Nacional > Crónica de un remate

Un piano, el cofre chino y otras reliquias rematadas del Hotel Belmont en Carrasco

La totalidad de bienes y mobiliario del edificio es rematado esta semana

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21 de agosto de 2019 a las 16:15

Por Abril Mederos, especial para El Observador.

Salvo por la voz del rematador, el silencio era total. En la amplia sala, que está casi repleta, los compradores esperan atentos el llamado al siguiente lote a subastarse. Los ojos del público se dirigen de la pantalla, -que exhibe con fotografías los cotizados objetos- al inventario en sus manos. El papel blanco tiene la lista ordenada de bienes a subastar, y cada uno de los presentes sostiene celosamente su ejemplar que, en la mayoría de los casos, tiene subrayados los valores cuyo interesado pretende obtener.

“Cofre de laca china, ¡a 100 el cofre! ¡US$100 el cofre chino! ¡Tiene cien, cien, cien, cien!”, exclamó en la tarde de este martes Héctor Bavastro, uno de los rematadores de la jornada. Empezó la batalla. 

El inmueble donde funcionaba el Hotel Belmont, o Belmont House Hotel, ubicado en la esquina que une la calle Rivera con Sanlúcar en Carrasco, fue subastado el jueves 15 en US$3.300.000 tras un cierre que acumuló cuatro años de deuda. El remate a cargo de las firmas Vanoli Brun y Bavastro.

El establecimiento fue comprado por un grupo de inversores uruguayos y, según uno de los socios de Vanoli Brun, Alberto Brun, su destino no está claro, aunque las versiones que se han manejado son las de convertirlo en un residencial, o en un centro de negocios.

Entre el lunes y miércoles de esta semana, en una actividad de orden extrajudicial en etapa de liquidación concursal, cada uno de los muebles, adornos, obras de arte, y piezas de cubertería del hotel está siendo subastado en el edificio anexo a éste, en un remate que reúne unos 1.800 lotes.

De Fidel Castro a Hillary Clinton

“El hotel tiene historia”, comentó Brun a El Observador, y agregó que a eso puede deberse que más de 1.500 personas asistieran a la exposición que se realizó la semana pasada en el hotel, para exhibir cada uno de los objetos que en estos tres días se están rematando. Por las instalaciones del edificio pasaron figuras históricas como Fidel Castro, invitado por el expresidente Julio María Sanguinetti en 1995, el tenor italiano Luciano Pavarotti en el año siguiente, los reyes de España y la excandidata a la presidencia estadounidense Hillary Clinton.

Brun reconoció público habitué de los remates en el evento pero, sobre todo, destaca la fuerte presencia de vecinos de Carrasco. Elizabeth, una de las concurrentes, contó que vino a éste para despedirse del emblemático edificio. “El hotel Belmont es algo auténtico de Carrasco”, dijo quien afirma que vivió siempre en el barrio; “una joya que se nos va”.


“¡110! ¡110 el cofre, el señor! ¡110, 110! ¡120 allá al fondo! ¿20 o 30 decís? ¡130 el cofre al fondo!”, continúa la disputa, y el valor asciende a US$220 más rápido de lo que Bavastro puede ir pronunciando cada cifra. Vendido. 

Apartado del tumulto, junto a la puerta de la antesala, Luis repasa su listado de objetos. El comprador vino desde Shangrilá por antigüedades específicas para revender en su tienda virtual de mobiliario. Quería una figura de cristal de roca china, pero perdió la contienda por un valor de US$100, y espera ahora el turno de una pintura de Roberto Castellanos, “si no la sobrevenden demasiado”.

En el estrado, a Bavastro lo reemplaza su hija Luciana para la última tanda de lotes. La joven, de 32 años, remata hace 6 años y su voz aclara el clima de la sala. Son las 4 de la tarde, y el público se renueva siempre manteniendo el quórum. 

Dos candelabros de plata alcanzan el valor de US$350, un espejo de pie inglés asciende a US$ 800, y el piano de cola, anhelado por varios de los presentes, se fue rápido  a quien aventuró la cifra de US$1250 dólares. También, un escritorio de marca Davenport se liquida en US$600 tras una fuerte disputa entre un presente y un anónimo que negocia por teléfono. Gana el comprador telefónico. 

María Alice, ciudadana brasileña radicada en Uruguay, acompaña a su marido en esta jornada, así como a muchos otros remates, de los que éste es fanático. Toma un café mientras lo aguarda en una de las improvisadas mesitas de la antesala. “Me canso un poco de los remates, del ruido”, comenta apacible, “pero él está encantado”. La pareja, que vino desde Pocitos, se hizo esta tarde de un sillón cómoda, una lámpara, y algunas copas de vino. 

“¡Cuadro de Barradas a US$100! ¡A 100 Barradas!”, exclama la nóvel martillera, y un hombre le dice algo al oído. “Bueno, no es Barradas, es réplica. ¡100 el cuadro! ¿Nadie?”, continúa. “¡Acá!”, grita una señora desde su silla, que no había sido escuchada. “¡No es Barradas!”, apuntó una voz anónima entre el público, “No importa”, responde. Vendida la réplica. 

Desde afuera, el sol empieza a descender pero la fachada del Belmont aún puede percibirse. Quien entrase podría aún observar el engranaje que conforma cada uno de los bienes dispuestos en sus sitios originales, y que pronto irán a parar a otras partes. Dos amigas se despiden en la puerta, “Es que el precio de ese lote era insólito”, dice una. “Sí… ¿pero volvés mañana?”, invita la segunda. “Y, calculo que sí”, cierra.

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