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Una gran oportunidad

Dice un proverbio árabe dice que hay cuatro cosas que no retornan: la flecha disparada, la palabra hablada, el agua que pasó por el molino y la oportunidad perdida

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01 de marzo de 2020 a las 05:00

Dice un proverbio árabe que hay cuatro cosas que no retornan: “la flecha disparada, la palabra hablada, el agua que pasó por el molino y la oportunidad perdida”. Cuando asume un nuevo gobierno, con una nueva agenda, con renovadas ilusiones es bueno plantearse la importancia de este proverbio. Hay una oportunidad grande que no puede ser perdida, disipada, tirada como el agua entre las manos.

Este país necesita reformas de fondo desde hace tiempo, y aunque la mayoría de los partidos políticos y los sectores que los integran coinciden al menos en los objetivos generales, no se han podido llevar a cabo por falta de voluntad política (la reforma del ADN de la educación de Tabaré Vázquez para la cual incluso se había designado a dos especialistas como Fernando Filgueiras y Juan Pedro Mir) o de inteligencia para aprovechar los vientos favorables, como ocurrió al comienzo del gobierno de Mujica cuando los cuatro partidos con representación parlamentaria se pusieron de acuerdo en varios temas cruciales.

Esos temas, vigentes ya en 2010 y en 2015 siguen en la agenda de pendientes. Es preciso recuperar la seguridad pública de la que otrora gozábamos y que lamentablemente hemos perdido por causas que van más allá de la eficacia del accionar policial y que tienen que ver con la fragmentación social, con una pésima política carcelaria y con un diagnóstico sobre las causas de la delincuencia que demoró mucho en cambiar desde la “doctrina de José Díaz” cuando en 2005 arreglaba todo liberando a los presos y echando culpas a la sociedad.

Es preciso detener el deterioro educativo que los gremios docentes se niegan a reconocer y que atribuyen a la falta de recursos económicos y no a la adecuada gestión de los mismos y a la jerarquización social de la carrera docente. Algo que ya estamos viendo con el paro decretado para el 12 de marzo, aunque aún no se envió la ley de Urgencia al parlamento y no se conoce su redacción final. Es una actitud nefasta: pelear antes que sentarse en una mesa a cambiar ideas. Si tiramos piedras antes de sentarnos a discutir la situación se puede ir de control fácilmente y más rápido que el coronavirus. Afortunadamente el equipo educativo del nuevo gobierno, con Pablo da Silveira en Educación y Robert Silva en el Codicen, es un lujo para este país y reflejan la voluntad política de que esta vez la reforma de la educación no podrá seguir durmiendo el sueño de los justos.

La reforma del Estado, de la cual también tanto habló el ex presidente Mujica en el inicio de su administración, se diluyó por completo. Es más, se fue hacia atrás con la incorporación de decenas de miles de funcionarios públicos. Poco se hizo para mejorar la evaluación, premiar el desempeño, castigar la indolencia. El empleo público sigue siendo algo atesorado por los uruguayos y es sintomático como quienes asumen nuevas responsabilidades reservan sus cargos para mantener los privilegios cuando termine el período de gobierno.

Sigue habiendo mucho para hacer en materia de infraestructura y lo que se está haciendo es en gran parte gracias al empuje de la inversión de UPM. Sigue habiendo una clara indefinición de nuestra integración regional con el Mercosur como corral que no permite los acuerdos comerciales fluidos con otros países.

Estos temas, recurrentes una y otra vez en nuestra agenda, deben ser asumidos de una vez por todas si Uruguay quiere conservar un prestigio de país con cultura democrática, buen funcionamiento institucional y estabilidad económica. Ello es más importante que nunca en una época donde América Latina está sacudida por la inestabilidad (Chile, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia) o por dictaduras como Venezuela, o por países con graves desafíos económicos y sociales como Argentina, o en vías de recuperación, económica al menos, como Brasil.

Uruguay puede mostrarse como un lugar estable, agradable, abierto a la inmigración y a las inversiones extranjeras, seguro jurídica y físicamente. Para ello no puede darse el lujo de compararse con vecinos en problemas, sino que debe compararse consigo mismo: con lo que fue y con lo que puede volver a ser si dota a sus ciudadanos de muy buena educación y luego les permite desarrollar sus capacidades sin más cortapisas que las que fija la Constitución.

Un país libre que potencia la libertad de sus ciudadanos y recibe a los extranjeros igual que en el siglo XIX y principios del XX. Eso es lo que necesitamos. Esa es la oportunidad que tenemos. Esa es la oportunidad que no se puede dejar pasar, so pena de condenarnos al ostracismo y la mediocridad.

Que no retornen las flechas, que no vuelvan las palabras pronunciadas, que el agua que pasa por el molino no vuelva río atrás, vaya y pase. Pero que como nación desperdiciemos oportunidades de mejora como las que hemos tenido, es algo que las futuras generaciones no nos perdonarán. Y con toda razón.

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