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Ya no serán, ya no: las escritoras latinoamericanas ganaron visibilidad y protagonismo en una década memorable

Con talento, unión y reivindicación, novelistas, narradoras y ensayistas dejaron de ser la excepción y lograron salir de los márgenes para ser, por fin, valoradas en la escena literaria del continente y un poco más allá

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28 de diciembre de 2019 a las 05:01

Eran pocas, un puñado, un par para cumplir, para que no se quejen, para que después no digan que son invisibles. Eran la excepción, el acontecimiento noticioso, la rareza en una lista de decenas de señores consagrados, el premio inesperado. Eran. Ya no. Aunque aún falte, aunque aún la diferencia sea alevosa (dos ejemplos tan conocidos como contundentes: solo 15 de los 116 que recibieron el Premio Nobel de Literatura fueron mujeres; Ida Vitale fue la quinta mujer en ser galardonada con el Premio Cervantes que se entrega desde 1976), aunque todavía unos cuantos se pregunten por qué tanto lío con esto de la paridad, en la última década y, sobre todo en América Latina, las escritoras se ganaron el lugar que les corresponde y que se merecen en la industria editorial. Se lo ganaron con su talento —¿O alguien se atrevería a decir que Mariana Enríquez es menos escritora que Rodrigo Fresán? ¿O que Guadalupe Nettel no llega a tener el valor literario de Juan Pablo Villalobos? ¿O que Fernanda Trías no está a la altura de Daniel Mella? ¿O acaso alguien se animaría a presentar a Siri Hustvedt como la mujer de Paul Auster? Bueno esto último sí lo hicieron—; y también porque se unieron, se comprometieron, marcharon, gritaron, dieron la batalla, exigieron su espacio. En resumidas cuentas: eligieron dejar de callarse. Y muchas de ellas lo hicieron de la mano del feminismo, el movimiento social, político y cultural más importante de los últimos diez años. 

Hace poco más de doce meses, en estas páginas, Samanta Schweblin explicaba que la mayor presencia de escritoras latinoamericanas en la industria editorial responde al avance del movimiento feminista en el continente. “Esto entró a la columna vertebral de nuestra sociedad y cambió las cosas de las puertas de las casas para adentro. Al cambio del feminismo también hay que sumarle –quizás sea la parte peligrosa– un mercado que siempre va a poner las luces en el lugar donde hay movimiento. Creo que hoy las mujeres están escribiendo gran parte de la mejor literatura latinoamericana que se está haciendo en este momento, pero también escribimos cosas muy malas. Somos tan genias y tan malas como los varones”. 

En abril de 2018 Claudia Piñeiro fue la responsable de dar el discurso inaugural de la Feria del Libro de Buenos Aires. Fue la cuarta mujer en 44 ediciones en ocupar ese lugar. “Soy mujer y he tenido la suerte de hacer una carrera que me llevó a los lugares donde quería estar. Incluso a lugares que no había imaginado. Pero que en un grupo invisibilizado algunas logremos hacernos ver no invalida la oscuridad sino que la potencia. Me han hecho infinidad de entrevistas relacionadas con la Feria del Libro y en muchas me preguntan cómo me siento, dada mi condición de mujer, por abrir esta edición. Mi respuesta: ‘El año pasado la abrió Luisa Valenzuela’. El error o el olvido denota la discriminación: es ‘exótico’ que se le otorgue ese lugar a una mujer”. Este año la encargada del discurso de apertura fue la antropóloga, escritora y activista feminista Rita Segato. Al igual que Piñeiro su disertación terminó con un pedido al que se han sumado más de 300 escritoras argentinas: “Sí al aborto legal, seguro y gratuito”. 

No son las únicas que se juntaron. Los colectivos de escritoras se reprodujeron en los últimos años por todo el continente. Alcanza con verlo en sus redes, alcanza con escucharlas o leerlas en las entrevistas que dan. En un especial sobre literatura y feminismo que hizo la revista Gatopardo en julio de este año, la ecuatoriana María Fernanda Ampuero decía lo siguiente: “Sí creo que hay una mirada del mundo hacia lo que estamos haciendo las mujeres. (…) Nosotras no nos puñeteamos como Vargas Llosa y García Márquez, nosotras nos decimos que por fin nos ponemos rostro cuando nos encontramos en un evento. (…) Creo que hay una solidaridad literaria muy bestial en esta generación y un posicionamiento feminista que añade un plus a la calidad que todas tenemos como escritoras. Quizá esa lucha y percepción de querer cambiar las cosas, la que le da a nuestra literatura un eco”. 

Y ese eco aparece, entonces, en las tan esperadas como discutidas y caprichosas  listas. En su columna de opinión de The New York Times el periodista Jorge Carrión explica por qué los mejores libros de 2019 fueron escritos por mujeres y, por supuesto, hace su lista. En la selección de lo mejor del año de The New Yorker hay diez textos, de ellos siete llevan la firma de una mujer. Unos meses antes de este fin del mundo que es, año tras año, diciembre, Babelia de El País de Madrid convocó a 13 autoras a que ampliaran el siempre tan masculino canon de la literatura latinoamericana y eligieran, cada una, cuál es el libro imprescindible escrito por una mujer en el siglo XX o en el XXI. Por su parte, la revista Arcadia, con la ayuda de un jurado de 90 miembros, elaboró como de regalo de fin de año, una lista de los mejores cien libros escritos por mujeres en español desde 1919 hasta 2019. Solo a modo de abrebocas, en la lista están las uruguayas Armonía Somers, Marosa di Giorgio, Cristina Peri Rossi, Fernanda Trías, Idea Vilariño e Ida Vitale. Y para confirmar que la última ha sido una década inolvidable para las mujeres que se ganan la vida escribiendo, el jurado de la revista Arcadia establece que 31 de esos 100 mejores libros se publicaron entre 2010 y 2019. 

Tal vez en las décadas que siguen estas listas sean menos necesarias. Tal vez ya no nos encontremos con títulos rimbombantes dando cuenta del gran momento que viven las escritoras mujeres como si nunca antes hubiesen escrito textos que valían los premios que ganaron sus pares varones, como si alguna vez a algún editor de prensa se le hubiese ocurrido titular que los escritores varones viven su gran momento —como lo recalcó Leila Guerriero en su penúltima columna de la revista semanal de El País. Tal vez muy pronto las autoras dejen de tener que responder la pregunta de qué se siente ser la primera mujer en abrir una feria o un festival donde, siempre, mayoritariamente hubo hombres. Ojalá así sea. Y ojalá sea pronto. 

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