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En política, a veces, los vientos cambian con rapidez. Por eso, no resulta para nada extraño que tras varios meses complejos, marcados por sondeos de opinión pública que encendieron alarmas en la Torre Ejecutiva, y con críticas pesadas azuzadas por el incidente del vehículo presidencial, el gobierno encuentre la posibilidad de un respiro.

Y no se trata de una tregua concedida por la atención popular puesta en el Mundial de Futbol, sino de decisiones concretas que le abren la puerta a Yamandú Orsi, no se sabe por cuánto tiempo, para retomar la iniciativa política.

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A través de dos asuntos de distinta importancia para la opinión pública –la lucha contra la delincuencia y la plata repartida en la Rendición de Cuentas—, el oficialismo busca suturar las heridas con algunas medidas que tienen todo el aspecto del sentido común y que le puede permitir congeniar con los votantes propios y con los ajenos.

Los recientes datos de las encuestas habían instalado un clima de prematuro desgaste. El último sondeo de Cifra reveló un aplastante 65% de impopularidad del gobierno, niveles casi inéditos desde la reapertura democrática. En la encuesta de Factum ese descontento alcanza al 56%.

Estos números no solo erosionan el capital político del presidente y de su equipo, sino que amenazan con condicionar el futuro de una administración a la que le restan tres años y medio de gestión.

Para peor, el episodio de la camioneta presidencial, la compra por parte del presidente Orsi de un automóvil con un descuento de US$ 25 mil antes de su asunción, también deterioró la imagen del mandatario que sobrevivía a la inoperancia del gobierno.

En este contexto, la inacción era el peor escenario. Por eso, como fue dicho, en los últimos días el gobierno pareció caminar hacia la dirección correcta. El primer movimiento visible se dio en el terreno de la seguridad pública, acaso el flanco más expuesto de esta y de las anteriores administraciones.

Bajo la lógica de que la sensación de seguridad se construye menos con estadísticas y más con medidas que la gente pueda percibir con sus ojos, el Ministerio del Interior decidió un despliegue táctico de alto impacto visual. Con el anuncio de que se mandarán blindados del Ejército a recorrer los barrios más complicados de Montevideo -aún con la desprolijidad que suele acometer el oficialismo en sus jugadas- el gobierno pasó a la ofensiva.

Más allá de algunas críticas internas que prontamente se acallaron, la medida dividió a la oposición que se vio sorprendida por una medida extraña para una izquierda que durante mucho tiempo descreyó de la mano dura y, particularmente, de la presencia en las calles de todo aquello que pudiera evocar a la dictadura militar.

En este contexto, la inacción era el peor escenario. Por eso, como fue dicho, en los últimos días el gobierno pareció caminar hacia la dirección correcta. El primer movimiento visible se dio en el terreno de la seguridad pública, acaso el flanco más expuesto de esta y de las anteriores administraciones. En este contexto, la inacción era el peor escenario. Por eso, como fue dicho, en los últimos días el gobierno pareció caminar hacia la dirección correcta. El primer movimiento visible se dio en el terreno de la seguridad pública, acaso el flanco más expuesto de esta y de las anteriores administraciones.

Algunos dirigentes blancos y colorados criticaron la decisión y otros la saludaron calurosamente, señal de que la movida del Frente Amplio había golpeado en un área sensible. La presencia en las calles de estos vehículos blindados, y las de más patrulleros anunciados por el nuevo Jefe de Policía, Alfredo Clavijo, puede resultar efectiva, más allá de su incidencia en las cifras de delito, para mostrarle a la gente que el gobierno está haciendo los deberes en un asunto de alta sensibilidad publica.

De cara al Frente

Por otra parte, el gobierno tiene la oportunidad, y parece que va a aprovecharla, de amigarse con sus votantes más fieles, esos que le piden medidas más de “izquierda”.

Esa ventana se abre con el proyecto de Rendición de Cuentas que entró el martes a estudio del Parlamento y que tiene un incremento de US$ 30 millones. Atrás quedó la idea de un “gasto cero”, manejada por el ministro de Economía, Gabriel Oddone, y primó la opinión de la fuerza política. Esta decisión fue adoptada sin que se generaran turbulencias internas –Oddone lo anunció asegurando que no afectará sus metas fiscales- y repartirá dinero en tres frentes fundamentales: entre los niños pobres (reclamo de las bases frenteamplistas), la seguridad pública (un asunto de interés general) y en la educación (sector con un alto poder de movilización y protesta).

Habrá recortes, entre otras cosas, en misiones oficiales y gastos de protocolo. Así planteadas las cosas, a la oposición se le hará difícil decirle que no a la iniciativa, y si le niega los dos votos que el oficialismo necesita en la Cámara de Diputados, deberá explicar muy bien el porqué.

En fin, el gobierno tiene la oportunidad de quebrar la racha de malas noticias, pero para eso necesita mostrar una solvencia política de la que hasta el momento se ha mostrado huérfano.

Hay un balón de oxígeno a mano y está en manos del Frente Amplio resolver si respira con él o si lo hace explotar con nuevos errores, improvisaciones y choques internos que parecen provocados a propósito para complicar la gestión de Orsi, quien también debe evitar enredarse a sí mismo como ya lo ha hecho.

De ello dependerá que exista una oportunidad para barajar y dar de nuevo, o de que se trate solamente de un breve descanso en una dificultosa partida cuyo final ya está escrito.

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