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7 de octubre 2017 - 5:00hs
Pronto, según parece, podría proclamarse la independencia de Cataluña. Una parte de los ciudadanos de una región autónoma del Reino de España desea la independencia y la república. Los independentistas están unidos por la desconfianza o el desprecio hacia sus vecinos, o hacia las instituciones de sus vecinos, y creen que solos podrán hacerlo mejor.

A veces es difícil imaginar que el mapa cambie, al menos en países histórica y culturalmente cercanos, que lucen inamovibles, como España. Eppur si muove. Basta recordar el mundo anterior a 1990 para percibir el nuevo dibujo de Europa central y del este, los Balcanes o Asia, tras la caída del "socialismo real".

La España moderna, post franquista, fue una construcción liberal en la diversidad, con una monarquía meramente simbólica, con amplias soberanías regionales e integrada a Europa. Pero ahora renacen otra vez debates como nación, región, autonomías, república, monarquía, lengua, cultura. España se empantana en esos asuntos de tanto en tanto, al menos desde 1808, cuando las tropas de Napoleón la tomaron y sacudieron al viejo imperio que parecía inmutable.
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El antecedente cercano más profundo de singularidad catalana se dio entre 1936 y 1939, durante una completa guerra civil española que se mezcló con una revolución y una emersión de todos los regionalismos.

Los catalanes secesionistas, que hoy son alrededor de la mitad, basan su demanda en su diferenciación, que es clara y cierta, pero que no necesariamente requiere una independencia completa. Esa diferenciación no es mayor que la que exhiben los vascos, por ejemplo.

Cataluña, con 7,4 millones de pobladores, es la segunda región más rica de España, sólo superada por Madrid (aunque los 2,2 millones de habitantes el pequeño País Vasco tienen un ingreso per capita superior). Los catalanes representan el 16% de la población de España y casi el 19% de su producto.

En parte, los catalanes secesionistas parecen peleados con el tosco presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, como antes se desilusionaron con los socialistas y con la gran crisis económica iniciada en 2008.

Luego hay un tufillo de complejo de superioridad, económica y cultural, que conoce cualquiera que haya concurrido a Cataluña de vez en cuando en las últimas décadas.

La esporádica emersión a través de la historia de las tendencias secesionistas confirman el viejo aserto de que es más fácil poner de acuerdo a todo el mundo que a una docena de españoles. Es la altísima dignidad y el omnipresente instinto anarquista que el escritor inglés George Orwell halló en Barcelona en 1936, o el país anarquista enamorado de la sangre que describió el novelista francés André Malraux.

Los independentistas organizaron un referéndum el 1º de octubre, que fue impedido, o al menos desfigurado, por la Policía del gobierno central. Hubo muchos heridos aunque ningún muerto. Pero, si persisten, los muertos vendrán tarde o temprano. Servirán para la propaganda y la radicalización.

Los independentistas catalanes manifestaron su desilusión con Europa, que no condenó las acciones del gobierno central de Madrid. ¿Qué esperaban? Los nacionalismos provocaron dos guerras mundiales con epicentro en Europa. El proyecto de la Unión es esencialmente plural e integrador, no divisionista. Los sentimientos comarcales debían ser superados y evolucionar hacia un nacionalismo paneuropeo.

Europa le teme al nacionalismo más que a la peste, como le teme a los renacidos partidos de extrema derecha. Muchas veces el nacionalismo es el último refugio de un canalla. Los sucesos catalanes podrían estimular el secesionismo de los escoceses, los vascos, la división entre flamencos y valones en Bélgica, la escisión de la Liga Norte y los tiroleses en Italia, la reivindicación de tantas otras viejas tribus. De hecho, en el Este de Ucrania se pelea desde 2014 una guerra nacionalista olvidada que ya provocó unos 10.000 muertos.

Las acciones de Rajoy y las duras palabras del rey, que no fue conciliador sino que se puso delante de la tropa y del legado de los monarcas de Castilla y Aragón, dejan claro que el gobierno central luchará, incluso por la fuerza, para impedir la secesión. No cederán, como antes no cedieron ante el secesionismo vasco y la ETA. No querrán ser recordados como los que perdieron a España.
El gobierno catalán y el gobierno central se han lanzado uno contra otro, como toros que van al muere. Cada paso aleja a España de una solución política, que es la única aceptable.
Es un tiempo triste. Un Estado dividido y exhausto puede evolucionar hacia la violencia y hacia alguna forma de autoritarismo.

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