29 de junio de 2026 5:00 hs

No pasó una semana desde que asumió su nuevo cargo, como jefe de Policía de Montevideo, y Alfredo Clavijo dio una orden: el incremento del patrullaje en las cercanías de algunos centros comerciales y parques infantiles.

Como había dicho en la entrevista con El Observador, la mayor presencia policial es una de sus aspiraciones. Pero optó por priorizar ahora los puntos neurálgicos en los que confluyen más niños.

¿Por qué?
Porque se vienen las vacaciones de invierno y necesitamos estar junto a donde está la gente. No solo por prevención o actuar en la represión de un delito que sucede en el momento, sino para estar cerca de la comunidad y sus necesidades. Si la comunidad necesita que estemos patrullando más, hay que escuchar a esa comunidad.

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El receso invernal —de una semana en las escuelas públicas, pero de dos en la mayoría de centros educativos privados— no había sido diseñado para encerrarse en un shopping, para la zafra del teatro y el cine infantil. La razón de su creación —y por eso la Sociedad Uruguaya de Pediatría había dicho en su momento que una semana basta, lo más importante es cuándo se da el corte— es sanitaria.

La maestra Gabriela Mistral hablaba de que “la letra con frío no entra”. No solo porque veía las condiciones indignas de aprendizaje, sino por las ausencias que representaban las infecciones respiratorias y los sucesivos contagios.

Los virus que causan buena parte de las infecciones respiratorias suelen tener determinada estacionalidad (de ahí que la campaña de la vacuna contra la gripe intenta darse antes de alcanzar el pico de contagios y la posible saturación de los CTI pediátricos).

“El elevado número de licencias que anualmente se conceden por enfermedad justificada es testimonio sobrado elocuente de la medida en que el interés de la propia enseñanza reclama especiales contemplaciones para la salud de los maestros”, reza parte de la resolución que, en julio de 1915, había adoptado Instrucción Primaria para fijar las vacaciones “del 16 al 31 de julio de cada año”.

Pero en las escuelas rurales el receso invernal es anterior. Isabel Álvarez encontró en los archivos de Primaria una circular de 1902 que fijaba el corte anual entre junio y agosto inclusive. Sucede que, según esa normativa, los alumnos tenían en la práctica “vacaciones dobles”: las convencionales de verano y las que “resultan en el invierno por la inasistencia forzosa”.

¿Por qué faltaban los estudiantes? “Inclemencias del tiempo y las dificultades de transporte (...) mal estado de los caminos y crecida de los arroyos”. Esa misma razón climática había encontrado Varela, en 1878, para dejar en suspenso la obligatoriedad de asistencia a las “escuelas chacra”.

En las ciudades, en cambio, lo que primó fue la justificación sanitaria.

El tiempo pasó y, salvo en alguna epidemia o pandemia, las vacaciones fueron perdiendo su origen. La necesidad de los niños de socializar —sobre todo en esta sociedad de la aceleración, como definió la investigadora María Julia Acosta— y la de muchos padres de “entretener” a sus hijos pasó a hacer de los shoppings, parques, teatros y cines sitios de circulación. Y la orden del nuevo jefe de Policía de la capital fue al encuentro de esos lugares.

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