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El presidente argentino Fernando de la Rúa ya estaba en el camino histórico hacia su escape en helicóptero de la azotea de la Casa Rosada argentina, y las críticas hacia su gobierno arreciaban impiadosas. En ese contexto, la revista Noticias publicó una edición en la que, gracias al Photoshop, De la Rúa aparecía con heridas en su cara, curitas varias y un brazo en cabestrillo bajo el título de “No me peguen, soy Fernando”.

El título era una parodia de la famosa frase del estilista argentino Roberto Giordano —“no me peguen, soy Giordano”— proferida mientras intentaba disuadir con la fama de su nombre a unos barras bravas de River que intentaban golpearlo al final de un clásico con Boca en el Monumental.

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Pero, sobre todo, ese “soy Fernando” que los periodistas le adjudicaban a De la Rúa, tenía que ver con la alusión a la simpatía que su estilo austero y su aire de honradez despertó en millones de argentinos tras una década de excesos menemistas. Algo así como “no se olviden que yo soy el mismo" pese a las circunstancias.

Salvando las distancias oceánicas, algo parecido les podía decir Yamandú Orsi a sus votantes hasta que llegó la noticia del auto presidencial comprado con descuentos, episodio que abre una brecha inesperada en la imagen del mandatario.

Hasta entonces, ¿qué le podían reprochar los suyos? “No está gobernando para la izquierda”, dicen en los comités de base. Pero, ¿qué esperaban los guardianes de las quintaesencias frenteamplistas? Si todos saben que llegó a la Torre Ejecutiva con el traje de componedor, de intendente amable que dialoga con los "malla oro" lo mismo que con el trabajador. A nadie le prometió un quiebre fundacional, más bien habló de la "revolución de las pequeñas cosas", más pequeñas que revolucionarias.

Su capital político, con el que le ganó la interna a Carolina Cosse –la que prometía llevar al Frente Amplio por un camino más zurdo- y luego la presidencia, fue precisamente ese: el del tipo común, el componedor, el que no espanta a los mercados, el que anunció como ministro de Economía a Gabriel Oddone un hombre del sistema a quien incluso elogiaban blancos y colorados.

Exigirle ahora que se convierta en un líder del proletariado es, por lo menos, un acto de amnesia.

Es cierto que el gobierno ha acumulado ruidos innecesarios. Hubo problemas de comunicación evidentes y episodios que, en el mejor de los casos, demuestran una preocupante falta de reflejos.

A ello se le suma un Orsi que nunca fue, ni será, un orador descollante. Orsi habla como un vecino de Canelones y así habló siempre. El electorado que hoy se agarra la cabeza en los comités con cada entrevista televisiva es el mismo que lo votó sabiendo que la retórica no era su fuerte.

Orsi, a grandes rasgos, sigue siendo el componedor sin estridencias, el político que prefiere el perfil bajo a la tribuna encendida. Por eso, pese al reproche de "tibieza" que hoy le prodigan sus votantes, se trata de Orsi gobernando más o menos como avisó que gobernaría.

https://www.bbc.com/mundo/articles/crl4xx12jgeo
Yamand}u Orsi usó un auto eléctrico para asumir la presidencia de Uruguay, como símbolo de la transición energética del país.

La oscuridad

Sin embargo, pese a esa coherencia, el presidente y su gobierno se han desplomado de forma preocupante en todas las encuestas que miden su popularidad. Y eso antes de que ocurriera el ya mencionado asunto del auto presidencial que parece no tener fin y que es un parte aguas en la imagen del mandatario ante la opinión pública.

Todo se precipitó el pasado martes 26 cuando el programa radial Así nos va reveló que el mandatario había comprado, antes de asumir, una camioneta Hyundai Santa Fe a un precio de US$ 54 mil dólares luego de que se le realizara un descuento de US$ 25 mil.

Tras las primeras críticas por este aparente canje –vos me hacés precio, yo desfilo con el auto el día de la asunción presidencial- Orsi eligió tomarse en broma la acusación de haber cometido una falta ética. “Cuando hay descuentos, yo me tiro de cabeza”, dijo ante la pregunta de un periodista al que dedicó dos guiñadas cómplices pese a que no era momento para picardías.

Ante la presión política de la oposición y declaraciones desatinadas de su entorno, Orsi grabó un mensaje en el que admitió que había aceptado un descuento para poder adquirir el auto y, de esa manera, ahorrarle un gasto al Estado.

No pasó ni una hora de la emisión cuando el semanario Búsqueda informó que Orsi había omitido decir que había entregado a la automotora Oliva no solo su Hyundai viejo como parte de pago sino también un Renaul Stepway que la empresa CarOne le había donado para la campaña electoral y que, tras una rifa que nadie ganó, el entonces presidente electo se lo quedó para sí.

La convocatoria a cuatro medios de prensa a la Torre Ejecutiva para dar explicaciones no terminaron de despejar las dudas. Las contradicciones y el ocultamiento de información no parecían tener fin y el presidente decidió donar la camioneta a la ANEP para, según dijo, “aventar cualquier especulación”. Y, como si hablara de una vida de privaciones, explicó: “Yo me crié toda la vida con un solo auto, teníamos eso en mi casa y lo resolvíamos. Yo lo puedo resolver con lo que tengo”.

Como fue dicho, hay un Orsi que precede a este incidente y otro que ya es distinto. Porque una cosa es ser un gobernante de pocas luces retóricas o de un pragmatismo exasperante para los puros de la tribu, y otra cosa, muy distinta, es meterse en el barro de las contradicciones inexplicables y las medias verdades.

La primera respuesta de Orsi ante la emergencia del Hyundai Santa Fe lejos estuvo de ser la de un estadista, ni siquiera la de un administrador prolijo. Fue la de un vivo de boliche.

A partir de ahí, cada aclaración oscurecía más. Se pasó del descuento de cliente preferencial a la aparición mágica de otro auto entregado como parte de pago luego de que quedara huérfano en una rifa. Y la trama se volvió cada vez más opaca. El video pidiendo disculpas y la posterior donación de la camioneta a la ANEP se emparentan más con un manotazo de ahogado que con una autocrítica y un acto de desprendimiento. Donar el pecado original para que traslade escolares no dista mucho del acto de deshacerse de un botín para salvar la ropa. Todo mal.

Por supuesto, Orsi no se va a ir en helicóptero de la presidencia. La institucionalidad uruguaya no permite semejantes desbordes cinematográficos y el capítulo del auto debe ser medido en sus reales dimensiones. El peligro para Orsi no es institucional, es el del daño acumulado de su imagen. Le faltan tres años y medio de gobierno y el presidente deberá tener un esmerado cuidado para evitar cualquier cosa parecida al fantasmal Hyundai Santa Fe que lo ensombreció.

“No me peguen, soy Yamandú”, podrá advertir Orsi. Habrá que ver si todavía está a tiempo para evitar que ese pedido de ejercicio de memoria se convierta en un ruego de clemencia.

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