie de textos que le daban forma a una heroína del Madrid de La Movida, que se publicaban en un fanzine durante los ochenta y que luego se reunieron en Patty Diphusa (1991). Y sobre eso también habló Almodóvar en la entrevista que te comenté antes. Me gustaría cerrar su participación en Epígrafe con este intercambio que incluye una sugerencia desde la experiencia para todos los escritores: no escribir con drogas en el sistema.
«P. ¿Los escribía (a los relatos de Patty Diphusa) drogado?
R. Algunas veces, sí, cuando me había distraído y me olvidaba de que tenía que entregar el texto y lo acababa a toda velocidad mientras llegaba el motorista a recogerlo. En esa época, yo tomaba cocaína.
P. Se nota bastante en su estilo…
R. Luego dejé la cocaína, y después dejé el café y luego ya el té. En ese momento me vino bien, pero no recomiendo las drogas para escribir.»
Hablando de drogas, hay veces que sería útil saber qué es lo que estaba tomando Charlie Kaufman cuando se puso a escribir sus películas. ¿No tenés idea de quién es? Bueno, seguramente algunas de sus películas te suenen: ¿Quieres ser John Malkovich?, Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, Adaptation. El ladrón de orquídeas, Anomalisa, la reciente Estoy pensando en el final… Las películas de Kaufman, ya sea en su faceta como guionista o como director, siempre son un rompecabezas que, en muchos casos, se termina de armar en la cabeza del espectador y con un grado de subjetividad importante. Eso sí: su estilo puede gustar más, menos o nada —personalmente, me gusta más lo que hizo como guionista que como director—, pero no cabe duda de que rompió moldes, llevó originalidad al anquilosado esquema narrativo hollywoodense y sabe como atrapar.
Eterno resplandor de una mente sin recuerdos Su primera novela no es la excepción. Quedé preso de Mundo hormiga desde la primera página. La historia es kaufmaniana de cabo a rabo, y lo es física (son casi 900 páginas), narrativa y espiritualmente.
Nos encontramos, en ella, con una especie de crítico de cine que se encuentra en medio de un proyecto de investigación y restauración de una antigua película provinciana, que en el medio se encontrará con un montón de personajes estrafalarios. Lo que importa en esta novela, de todas formas, no es tanto la trama sino la verborragia: esa que tiene el personaje principal —evidente alter ego del autor— que navega la mediana edad a caballo de crisis existenciales trepidantes, ácidas críticas al ecosistema cultural estadounidense y por un paisaje casi surreal.
El texto está salpimentado con buenas dosis de humor que, en algún punto, conectan al protagonista con la estirpe de los neuróticos héroes de Woody Allen, aunque el registro es otro. Es el de Kaufman. Que es único, inclasificable e imposible de ignorar.
La lectura es desafiante por lo enrevesada, por la extensión y por algunos temas de traducción (qué difícil es cuando el slang nos llega a través de España y tenemos que aguantar cosas como capullo, acojonante o malrollero), pero nada impide disfrutarla. De hecho, este Kaufman escritor es, a la opinión de quien escribe, mejor que el de su última película. Podés verla en Netflix, pasar por la librería y contarme luego si te parece que estoy muy equivocado. Mini entrevista: Tamara Silva Bernaschina
Este trabajo y en algún sentido la propia existencia de Epígrafe me llevaron a conocer a Tamara Silva Bernaschina hace ya un tiempo. Ella fue durante un tiempo el nexo que teníamos los periodistas con una de las editoriales uruguayas, y el diálogo no era semanal, pero sí frecuente. También conocía y sabía de su interés por la lectura a partir de las redes sociales, pero lo que no tenía idea era que escribía. Y, sobre todo, que escribía así.
Hace algunas semanas, Tamara —que nació en el 2000 y a mí, que soy un hijo de los early 90, ya me hace sentir un poco viejo— publicó su primer libro, los relatos que se reúnen en Desastres naturales (Estuario). No me tiembla el pulso al decir que es uno de los mejores libros uruguayos del 2023 y un debut impresionante, que deja marca y se impone en esa categoría en el último lustro. En los cuentos aparece la naturaleza como marco e interlocutora permanente, algunas pizcas de crueldad desperdigadas por el terreno, personajes siempre al borde de un estallido que no veremos y el cuidado por la palabra pulida, certera.
Le pedí a Tamara que me respondiera unas preguntas sobre su irrupción en las letras nacionales. Te pido a vos, en tanto, que le des más que una oportunidad a sus Desastres naturales, que lo vale.
¿Cuál es la primera semilla de este libro? ¿Dónde y cómo toman forma estos relatos?
El libro apareció en 2020, cuando estaba haciendo un taller literario con Horacio Cavallo. Para ser más precisa, algunos de los textos que forman parte del libro aparecieron ahí, como respuesta a consignas del taller. El libro como libro se gestó más adelante, después de un proceso de selección, corrección y reescritura que me llevó mucho tiempo, porque soy muy lenta. Los textos del taller ya estaban más o menos pulidos, con la lectura semanal y atenta de Horacio, pero igual hubo que ordenar, descartar, releer el material que había aparecido en ese año y empezar a pensar qué podía servir y qué cosas tenían que quedar afuera. Pero fue un proceso muy intuitivo, ahora veo los cuentos y pienso que tienen una suerte de unidad, aunque cuando lo armé no lo tenía tan claro
En los relatos hay una presencia fuerte de la naturaleza (en todas sus dimensiones). ¿De dónde viene el interés por la forma en la que se mete en las vidas humanas?
La presencia de la naturaleza es para mí algo inevitable. Me obsesiona pensar en nuestras formas de relacionarnos con otros seres y con los espacios que habitamos, y las redes posibles que se tejen entre una existencia y la otra, entre un perro y una persona, entre un perro y una pulga. Ir desde lo humano hacia lo no humano, que un poco habita los márgenes siempre, y si se puede, desviar la atención para que el margen sea cada vez menos margen. Creo que en lo no humano se potencian muchas cosas, pero sobre todo lo desconocido. Es muy difícil saber qué piensa un perro. Cómo siente un cascarudo. Y eso es maravilloso. En lo desconocido hay posibilidades, y creo que la naturaleza en estos textos hace eso, abrir un abanico de universos posibles en los que las personas se vuelven muy chiquitas y casi que se mueven sin voluntad
¿Qué es lo que une, a tu juicio, a todos estos relatos? ¿Podés pensarlo en palabras que los encadenen, por ejemplo?
Mirando el libro con más distancia creo que la unidad está resumida en el título: desastres naturales. En todos los textos pasa algo que podría ser terrible y que podría ser inevitable. Que en algunos casos es las dos cosas, y entonces pareciera que los climas son distintos pero todos tienen una inminencia parecida. Pero tampoco lo tengo demasiado claro.